lunes 21/6/21

Mi vida con Espasa y la relevancia de un premio

La última edición del premio ESPASAesPOESÍA, de cuyo libro galardonado se han filtrado algunos textos a través de las redes, motiva la siguiente reflexión de Manuel Rico.
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La primera librería que visité en soledad y con la plena conciencia de ir adrede a buscar un libro fue la Casa del Libro de la Gran Vía, entonces avenida de José Antonio. Era un libro de poesía de la mítica colección El Bardo, fundada y dirigida por José Batlló (era en 1969). Se trataba de Poeta de guardia, de Gloria Fuertes. Recuerdo que, al cruzar el umbral del establecimiento, sentí que accedía al templo de la literatura. Al fin había entrado en el punto de venta más importante de la Editorial Espasa Calpe, inaugurado casi medio siglo antes, en 1923, y un mito contemplado desde la distancia de mi barrio periférico. En casa, gente humilde y sin biblioteca heredada o a heredar, apenas había libros, pero mi afición a la literatura se hizo pasión a los doce o trece años y, pasada la adolescencia, me acostumbré a guardar los escasos ahorros y propinas del fin de semana para comprar los que pudiera. De ahí mi visita de aquel día a la Casa del Libro. 

Me dirigí allí, también, porque los primeros volúmenes que formarían mi biblioteca personal, algunos comprados en papelerías de barrio y otros regalos de familiares o amigos de mi padre, fueron los que de cuando en cuando y desde los tiempos del bachiller espigaba en la colección Austral, de Espasa. Es la primera colección de bolsillo de la que guardo memoria y gran parte de los ejemplares que fui acumulando en aquellos años todavía me acompañan tras varios cambios de domicilio. Si la Casa del Libro era el templo físico, la colección Austral era el espiritual. Allí vivían la serenidad de Fray Luis, la causticidad de Quevedo o la distante belleza de Garcilaso. En aquella colección leí a San Juan de la Cruz, a Bécquer, a Antonio Machado (aquella portentosa y todavía viva edición de Manuel Alvar) y a su hermano Manuel, me acostumbré a los versos de Unamuno, o de Santa Teresa, a las dos caras de la escritura de Góngora, la popular y festiva, la densa y compleja de Soledades, descubrí las dos antologías de Gerardo Diego y me asomé a poetas latinoamericanos como Leopoldo Lugones, Amado Nervo o Gabriela Mistral.

385d65318fbd5ea97d409af488f05e8cEspasa fue también guía y orientación en la modernidad narrativa de los años ochenta y noventa. Su colección Espasa Narrativa, con títulos de autores como Manuel de Lope, Antonio Soler, Martín Casariego, Carlos Castán, Juan Bonilla, Rosa Montero, José María Merino, entre otros, abrió un espacio significativo en lo que se dio en llamar nueva narrativa española en aquel tiempo inmediatamente posterior a la transición política.

Cuando una editorial como Espasa decide promover el premio ESPASAesPOESÍA, con el término poesía como elemento central, tiene una deuda de rigor, de especial cuidado, con una disciplina, un género, o un arte que va más allá de la coyuntura

Esa acumulación de historia y literatura, de poesía, narrativa y ensayo, que consolidó a Espasa como un referente ineludible, ha entrado en un territorio en el que se advierten indicios que no hacen justicia a esa historia y que agrietan la memoria literaria de varias generaciones. Las nuevas tecnologías, las redes sociales y el “youtuberismo” tienen, sin duda, virtudes. Y capacidades nunca antes vistas para conectar con decenas de miles de posibles lectores. Una de ellas, tal vez la que menos esperábamos, ha sido la de debilitar las paredes del prestigio de la tradición letrada, de la poesía como dimensión cualitativamente distinta y única del lenguaje, experiencia espiritual, emocional y estética que hunde sus raíces en la Grecia clásica y que ha vivido, siempre activa e influyente pese a su condición minoritaria, a través de los siglos como un arte más que como un género, como un territorio inexpresable y mágico más que como un fórmula puramente textual para contar estados de ánimo o eventos personales.

