jueves 4/3/21

Qué lejos estaba Bacares hace casi 70 años

Historias de la memoria confinada.


Ir en verano de Barcelona a Bacares era una odisea que mi memoria infantil no borró nunca. Les cuento:

Salíamos de la Estación de Francia de Barcelona, pongamos por caso, un lunes después de comer. Llegábamos a Valencia como a las 8 de la mañana del día siguiente, martes. Había que bajar a toda prisa y transbordar a otro tren que debía llevarnos a Murcia.

jefe estacion bacares 2Téngase en cuenta que los trenes iban abarrotados, que los asientos de 3ª clase, para los que llevaban reserva, eran a base de tiras de madera que te dejaban los glúteos y la espalda como si llevaras un vestido a rayas, que las maletas en los transbordos se entraban por las ventanas una vez la prole se había acomodado arriba.

Llegábamos a Murcia ya entrada la tarde y allí hacíamos noche. En una fonda que había cerca de la Estación del El Carmen. He buscado tantas veces esa fonda a lo largo de los años; inútilmente. Casualmente a escasos minutos a pie de la estación, que ahí sigue, desafiando al tiempo, estuvo durante más de 30 años la sede de la USO de Murcia, en Alameda de Capuchinos. Y a Murcia fue mi primera misión como liberado clandestino en 1970 para impulsar el lanzamiento de la USO. Y a esa regional estoy afiliado y pago mi cuota, porque es una USO combativa y progresista, no como otras. Y ha sido un gran honor compartir con su líder, Pepe Sáez, la elaboración y edición de un libro sobre sus 50 años de historia.

Retomo el hilo, que soy incorregible. La fonda y la señora que la regentaba eran más bien lúgubres. Había muy poco luz -algo normal en los 50 por las restricciones- y la señora iba de negro de la cabeza a los pies en pleno agosto murciano; algo muy normal también en aquella España nacional-católica en la que había que ocultar a la mujer por si fuera fuente de pecado en vez de serlo sólo de reproducción y servidumbre.

Y llegaba el momento más mágico del viaje. Tras lavarnos en la fonda y recuperar nuestro color, pues la carbonilla que entraba a saco por las ventanas del tren forzosamente abiertas como única forma de aliviar el calo, forma bastante inútil pues la velocidad era tan baja que no levantaba aire apenas, mi padre me llevaba a dar un paseo al centro; cruzábamos un puente sobre un río que llevaba agua e inmediatamente después había un hombre que vendía chumbos que tenía en un cubo con agua fresquita. Mi padre me pelaba con la navajilla uno o dos; yo los comía despacio para que duraran más, con un nivel de concentración y deleite que incluía no sólo la carne dulce y jugosa del chumbo sino sus pepitillas también. Al volver a la fonda, mi madre, que estaba desbordada acomodando para cenar algo (la bolsa con los víveres para el viaje interminable era lo más noble del equipaje), dormir lo mejor posible todos y seguir viaje a otra mañana, no le alababa el gusto a mi padre con lo de los chumbos, “Manuel, cómo le das eso al chiquillo, que va a pillar un estreñimiento que pa qué …”

Salíamos temprano de la estación de El Carmen -ya era miércoles, tomen nota- en un tren todo de madera que cubría la línea Murcia a Granada. Nosotros nos quedábamos en la estación de Tíjola que está, más o menos, a la mitad del trayecto, en el corazón del Valle del Almanzora, río y valle que toman el nombre del gran caudillo musulmán Almanzor, nacido en Albox en el siglo X, creo recordar, que llegó hasta Santiago de Compostela, figúrense, y ello provocó que la Cristiandad visigoda se pusiera las pilas e iniciara la llamada Reconquista, la cual concluyó definitivamente con la conquista de estos valles y estas sierras, pertenecientes al Reino Nazarí de Granada, cinco siglos después. Hay quienes sostienen que Almanzor era el equivalente islámico al Cid cristiano. De eso nada. El primero era un caudillo -palabra árabe por excelencia- político y militar, y el segundo un guerrero mercenario, muy bravo, eso sí. Por cierto, esa línea ferroviaria Murcia-Granada, que vertebraba el valle y daba salida hacia los puertos de Almería y Aguilas al mineral de hierro que se extraía en Bacares, Las Menas o Alquife, la cerró el que fue abogado mío en la época de la dictadura, querido y recordado Enrique Barón, en su condición de ministro de transportes del primer gobierno de Felipe González. Unos años después coincidimos en el aeropuerto de Bruselas y le reproché dulcemente que suprimiera la línea; me dijo que no era nada personal, en coña, que es que la línea era muy deficitaria. “Quique, figura, que error y que putada …”, pensé yo.

