sábado 8/5/21

Suresnes y la transición, dos fracasos para una crisis política

Cuando Mommsen, como nos recordaba Ortega, comienza a escribir su “Historia Romana” lo hace con una frase sustantiva de lo que es, o debiera ser, la construcción política de un Estado nacional: “La historia de toda nación, y sobre todo de la nación latina, es un vasto sistema de incorporación”.

 En la edición alemana de la obra de Mommsen no se habla de “incorporación” sino de “synoikismo.” La idea es la misma: synoiquismo es literalmente convivencia, ayuntamiento de moradas. Al revisar la traducción francesa, prefirió Mommsen una palabra menos técnica. La capacidad inclusiva (synoiquismo) en el contexto social, político e ideológico constituye hoy el determinante de la calidad democrática de un régimen político. Es por ello, desconcertante la actitud de la derecha y de instituciones sensibles del Estado, incluida la Corona, en marchar en sentido contrario y crear severas incompatibilidades con el ideario de organizaciones políticas que actúan dentro de la legalidad del régimen monárquico. Esta aparente paradoja es consecuencia de la deriva  autoritaria que ha tomado el régimen del 78 que no se puede ya conceptuar de falta de algún desarrollo de derechos cívicos o déficits en la calidad de algunas libertades, sino en la implantación ideológica y metafísica de un reflujo democrático severo de carácter autoritario y, lo más grave, que no es de índole transitoria sino definitiva ya que el establishment lo considera volver a la normalidad que había sido perturbada por los usos y valores propios de la democracia.

La quiebra del bipartidismo dinamitó la estructura del sistema que se fundamentaba en dos componentes axiales: el pacto de la Transición y Suresnes, lugar este último donde el Partido Socialista se reinventó para convertirse en un partido ad hoc de la monarquía posfranquista y, por tanto, desde el punto de vista de la ideología en un malentendido. La configuración de una mayoría parlamentaria de signo rupturista con respecto al consenso de la Transición agudizó la crisis del régimen del 78 cada vez menos compadecido con la profundización democrática en un esfuerzo por restaurar el bipartidismo aislando y anatematizando a las fuerzas políticas rupturistas con agresivas campañas de criminalización del adversario en una acción procedente del maridaje de las fuerzas conservadoras, el establishment económico y estamental, el poder arbitral del Estado encarnado en la Corona, el subsuelo de la inteligencia nacional, una justicia politizada y una parte del Partido Socialista muñidores de Suresnes y funcionariado orgánico con elevado estatus que hace tiempo confunde su argumentario con el de la derecha.

El pacto de la Transición blindó un concepto que la carencia inclusiva del sistema ha malparado hasta llegar a un punto crítico de difícil reversión. La izquierda asumió la resignación del ostracismo ideológico a cambio de una escolástica que hacía de su acto político un simulacro. Ello propiciaba una vida pública sin contenidos, sujeta a la uniformidad del bipartidismo y la hegemonía cultural de la derecha, mediante las hechuras de un Estado cuyos basamentos fundamentales eran heredados del caudillismo y, por ello, de bajo contenido democrático. Para Aranguren la falta de contenidos sustantivos produce desmoralización colectiva. Seguramente porque el individuo no sabe qué responder, porque carece de criterios, se siente desorientado. La respuesta depende de la convicción y fidelidad a unas ideas. Pero también depende del sentimiento. Cuando falta contenido, no hay convicciones, el sentimiento no tiene donde adherirse y falla también. Falta el estímulo para responder. Ortega, por su parte, afirma que la moral no es un añadido del ser humano, sino su mismo quehacer para construir la propia vida. Y añade: “un hombre desmoralizado es un hombre que no está en posesión de sí mismo”

En el caso del sector del PSOE encabezado por los jarrones chinos y afines no hay que olvidar que fueron severamente derrotados en las primarias que devolvieron a Sánchez a la secretaría general del partido. La caída previa del actual presidente del Gobierno fue motivada por el asalto a Ferraz llevado a cabo por este sector conservador del Partido Socialista al objeto de asegurar la continuidad de Rajoy en la Moncloa. La ácida crítica que este grupo del PSOE mantiene hoy contra la mayoría parlamentaria que sostiene al gobierno encabezado por Sánchez, el líder de su propio partido, no es más que una de las contradicciones que muestran claramente el fracaso de Suresnes.

Suresnes y la transición, dos fracasos para una crisis política