domingo 11/4/21

Tiempos difíciles

vecinos

Este martes 9 ha sido el 150º aniversario de la muerte de Dickens, uno de esos escritores que, lejos de verse lastrado por las especificidades de una literatura tan representativa de su tiempo, se sirve de ellas para brillar mientras la realidad, cambiante, puede seguir leyéndose con las claves que él aportó entonces. La diferencia de clases, la alienación de la clase trabajadora, el trabajo infantil -que tan bien conocía de primera mano-, la pobreza y la precariedad pueblan sus historias. También la responsabilidad individual y colectiva en la consolidación o cambio de esas situaciones.

Las personas, sin embargo, tenemos una especial habilidad en combinar la necesidad de trascedencia con la huida de nuestras responsabilidades. En occidente, vivimos unos siglos en un mundo normativamente teocéntrico, en que el sentido original del texto que le servía de fundamento se retorció para convertirlo en una mordaza. En aquellos tiempos, parece que la responsabilidad individual se reducía a ceñirse a un código cuya interpretación estaba, no sólo fuera de uno mismo, sino también fuera del alcance de la colectividad; la autoridad religiosa y la política definían la lectura correcta de la convivencia y las aspiraciones personales. La trascedencia se circunscribía a esos mismos límites ajenos.

Después, sucesivamente hemos construido sistemas de convivencia en que el equilibrio entre el individuo y la sociedad nunca ha sido real, generalmente por un condicionamiento perverso de las reglas de juego. Incluso aquellos proyectos de estructuración social más prometedores han fracasado o cojean, no porque los presupuestos en que se asientan no sean válidos, sino porque el poder atrae comúnmente a individuos cuyo objetivo no es el servicio público, sino el poder mismo; o porque la visión más general y menos rígida que uno tiene desde el patio se torna rígida en la tribuna, bien como sistema de defensa, bien por miedo al fracaso o por falta de habilidad en tratar la disensión como una herramienta de crecimiento. Así, las instituciones poco a poco se vacían de contenido o su función se pervierte.

En Villaverde, muchos vecinos han montado una Red Vecinal, como otras que hay en otros barrios  y que seguro habrá en otras ciudades; en lo peor de esta crisis su ayuda es fundamentalmente asistencial, pero sus ciudadanos también participan de iniciativas que buscan cambiar el sistema

En todas las etapas de nuestra historia, de una u otra manera, las personas parecemos necesitar trascender -ir en nuestro conocimiento y en nuestra comunicación, más allá de lo aparente del mundo y de nosotros mismos-, de forma que adaptamos esa necesidad al paradigma en que vivimos. Actualmente parece que seguimos en buena medida en una sociedad cuyo régimen de verdad se centra en el discurso científico -en aquel que concibe la realidad en cualquier ámbito como una máquina constituida por piezas, cuya naturaleza y funcionamiento a su vez pueden ser diseccionados analíticamente, computados y medidos; o en aquel que percibe los elementos en el marco de interacciones complejas; elementos que influyen en estas interacciones y que se ven influidos por ellas-. Asumimos comúnmente la ciencia como fuente de verdad, más allá a veces de lo que los propios científicos lo hacen, sabedores de que su trabajo siempre se encuentra sujeto al cambio que surge de un descubrimiento nuevo y al error inherente al proceso de conocimiento.

En este marco, la búsqueda de trascendencia roza con lo cotidiano en el ámbito de las religiones tradicionales y también fuera de ellas. Es un misterio para mí cómo la necesidad de pertenencia y de trascendencia, en algunos espacios religiosos y en otros que no lo son, se desvían de esta verdad científica o al menos de lo comprobable, por la vía de la paranoia y la conspiración. En este punto están para mí los grupos anti vacunas, los terraplanistas, los creacionistas, los negacionistas de nuestra lamentable contribución a la degradación del medio ambiente y de la biodiversidad y al cambio climático (también como origen de una pandemia), la ultraderecha y los seguidores de la teoría de los antiguos astronautas, por poner algunos ejemplos. Me da la impresión de que en todas estas reacciones al paradigma actual se reivindica la libertad individual sólo como preámbulo a la elusión permanente de la voluntad y la responsabilidad, que se depositan en algo que no es ni el individuo ni un conjunto de individuos, sino una masa. Las masas son dirigidas, pero esa dirección suele recaer en un orden mayor cuyo poder de persuasión se legitima a sí mismo en la adhesión de los otros. A la configuración de este panorama se suma desde hace tiempo la profusión de noticias falsas, que dificultan enormemente hacerse una idea de lo que sucede, en parte por el gran espacio que ocupan, en parte por la distorsión continua que generan en el debate. Oscurecen y distraen; utilizan las emociones, no como una dimensión más en la complejidad del sistema, sino como anulación de todo aparato crítico.