Vuelvo al tren, que ya debe estar llegando a Lorca. La gente era muy extrovertida y comunicativa, ruidosa, predispuesta a compartir lo poco que hubiera a mano. Si uno se arrancaba por Molina con el “Soy minero”, no tardaba mucho otro en darle la réplica por Valderrama con “El emigrante” o “Pena mora”. El tren hacía largas paradas en todas las estaciones sin distinción, y alguna gente aprovechaba para bajar a orinar, o se compraba por la ventanilla alguna fruta, algún bizcochillo o mantelillo hecho a mano por mujeres del lugar, o un trago largo de agua fresquita en un botijo de barro ... que te ofrecían desde el andén una pequeña multitud de personas. Era normal que una señora subiera durante el trayecto y organizara una rifa en el vagón; podía ser una bolsita de peladillas o un paquete con cinco hojas de afeitar marca “iberia”; cada número costaba una perra gorda -10 céntimos de peseta-. Había tramos del trayecto que el tren se ahogaba literalmente por falta de fuerza o iba tan despacio que daba tiempo a que los más osados bajaran a encontrarse con algún melón o algunas almendras; al volver al vagón eran aclamados por el personal …

En un momento dado, apalancados a la ventanilla abierta como casi todo el viaje, veíamos el letrero “Fines-Olula”, la estación anterior a Tíjola; el viaje tocaba a su fin. Mi madre o mi padre nos aseaban un poco y entrando la tarde bajábamos en la estación de Tíjola, que no fue demolida y el otro día tuvimos ocasión de convidarnos en un bar que hay dentro de lo que fue la sala de espera. En la estación nos montaban en mulos y enfilábamos para Bacares, previa parada en la plaza del Ayuntamiento de Tíjola, nunca supe con qué objeto, y tras tres o cuatro horas sobre el mulo, siempre cuesta arriba, llegábamos a la casa de Bacares donde nos esperaba el abuelo Frasquito; yo la recorría a la carrera por ver si faltaba algo desde la anterior vez, y nos instalábamos en la cocina a comer algo; la misma desde la que hoy   moldeo aquella memoria. Habían transcurrido apenas unas 54 horas desde que salimos de la calle Chile de la Colonia Artigas en Badalona … Había que querer muchísimo a Bacares, al pueblo coloquialmente, para emprender aquella odisea.

El fascismo, civil y militar, arrebató violentamente a las clases trabajadoras y populares nuestra gran esperanza en una República social y democrática, provocó una larguísima y cruel guerra, les hizo pagar una a una todas las facturas de miedo, explotación, pobreza, persecución, falta de libertades a los vencidos, en una pesadilla histórica a la que llamaron “paz” y no era más que traición, victoria y dominio manu militari … Pero nunca pudieron derrotar las ansias y la ilusión de vivir una vida más digna, el amor a nuestra tierra y a nuestra gente y a las tierras y a las gentes que nos abrieron sus brazos fraternos y a las que dimos lo mejor que teníamos también… no pudieron derrotar nunca nuestro espíritu de resistencia y de lucha por la Dignidad, la Libertad y el Progreso Justo de nuestra España.

Creo yo.

Qué lejos estaba Bacares hace casi 70 años