martes 18/5/21

No vamos a contemplar el veneno del odio en calles, medios, redes, Parlamento, colegios e iglesias…

racismo

Poco ha en este mismo medio publiqué el artículo Contra el odio. El odio solo se combate rechazando el contagio. Título originado de las palabras del prólogo del libro extraordinario e imprescindible hoy de la periodista alemana Carolin Emcke Contra el Odio. No quiero que el nuevo placer de odiar libremente se normalice. Hace referencia en una parte al acoso vergonzoso a refugiados sirios en la ciudad alemana de Clausnitz, que puede verse en redes sociales bajo el título Döbeln se rebela: mi voz contra la extranjerización. No me queda otra opción que insistir sobre el tema por las razones expuestas más adelante.

Carolin justifica las razones de haberlo escrito al señalar que “El recuerdo de Auschwitz no tiene fecha de caducidad”. Ese es el mensaje que la República Federal Alemana intentó universalizar desde el final de la II Guerra Mundial. Quien llegaba a Alemania en los 80 observaba por todas partes referencias, debates, películas o documentales sobre el Tercer Reich. La generación nacida a partir de la II Guerra Mundial creció con la convicción de que sus palabras y actitudes no debían en modo alguno propiciar cualquier banalización del mal. Educados en el recuerdo crítico de un pasado de horror, Carolin y sus coetáneos contemplan sorprendidos y alarmados el contagio del germen xenófobo, de odio al otro, para el que, en contra de lo que se podía pensar hace unos 20 años, los alemanes no están inmunizados. Y tampoco los españoles.

Y vemos que por todo el mundo se está extendiendo una avalancha irrefrenable de odio. Podemos constatarla día tras día. Sirvan algunos ejemplos.

Recientemente fue asesinado en Polonia el alcalde de Gdansk, Pawel Adamovicz. Mientras tanto, en las redes sociales se desbocaba una carrera de odio en la que multitud de usuarios lanzaban insultos y amenazas, tanto a la víctima y sus partidarios como a su agresor y todos los que apoyaban el asesinato. Hasta el punto que la policía polaca ha detenido a tres personas acusadas de delito de odio en las redes sociales por haber, por ejemplo, expresado su deseo de que «mueran más políticos liberales» o por haber emitido mensajes de «felicitación» al asesino.

Adamowicz era miembro del principal partido de la oposición en Polonia, la fuerza liberal de centroderecha Plataforma Ciudadana, y alcalde de Gdansk desde 1998, donde este otoño consiguió la reelección con el 65 % de los votos. Había encabezado varias campañas a favor de los refugiados y contra las polémicas reformas emprendidas por el Gobierno polaco, en manos del partido Ley y Justicia (PiS). Aunque parece que el asesino de Adamowicz es un desequilibrado que no actuó por motivación política, lo cierto es que el alcalde de Gdansk ya estaba en la diana de las críticas de los sectores más reaccionarios de la sociedad polaca y las redes sociales han juzgado por su cuenta y emitido veredicto. Son muchos los usuarios que acusan del asesinato a la «retórica radicalizadora» del PiS.

Hay una imagen sobrecogedora y muy expresiva de nivel de degradación alcanzado en la política polaca del Congreso de los Diputados con todos los diputados de pie observando un minuto de silencio en homenaje al alcalde asesinado, pero con el asiento del líder de los ultras Jaroslaw Kaczynski deliberada y ostentosamente vacío.

Sobrecogido por el hecho mencionado me llega la noticia de otro no menos deprimente, ocurrido en Washington. Nathan Philips, miembro de la tribu omaha, de 64 años, que luchó en la guerra de Vietnam y que cada año viaja a Washington para encender una pipa de la paz en el cementerio militar de Arlington en memoria de los miles de nativos americanos que han servido en el ejército estadounidense (es la etnia que más se alista). Se manifestaba a favor de los pueblos indígenas para denunciar su pobreza, carencia de sanidad, tasa de suicidios, racismo, discriminación… Mientras tocaba el tambor fue rodeado por un grupo de estudiantes del instituto católico de Kentucky, que empezaron a burlarse de él y lo acorralaron, impidiéndole el paso. Son un centenar. Muchos llevan sudaderas y gorras con el eslogan de la campaña de Donald Trump, “Hagamos América grande de nuevo”, “Construye ese muro”. Hay una imagen estremecedora, la de un joven de unos 15 años que desafía al anciano con una sonrisa burlona, mientras el resto gritan y vociferan exaltados.

