miércoles 16/6/21

El doble rasero: ‘La zanahoria y el palo’

“La ley es un puñal que nunca aflige a quien lo maneja”, Martín Fierro


De nada valen jueces, fiscales y agentes anticorrupción que en cuanto descubren algo, les cambian de destino o simplemente les destituyen, precisamente por cumplir con su trabajo 

La hipocresía y el ocultamiento de la realidad, bien con la censura, bien con la manipulación verbal, cuando la verdad no conviene que se sepa, son dos características de la política de nuestra época. No es invención nueva; nuestros políticos, en su mayor parte, son incapaces de inventar nada, no sólo por su falta de preparación, ingenio y profesionalidad, sino porque en política está todo inventado. Inventado y llevado a sus últimas consecuencias en estos tiempos en los que la ineptitud y el servilismo están a la orden del día, perfeccionados gracias a la progresión constante de los medios técnicos, que manejan con pericia y sin escrúpulos a su conveniencia, como manejan la ley. Incluso creen estos mediocres políticos y su servidumbre, que la ley va con todos menos con ellos, que para eso están donde están. Dijo el poeta José Hernández, en boca del gaucho Martín Fierro, que “la ley es un puñal que nunca aflige a quien lo maneja”. Es decir, usan dos modos de medir, una vara la emplean para sus acciones, y otra para los hechos de los demás.

Ocurre con la política, y ocurre con el otro poder que en España va a la par, pero no independiente, como debiera ser, el poder Judicial. Para ambos, política y justicia, lacra que nos legaron los romanos, siempre ha habido ciudadanos de primera, y ciudadanos de segunda, a los que perjudican en mayor medida, y eso, a pesar de que gracias a los de segunda clase, a su sudor, a su ingenio y a su producción, viven los de primera, beneficiados casi siempre por las dos instituciones. El mundo es tan necio que cree que los importantes son los de primera, y a ellos les ofrecen bienes y privilegios, tanto políticos, como judiciales. Cuán lejos quedan las teorías de Montesquieu y otras semejantes, y los principios de la Revolución Francesa, hoy olvidados y finiquitados. De ahí el doble rasero de la consideración política, y de quienes aplican y manejan la ley. Y su estulticia. Algún día se les volverá en contra.

Usan diferente rasero algunos tribunales cuando se enfrentan a un pez gordo y “real”. Lo acabamos de ver. Parece que jueces y fiscales se acomodan, cuando no se acobardan, ante lo que les pueda venir encima si afligen con la ley a quien les pueda afligir. Así es y así se comportan, al servicio del poderoso. No es raro tal comportamiento, en tales casos es común, a tenor de las declaraciones de Carlos Lesmes, presidente del Tribunal Supremo, al decir hace tiempo que “a los jueces se les controla con la zanahoria y el palo”, y al volver a decir estos días que la culpa de la politización de la Justicia la tienen las asociaciones judiciales... No hace falta explicar a qué se refiere, se ha demostrado en muchos casos, como el de Baltasar Garzón, Elpidio José Silva, o más recientemente, con algunos fiscales dedicados a la lucha contra la corrupción, como el del caso Noos, Pedro Horrach, o Manuel López Bernal, fiscal de Murcia, que hasta han recibido amenazas, ellos y su familia, y a pesar de haberlas denunciado en varias instancias, como ha afirmado López Bernal, nadie le ha hecho caso. A lo mejor, por denunciar, acaba él en la cárcel en lugar de los delincuentes. (A Carlos Lesmes le han pedido que rectifique, pero él debe creerse “papa” de jueces y fiscales por ocupar los cargos que ha ocupado, y ocupa, que sin duda le insuflan la gracia divina por lo que sus palabras son “ex cátedra”, o sea, infalible, como el Papa... y por tanto no ha lugar a la rectificación).

No es nuevo; como he dicho, en política está todo inventado, incluso en sistemas democráticos desde Pericles, en el siglo V a. C. También en nuestra democracia, según lo ha denunciado en varias ocasiones el que fuera uno de los primeros fiscales en esta lucha, Carlos Jiménez Villarejo, de ilustre familia de juristas, hoy jubilado, que habla, sabiendo bien lo que dice, sin pelos en la lengua. Desde hace tiempo existen presiones por parte de altos cargos del gobierno sobre los fiscales para que, en determinados casos, no cumplan con su obligación. Presiones en mayor medida, sobre los fiscales dedicados a la lucha contra la lacra de la corrupción, es decir, precisamente los que tratan de defender la democracia para que ésta no se contamine y pierda su identidad y esencia. ¿No se asemeja esta forma de proceder a la usada por la mafia?

Ha sucedido y sigue sucediendo en este país donde el sistema métrico decimal parece exclusivo y excluyente de los bancos a la hora de sangrar a los ciudadanos, a los que no perdonan un céntimo cuando de céntimos se trata, mientras condonan deudas cuando éstas superan millones o pertenecen a sus allegados, políticos al servicio de grandes empresarios y empresarios en connivencia con políticos. Y lo que faltaba, jueces acobardados, por no decir vendidos. Así, según convenga, aplican esa ley acomodada a intereses particulares, perjudicial para todos, menos para ellos; como rezaba la máxima de la política española decimonónica: “al enemigo, la ley, al amigo, el favor”. Del imperio romano nos llegan tales comportamientos, llevados a su máxima expresión en la actualidad, donde ni el rey ni los suyos, ni el gobierno ni los suyos, ni banqueros ni políticos, son afligidos por la ley, mientras el ciudadano de la calle pasa de aflicción en aflicción, vigilado y denostado por la misma administración que él alimenta y sostiene.