Cuando una editorial como Espasa, con todo ese acarreo de tradición y prestigio literario, decide promover el premio ESPASAesPOESÍA, un galardón de muy alta dotación económica y con el término poesía como elemento central, tiene una deuda de rigor, de especial cuidado, con una disciplina, un género, o un arte que va más allá de la coyuntura. Cuando nació ese premio muchos vimos que con él se saldaba una deuda con la poesía, sobre todo con la más reciente (o con la más joven) por parte de uno los grandes grupos editoriales (no olvidemos que Espasa es Planeta) de nuestro país. Era una forma de proyección de un género poco visible, minoritario, hacia un ámbito cuantitativamente más numeroso que el tradicional del lector de poesía. En el logro de ese objetivo podían tomarse dos caminos: el primero y más sencillo, consistente en rebajar la calidad de los textos y acercarlo a la sensibilidad media de un sector de lectores que sigue con entusiasmo la peripecia de personajes, en algunos casos poetas pero en la mayoría sucedáneos, cuyo valor esencial es contar con muchos seguidores en las redes sociales: hablo de youtubers, de “influencers”, de cronistas sentimentales de amores adolescentes o post adolescentes, a los que un poeta y crítico como Rodríguez Gaona ha calificado autores de “poesía pop tardoadolescente”. Ahí el negocio, parecía seguro. El segundo camino era trabajar a la inversa: intentar popularizar la poesía a partir de unas exigencias básicas de calidad, de rigor y de coherencia y tantear, entre los nuevos valores, libros de calidad, con capacidad de innovación, que lejos de degradar el lenguaje poético lo elevaran aportando complejidad a sus significados y enlazando con la tradición clásica y contemporánea: hay muchos poetas veinteañeros escribiendo poesía (no otra cosa) a partir de propuestas estéticas diversas. En este sendero el negocio no era tan seguro. Requería más inversión y la complicidad y el respaldo de la crítica y de autores de referencia que se implicaran en ello. Se trataba de apostar por la poesía desadjetivada y por dignificarla. A la luz de los premios concedidos hasta ahora, en especial del último, del que, en el límite del bochorno y de la vergüenza ajena, he podido leer algunos versos (por llamarlos de algún modo) en redes sociales, Espasa se ha decantado por la primera. Es decir, por utilizar el prestigio social, cultural y académico de la poesía para dar carta de naturaleza a “otra cosa” otorgándole ese título.  

A esa visión deconstructiva del concepto poesía ha contribuido, sin duda, la trivialización, desde una zona de lo que podríamos llamar canon, del fenómeno

La excusa que he podido leer en algunos medios es que así la poesía gana lectores donde no los había. En otras palabras: un modo de “iniciación” al género. Así, se intenta equiparar las viejas lecturas de tebeos, de novelas de quiosco o de pseudoliteratura que a generaciones anteriores podían haber servido de puerta de entrada a lecturas de más enjundia con este género híbrido. Lo que, sin embargo, se obvia es que ninguna gran editorial hizo de estos géneros objeto de un premio de narrativa, o de novela. Nunca la legítima apuesta comercial de una editorial privada se tradujo en un cuestionamiento radical del género narrativo. Las novelas de quiosco, o las novelas rosas de la colección Arlequín u otras parecidas, las fotonovelas, etc… tuvieron su espacio (y lo seguirán teniendo), pero no se convirtieron en el objeto central de premios sustentados en el término “novela” o “narrativa”.  

A esa visión deconstructiva del concepto poesía ha contribuido, sin duda, la trivialización, desde una zona de lo que podríamos llamar canon, del fenómeno. Todos tenemos en la mente nombres de autores, editores y críticos que han contribuido a demoler las fronteras (que no es lo mismo que permeabilizarlas, algo inevitable siempre), a no diferenciar la poesía de otros productos, a una suerte de todo vale que ha impregnado, también, los premios financiados con dinero público. He leído y escuchado argumentos en los que Juan de la Cruz o Juan Ramón o Machado se equiparan al último youtuber. O que un premio como el ESPASAesPOESÍA está pensado para vender y que todos sabemos de qué va y no nos debemos escandalizar por ello. Nada que objetar a esa pretensión. Pero no estaría mal sustituir, en la denominación, el término poesía por otro que no induzca al equívoco. O cambiar el rumbo y ajustar el contenido de lo que se premia a la denominación. Es decir, optar, por encima de cualquier cosa, por la poesía: calidad, renovación, complejidad, misterio, “honda palpitación del espíritu” o “palabra en el tiempo”, que diría don Antonio Machado. Todos sabemos de qué estamos hablando. 

Mi vida con Espasa y la relevancia de un premio
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