Y en España esto odio hacia el otro, hacia el inmigrante va a más, tal como muestran los resultados recientes en las elecciones andaluzas. El odio al inmigrante proporciona gran rentabilidad electoral. Pero el odio también se extiende entre nosotros mismos. ¡Qué bien nos conocía Manuel Azaña! En la Velada de Benicarló nos dice “Ustedes decían que el enemigo de un español es otro español. Cierto. ¿Por qué? Porque normalmente es de otro español de quien recibimos la insoportable pesadumbre de tolerarlo, de transigir, de respetar sus pensamientos. El blanco de su impaciencia, de su cólera y enemistad es otro español. Otro español quien le hace tascar el freno, contra quien busca el desquite. ¿El desquite de qué ofensa? La ofensa de pensar contrariamente”.

Como docente, padre y ciudadano esta expansión de odio me preocupa extraordinariamente. Supongo que un porcentaje de mis compatriotas compartirán mi sentir. No podemos cruzarnos de brazos. Algo hay que hacer. Además es urgente. Pero de esta deriva hay muchos responsables, porque como señalaba José Antonio Marina “El educar es tarea de toda la tribu”. Como docente considero que debería ser prioritario en la escuela educar en valores antes que el aprender inglés, matemáticas, programación… Pero esto no interesa, sobre todo a los padres. Por eso, en todos los colegios en su propaganda y en grandes carteles colocan “Centro Bilingüe”. En cambio ninguno destaca “Centro de educación para la solidaridad”.

La responsabilidad de esta deriva la explicó muy bien en el funeral del alcalde de Gdanks, el padre Ludwik Wisnieweski, legendario sacerdote: “Es preciso acabar con el odio, el desprecio y la injuria. No vamos a contemplar el veneno del odio en las calles, en los medios de comunicación, en las redes, en el Parlamento, en los colegios y en la iglesia…

Quiero terminar con un artículo de Antonio Machado, titulado Madrid y publicado en el diario El Sol de Madrid el 9 de febrero de 1937. Habla de la importancia de Madrid, de sus milicianos, de sus combatientes, en la defensa de la 2ª República contra el fascismo, en plena guerra civil española. Muestran una sonrisa, porque están convencidos de que su lucha es por una causa justa. Incluso en momentos tan dramáticos de la Guerra Civil emerge la figura gigantesca del Machado integrador.

“Tres meses de asedio, bajo el hierro y el fuego, viene resistiendo Madrid, y todavía tiene, según me dicen, la sonrisa en los labios. Yo no lo dudo. Porque Madrid es la sonrisa de España y la flor inmarcesible de esa misma sonrisa. La gracia madrileña, que tanto han enturbiado y desmedido sus malos comediógrafos y que tan finamente han captado los buenos, es eso, precisamente eso: una sonrisa a pesar de todo, no exenta nunca de ironía. En la vida cotidiana, más dura, más incierta, más amarga y más laboriosa que en ninguna otra de nuestras ciudades, Madrid, centro y capital de España, rompeolas de sus varias regiones, crisol también de todas ellas, Madrid, tantas veces tachado de frívolo, aprendió a sonreír a pesar de todo, quiero decir con plena conciencia de los motivos del llanto, que Madrid llegue a la plena tragedia y al sacrificio heroico sin perder la sonrisa es algo muy digno de admiración, pero no de extrañeza. A los que no podemos acudir al frente de combate por viejos o por enfermos o por falta de ánimo, no nos incumbe la misión de reforzar la moral de los combatientes. Son los combatientes quienes están reforzando la nuestra, al poner al tablero la moneda única que se juega en estos lances. Es esto lo que no debemos olvidar cuantos escribimos sobre la guerra. Item más: por respeto a los que luchan, para contribuir en la medida de nuestras fuerzas al éxito final de nuestra causa, hemos de evitar o corregir lo que sería el más grave pecado de la retaguardia: el de pensar que incrementando el odio a nuestros adversarios aumentaríamos el valor polémico, la eficacia guerrera de los luchadores. Esto sería un error psicológico y un yerro moral. Como supremo resorte de combate, el amor a una causa es mucho más fuerte que el odio a los adversarios a ella. He aquí la gran lección que el frente de combate dicta a la retaguardia. Es la lección de Madrid, que todos debemos aprender. Y si preguntáis: ¿Es que esos hombres heroicos, que a tan crueles enemigos combaten, no dudan de la victoria? Yo no vacilaría en contestaros: Lo propio del heroísmo no es la seguridad del triunfo, sino la ferviente aspiración a merecerlo. Madrid lucha hoy por defender a toda España, como tantas veces y con tanta razón se ha dicho; a toda España, sin excluir a la España de sus adversarios. Porque Madrid sabe muy bien que no todos sus enemigos son teutones y bereberes, que hay muchos españoles entre ellos, cuyos hijos sólo podrán salvarse con la derrota de sus padres. Madrid lucha sin odio -ésta es su mayor grandeza y el secreto de su energía milagrosa-; por eso puede sonreír y merece vencer.

No vamos a contemplar el veneno del odio en calles, medios, redes, Parlamento, colegios...