domingo 20/6/21

Elecciones del 26-J: La muerte del tío Miguel

Os acompaño en vuestro sentimiento Qué mala suerte, morirse dos días después de las elecciones. Eran los comentarios habituales en el entierro del Tío Miguel.

Lo conocí por casualidad un día del pasado diciembre, de esos que el viento frío evita andar por la calle. Entré en la farmacia. Tuve que esperar unos cinco minutos hasta que le atendieron, tiempo suficiente para observarle al estar los dos solos. Pantalón y chaqueta de pana oscura, sin abrigo, gorra campera del mismo paño, se mantenía apoyado en su garrota. No le veía la cara. Procuraba ocultarla mientras le atendían. Cuando por fin se volvió con su bolsa de medicinas no pudo evitar presentar un rostro mojado por las lágrimas. Me miró como asustado, con vergüenza.

¿Tenía algún problema con el ordenador? Pregunté con curiosidad.

Y tanto, respondió el dependiente. Está muy enfermo y con los recortes le han quitado unas medicinas que necesita para vivir. Mientras podamos le estamos ayudando buscando trucos para engañar al ordenador porque su pensión no le llega para pagarlas y ha agotado sus ahorros ayudando a dos hijas suyas que están separadas y en paro. La mayor ha vuelto a casa con sus dos hijos, cinco bocas en total. Son vecinos míos, no salen del cocido alternándolo con guisos de patatas con carne. Y menos mal que vivimos al sur de Madrid en una ciudad pequeña donde los precios son más bajos.

Observando sus manos y su forma de vestir imaginé que respondía al perfil de hombre del campo obligado a emigrar en los años sesenta con la aparición de los primeros tractores que obligaron a los peones a buscar trabajo en la recogida de fruta de poblaciones más avanzadas que la suya. Quienes tenían más cultura encontraron mejores trabajos en la floreciente industria del desarrollismo. Unos y otros mejoraron ostensiblemente de nivel de vida, pudieron criar a sus hijos, comprarse casa propia y algunos hasta una segunda vivienda de recreo en las orillas de un río o en una playa de levante.

Sus hijos se casaron y aprovechando la bonanza económica también se compraron casa coincidiendo su evolución con la democracia de los años ochenta y noventa y parte de la primera década del dosmil. Sus fiestas y cumpleaños se caracterizaban por mesas llenas de buenos alimentos regadas con vinos de esos de marca que antes sólo bebían los ricos. Cenas de Nochebuena pantagruélicas sustituyeron a aquellas de la niñez donde para salirse de la monotonía del puchero asaban un pollo de corral con ensaladilla rusa de primero.

De pronto se encontraron en medio de una crisis que ellos no habían provocado. Se acabaron los días de vino y rosas. Vinieron la pérdida del trabajo, las tensiones familiares, las separaciones, los desahucio y la vuelta al hogar materno. Como era de ley el Tío Miguel arropó a su familia como siempre hasta que se agotaron los ahorros.

Por una carambola de la vida coincidí con él en las dos últimas votaciones. Me llamó la atención que en ambas votara con decisión, sin dudarlo, cogiendo las papeletas del PP, por cierto colocadas en primera fila por aviesos interventores. Incrédulo por tal experiencia al no responder al perfil del votante de derechas que yo imaginaba, llamé a un amigo mío sicólogo. La explicación es muy fácil, me dijo: es un hombre que ha vivido en un mundo conservador donde sólo hay cabida para el sufrimiento y la rebeldía no entra en su vocabulario. Votar otra alternativa sería como votar contra sí mismo y eso no es posible a su edad.

Pobre hombre, ya no podrá votar más. Sin conocerlo me sentí obligado a asistir al sepelio. No pude dar el pésame a la familia porque no los conocía. Intentaba escudriñar sus caras para saber si estaban más dolidos por la muerte de Miguel o por la desaparición de la pensión. En estos tiempos es difícil saberlo.

Querido lector: si usted se ha creído esta historia, entonces escribo mejor de lo que pensaba. Queden aquí estas líneas a modo de quijotesca reflexión sobre las recientes elecciones.

Elecciones del 26-J: La muerte del tío Miguel