Condenados sin pena y con gloria

Lo digo al ver sentados en el banquillo estos días a tantos delincuentes por tantos comportamientos mafiosos que han salido a relucir, operaciones fraudulentas y robos descarados del dinero de los españoles, españolitos de a pie que se dedican a producir, y a vivir de su sudor y no del sudor ajeno, como es práctica habitual de esta gentuza. Gentuza que empobrece al pueblo y provoca la crisis robando en las arcas públicas. Recuérdense las comparecencias de Bárcenas, el tesorero del PP, o el espía que no pía, Granados, con su prepotencia ante el tribunal, gallos del PP que deberían cantar como tenores y no como gallinas cluecas, a imagen y semejanza de su lideresa y jefa, la marquesa Aguirre, tratando de despistar y contradecir con argumentos farragosos y el fácil y manido recurso del “yo no sé, no recuerdo, pregúntele a él”. O la postura de una infanta real (mejor sería de infanta de cuento, que no tan real), que ni ve, ni oye, ni sabe a qué se dedica su marido. Un marido que ha hecho lo que ha hecho, probado, demostrado, y condenado, pero sin pena, y con la gloria de irse a casa, precisamente Suiza, sin fianza y sin devolver los dineros. Si no por ladrón, que con un braguetazo de ese calibre nada le faltaría, por tonto habría que mandarlo a la cárcel. O esos ojos miopes de una ministro que no ve coches grandes de alto lujo en su garaje; otra que tampoco sabía a qué se dedicaba su marido, un alcalde implicado como tantos otros alcaldes en tramas mafiosas. O los 65 imputados por las tarjetas negras. O los directores de grandes bancos y cajas, incluido el del Banco de España, Fernández Ordóñez, Hernández Moltó, López Abad, las Caixas, de las que no se libra ni la Inmaculada de Zaragoza... y otros dirigentes de 20 cajas de ahorro, que birlaron entre 17 y 30 millones de euros para asegurar sus pensiones... Sin olvidar los famosos cajaduras y caraduras, como Blesa, Rato y sus compinches, que bien poco deben saber de economía a juzgar por la bancarrota de las empresas que dirigían, y que debemos pagar todos mientras ellos se embolsan millonadas para llevarlas luego a paraísos fiscales. Los mismos que presumían de pagar religiosamente (sic) sus impuestos, y vivir honradamente (sic) de su trabajo y sus ahorros (más sic). O presidentes y ex de Diputaciones y de Comunidades Autónomas que en media docena de años han aumentado su patrimonio hasta convertirse en clase privilegiada... ¡Personas ejemplares!

Todos argumentan su defensa recurriendo al consabido no sé, no vi, no oí, imitando a su jefa /marquesa madrileña, y añadiendo, como si los demás españoles fueran tontos y no sepan qué es la vida, añadiendo con todo el morro, que si han conseguido esas fortunas se debe a su trabajo, y a que saben ahorrar... Jajaja. No tienen pinta de trabajar en su vida, porque no saben hacer otra cosa que robar, y menos todavía tienen caras de ahorros, que cajas, por lo que se ve, les sobran, las usan y, metiendo mano en ellas, se aseguran su futuro. Se nota que otra manera de asegurar su pensión no tienen porque no pueden, pues no han cotizado, por no haber trabajado honrosa y legalmente nunca.

Todos o casi todos se libran de la cárcel y siguen sin devolver el dinero robado, mientras los españoles los miramos y les oímos estupefactos ante tanta caradura, sinvergonzonería y prepotencia. Se ve que los españoles honrados ni trabajan ni saben ahorrar... y en cuanto meten la pata, ¡zas!, Hacienda se ceba con ellos, o los tribunales, y les mandan devolver no sólo lo que ha ganado en buena lid, sino lo que no haya ganado, pero se lo achacan... para que pague más de la cuenta y no se escape sin pagar, y si no paga, le echan de su casa, o le mandan a la cárcel sin contemplaciones, pagando por lo que los demás debieran haber pagado. Así es España. Charanga y pandereta,  truhanes y trileros.

De nada valen jueces, fiscales y agentes anticorrupción que en cuanto descubren algo, les cambian de destino o simplemente les destituyen, precisamente por cumplir con su trabajo y luchar por el bien común limpiando de chorizos, mafiosos y sinvergüenzas este dichoso país. A estos les amenazan, cuando no les expedientan, mientras los otros, los imputados, juzgados y condenados, cuando van a la cárcel, entran por una puerta y salen por la otra, o sencillamente ni entran. Mientras el que ha robado una camiseta para vestirse, o un filete congelado para comer, o ha pasado una “china” de hachís (mejor vender que robar), o refleja en sus letras de rap lo que “a nivel real” la gente piensa, se ve con no sé cuántos años entre rejas, sin que Dios, ni el gobierno, ni la injusta justicia, se apiaden de él.

El doble rasero: ‘La zanahoria y el palo’
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