En nuestro devenir histórico, es verdad que la revolución francesa tuvo muchas sombras, algunas de las cuales se proyectan aún sobre nosotros. También se retorcieron sus valores, para que cambiaran algunas cosas mientras otras parecían cambiar falsamente. Igualdad ante la ley, libertad en la educación, fraternidad en la economía; así debería haber sido. En cambio, bregamos en una libertad económica que también es falaz y que se viste como tal mientras es controlada por la puerta trasera por unos pocos. La regulación podría ser un ejercicio colectivo; el libre mercado de opereta defiende la individualidad de algunos. Eso hace muy difícil lo de la fraternidad y la igualdad, aunque en España la abogacía de oficio y la educación y sanidad públicas lo intentan.

Leo estos días que nos está fallando el contrato social. El diccionario define “colectivo” en sus dos primeras acepciones como ‘perteneciente o relativo a una agrupación de individuos’ y como algo ‘que tiene la virtud de recoger o reunir’; así mismo, define “común” como algo ‘que, no siendo privativamente de nadie, pertenece o se extiende a varios’. Ambas palabras implican no sólo uso, sino corresponsabilidad y unión. En el ámbito de la sanidad, como hemos visto con la covid-19, la salud individual es una participación de la salud de todos. En el ámbito de la economía, la regulación de todos previene relaciones abusivas. En el ámbito laboral, la negociación colectiva redunda en la calidad del trabajo de cada uno, evitando la arbitrariedad. No podemos ser simples consumidores de la democracia y sus valores, del estado de derecho y sus valores, del estado de bienestar y sus valores. Son nuestra responsabilidad, individual y colectiva; pues lo colectivo se genera desde lo individual y viceversa.

Hay muchas maneras de combinar la necesidad de trascendencia con la responsabilidad. Ninguna manera de estar en el mundo que niegue la segunda (es decir, que niegue que el estar en el mundo de un individuo es sujeto y objeto del estar en el mundo del conjunto de individuos, no de forma sucesiva sino simultánea, en todo momento) nos permite concretar la primera, porque se deja la mitad de la ecuación por resolver y ambas se necesitan.

En Villaverde (Madrid), muchos vecinos han montado una Red Vecinal, como otras que hay en otros barrios  y que seguro habrá en otras ciudades; en lo peor de esta crisis su ayuda es fundamentalmente asistencial, pero sus ciudadanos también participan de iniciativas que buscan cambiar el sistema para construir una sociedad equilibrada. No son consumidores de lo público, de lo común. Lo construyen. Y en el acto de crear para otros también crecen.

En el otro extremo dos ejemplo de tantos: un cantante y compositor que se une a esta moda de que la covid-19 no existe; y los que se refieren al salario mínimo vital como “paguita”. La paranoia conspirativa anclada en la ignorancia, el miedo, la violencia.

Esta semana, mientras leía diferentes artículos en diferentes medios sobre muchas de las circunstancias en las actualmente nos vemos inmersos, me acordaba de los escenarios de Dickens y pensaba en la necesidad de reconocer los patrones que conforman nuestra historia, el andamiaje de la vida que llevamos, nuestras motivaciones personales y las colectivas, los espacios de conocimiento y de falta de él, para no rehuir la responsabilidad que tenemos de mirar más allá y para comprender que el camino en solitario es de corto recorrido.

Tiempos difíciles