domingo 11/4/21

El influjo de las masas

COVID-19-y-Psicologia

Contemplar las imágenes de la concentración de ciudadanos en la Puerta del Sol de Madrid con motivo de la inauguración del alumbrado de Navidad, en un momento en el que la Pandemia del Coronavirus insiste en alertar de que si no la respetamos no nos respetará, induce a pensar a bote pronto, que la estupidez se ha adueñado del modo de comportarnos socialmente.

Sin embargo, un análisis más pausado muestra que ese comportamiento tiene mucho que ver con lo que podría denominarse el poder del influjo de la masa sobre los individuos. Un poder, objeto de estudio por parte de distintos pensadores, desde Ortega y Gasset que consideraba que los individuos se idiotizaban bajo los efectos de ese influjo, a Elías Canetti que teorizaba sobre el arrobamiento que ese mismo influjo producía en los individuos, un arrobamiento que les impulsaba a cualquier conquista devolviéndoles su sentido de comunidad, sin olvidar la tradición sociológica planteada por Gustave Le Bon a la que daría continuidad Sigmund Freud en el sentido de que dentro de la masa, los individuos adoptaban comportamientos transgresores amparados en ella que de ningún modo adoptarían individualmente. 

Al calor de estas indagaciones podría decirse que la masa protege y faculta.

Ese binomio explica bien el poder de su influjo. Protege en tanto espacio de identificación con el otro, de proximidad, de pertenencia a una comunidad, de identidad en definitiva. Faculta para todo aquello con lo que los Teóricos la habían identificado; en el caso de Ortega, para convertirnos en un seres adocenados, fácilmente manipulables que pierden toda conciencia de sí; para Canetti, por el contrario la masa nos permite experimentar la ensoñación de conseguir logros colectivos; Le Bon y Freud piensan la masa como el espacio donde temporalmente desaparecen las restricciones morales y la transgresión puede adueñarse de la escena permitiendo comportamientos desconocidos incluso para quienes los protagonizan.

La psique no hace nada que sea distinto, cuando no encuentra cauce inunda lo más cercano en forma de: aumento de las depresiones, de los suicidios, de los abusos, maltratos, etc

Pensemos en cualquier fiesta popular de los Sanfermines a la Tomatina, en cualquier evento musical o deportivo de masas o en cualquier celebración religiosa multitudinaria, para atestiguarlo.

Esto, por sí mismo, explicaría el comportamiento que ha desbordado las calles del centro de Madrid el pasado fin de semana, después de 9 meses de desaparición de cualquier acontecimiento de masas su influjo se deja notar. La necesidad de juntarse para experimentar que no estamos solos que pertenecemos a un todo que nos ampara es muy poderosa.

Sin embargo otra dimensión de ese comportamiento queda por esclarecer ¿Qué nos impulsa a buscar la masa en momentos de riesgo extremo? De nuevo, vuelve a ser aventurado buscar la respuesta en la estupidez humana. Es precisamente el riesgo lo que nos impulsa. Para decirlo de una vez, cuando vamos a juntarnos con miles de personas en plena segunda ola, lo que hacemos es coquetear con la muerte, lo mismo que hace salvando las distancias, un piloto de fórmula 1, un torero, o un Kamikaze que circula en sentido contrario por una autopista. Un mismo riesgo para un mismo impulso.

De entre los pensadores aludidos que reflexionaron sobre la masa y su influjo solo Freud  fue capaz de aventurar que este impulso, el impulso de muerte, gobernaba la vida de los individuos  por encima incluso al instinto de supervivencia. Los seres humanos venimos de la nada y nuestro deseo más íntimo es volver a la nada.

Para Freud, la masa era un espacio más confortable para la transgresión, pero al mismo tiempo se convertía en una especie de tratamiento  homeopático para atemperar el impulso de muerte que también nos constituye.

Con demasiada ligereza la psicología tradicional se apresuró a presentar a Freud como el Darth Vader de la disciplina, y Freud tuvo el mal gusto de aceptar el reto y de mostrarnos los caminos por los que transita nuestro lado oscuro y la osadía de traerlos al mundo del conocimiento. A lo largo de ese  trayecto siempre estuvo más cerca del Marqués de Sade que del buen salvaje de Rousseau, pero nunca se separó del primer Freud neurólogo que explicaba la psique como un recipiente más del organismo, que cuando recibe un quantum inesperado tiene que desalojarlo y vio en la masa nada distinto a lo que hacemos, por ejemplo, con la vejiga cuando no puede eliminar su saturación de forma natural; o bien sudando o bien meando y, hay que sondarla para que el desalojo se haga de forma ordenada y no se ponga todo perdido.

Es por eso que estos 9 meses de ausencia de la masa en todas sus formas y manifestaciones, de la sonda que puntualmente permite canalizar nuestro exceso de agresividad, tendrán consecuencias para nuestra salud mental. Todo exceso de caudal que no encuentra cauce termina por desbordarse anegando las inmediaciones. La psique no hace nada que sea distinto, cuando no encuentra cauce inunda lo más cercano en forma de: aumento de las depresiones, de los suicidios, de los abusos, maltratos, etc.

En estas circunstancias, no es extraño que aflore un sentimiento de añoranza por la masa y que inconscientemente la busquemos por encima de los riesgos que entraña sumergirse en ella. 

El influjo de las masas