martes 15/6/21

La ética necesaria

Se ha extendido una sociedad que acepta y asume como “normal” la corrupción y que se sitúa al margen de la ley o en situaciones de alegalidad.

Hace años que los casos de corrupción son un tema cotidiano en los medios de comunicación y el CIS nos muestra que los españoles hemos asumido este problema como “normal”

Recuerdo que siendo estudiante del instituto Melchor de Macanaz de Hellín leí un libro que se titulaba algo así como el Regeneracionismo de Joaquín Costa y la Cuestión Social y cómo podía ser motivo de burla que me fascinara este tipo de lecturas. Con cierto complejo provinciano entonces (la edad nos va curando de muchos complejos que no son tales), entendía importante sintonizar con lo que Costa nos quería transmitir a los habitantes de provincias, metiendo el dedo en la llaga en la instrucción, la modernización de la economía y en la puesta de un punto y final al sistema caciquil señalándolo como uno de los puntales de la corrupción política en España. Me llamaba la atención ver que los cambios se producen de forma muy lenta y los cambios culturales determinan todo un vicio del sistema que se enquista y desluce toda la floritura del discurso de Cambio que se haga a su alrededor.

Pérez Galdós, en su afinidad con el fundador del PSOE, Pablo Iglesias, pasó de largo el concepto de “caciquismo” en sus obras para denunciar lo que para él era un cáncer mayor en las estructuras provinciales de este país: el “clericalismo”, que a su juicio creaba fanáticos, esclavos y “obstruidos mentales”.

Un concepto y otro entrañaban lo más inherente que subyacía de la sociología española, con un atraso económico y social importante y con los jornaleros del campo enfrentándose a los poderosos, no por penurias económicas ni por formas indignas de trabajo y de vida sino por la obligatoriedad de la educación básica para sus hijos, lo que concebían como una forma del Estado de inmiscuirse en su labor como padres y perdiendo a sus hijos como mano de obra. Los había que aceptaban las rígidas e injustas reglas de una sociedad como forma de no salir de su línea de confort, la conciencia de clase les había creado una identidad, una forma de verse como grupo, con la resignación de creer que era lo único que podían permitirse. Mentalidad de aceptación y de resignación como factor limitante de Cambio.

De ahí viene el español que no se mueve, el que sufriendo problemas económicos por falta de empleo decide no salir a probar suerte en otro lugar “por no dejar lejos mis raíces”. Actitud de inmovilismo, del que hablaba Pérez Galdós en sus “Episodios Nacionales”, que sirve de alimento a que las estructuras dilapidadoras del Cambio se aprovechen de la apatía y de la “tensa paz” de los que deciden simplemente esperar tiempos mejores.

Como a finales del siglo XIX, vivimos con la sensación generalizada de que tenemos una sociedad en decadencia, con los jóvenes “millennials” que asumen que van a tener unas condiciones de vida peores que las de sus padres y con unos políticos que distan de aquellos perfiles que gustaron y tuvieron representación en un momento de nuestra historia, cuando la ética era indispensable como imagen pública y ser político suponía ser el mejor espejo en el que el ciudadano quisiera retratarse, aunque tuviera ideas políticas contrarias, simplemente por una cuestión de preparación intelectual y ante todo, de talla humana.

Roto ese espejo, se ha extendido una sociedad que acepta y asume como “normal” la corrupción, sociedad que se sitúa al margen de la ley o en situaciones de alegalidad para conseguir los máximos beneficios propios, evadiendo toda responsabilidad con el resto de la sociedad, inventando todo tipo de artimañas para no pagar o para pagar menos impuestos.

Todos conocemos a cualquiera que, por ejemplo, en su municipio, provincia o subiendo más alto, hace de la política una forma de ostentación de poder sólo para recordarle al vecino de al lado que él “es más importante” y que hasta puede perder su empleo si no se pliega al “más importante”.

Sí, los hay que han pervertido muchas reglas de convivencia y de la verdadera democracia para seguir enquistados en las estructuras de pensamiento y de actitud que hacen que el Cambio siga siendo una entelequia y quede ridiculizado ante los que viven cómodamente favoreciendo ese inmovilismo en los demás, esa aceptación y con ellos, se abra paso la picaresca como forma tangencial de salir adelante sin sufrir grandes represalias.

Hace años que los casos de corrupción son un tema cotidiano en los medios de comunicación y el CIS nos muestra que los españoles hemos asumido este problema como “normal”. ¿Quién se atreve a cambiar lo que parece “normal”? ¿Qué políticos de altura de miras, de verdadero sentido de Estado y con cierto sentimiento patriótico como visión de conjunto, van a poder cambiar lo que se ha favorecido con viejas praxis?

La amalgama de tipologías y ejemplos de fraude en los estamentos superiores, la prepotencia y la coacción en ámbitos más pequeños de población, hacen de la corrupción la guinda de un gran pastel donde la talla humana e intelectual queda reducida por la premura y el hacer de la gestión pública una forma individual y falsa y de falta de ética y de solidaridad.

Los que llevamos años comprometidos como dogma con que no se desmonte el Estado del Bienestar, que reconoce el derecho del ciudadano de disponer de unos mínimos ingresos para una vida digna, podemos ver que de continuar las prácticas fraudulentas y no modificarse, por ejemplo, la estructura de las retenciones de las rentas, será casi imposible conseguir una sociedad donde la dignidad de la persona sea una realidad que se asuma como “normal” para todo el mundo, donde exista una proporcionalidad y se luche contra el fraude.

Así pues, la suma del fraude y la falta de responsabilidad fiscal, junto a unas políticas que tampoco buscan la equidad, nos conducen a situaciones muy preocupantes.

Cuando el argumentario es escaso, es fácil de echar la culpa de todo a la crisis, pero sin echar balones fuera y evitando falsas e impostadas autocomplacencias, habría que valorar si una buena parte de culpa está en la falta de comportamientos éticos que hemos dado por naturales, “normales”, atentando contra cualquier idea de progresismo. Hace dos siglos, Costa y Pérez Galdós denunciaban lo que ya con otras caras, siglas y estructuras, en la sociología siguen existiendo raíces latentes de comportamiento y de reacción.  La aceptación “de lo malo” conlleva su propia perpetuación, con lo cual no pueden darse los pasos a la construcción de un estadio mejor de la sociedad sin hacerla inherente a la revolución ética y moral.

La crisis económica ha puesto de manifiesto mucha miseria, muchísima desigualdad y ha aflorado un sentimiento de solidaridad entre las personas. La indiferencia hacia el bien común es un defecto tanto de la política como espejo como de la propia ciudadanía que actúa por reacción. El interés privado elimina casi totalmente el bien común, que en política es absolutamente fundamental, con proyectos pensados a muy corto plazo, sin estrategia de futuro. Lo vemos también en el poco empeño que algunos partidos han puesto en lograr un acuerdo de Gobierno y desbloquear este paréntesis de más de 4 meses y cómo quiere resultar beneficiado el que no ha hecho movimiento alguno.

La coherencia es también importante. Escuchar a Aznar hablar de la solidaridad que se ha de practicar y de la injusticia y falta de compromiso de aquellas personas que defraudan, cuando utilizó una empresa para no pagar los impuestos de los ingresos por sus conferencias es otro de los temas que Pérez Galdós trataba: el cinismo de los que actúan con doble moral.

La ética necesaria nace de una dimensión social y colectiva que consagra un modelo de política y de sociedad alejado de intereses particulares y que muestre que cuanto más particulares son y más alejados estén del bien común, menos razón se tiene.

La ética necesaria
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