viernes 18/6/21

Mirar a Europa

Conviene mirar a Europa para comprobar que el horizonte nacional se queda estrecho y que nunca más que ahora el espacio europeo es un terreno de acción política...

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El comienzo de la actividad política y de la vida productiva en general en este mes de septiembre se produce cadenciosamente. El reflejo mediático de la realidad se centra en la situación española, aunque es apreciable un cierto interés secundario por asuntos europeos. Principalmente, los intentos del gobierno español por colocar a su candidato en puestos de relieve de la Comisión. La persona elegida, cabeza de lista del PP en las elecciones europeas, es el arquetipo de la imagen de España para los países del norte de Europa: machista, despilfarrador, amigo de la juerga y de la buena comida, más listo que inteligente. Lo que es llamativo es que el puesto para el que le destinan sea el de ciencia e innovación, pero quizá eso de cuenta, como dice Javier de Lucas, del valor con el que se estima este dominio en Europa.

Otras noticias sobre Europa vienen sobre todo de los digitales. La potente acogida que Podemos tiene en el espacio mediático español ha permitido seguir la visita de Pablo Iglesias como eurodiputado a Israel y a los territorios ocupados, y su queja por la prohibición del gobierno israelí respecto de la entrada en Gaza. En tono menor, sabemos también que Javier Couso, que entró en el parlamento europeo por la lista de Izquierda Unida tras la dimisión de Willy Meyer, ha sido designado Vicepresidente de la Comisión del Parlamento Europeo en relaciones exteriores y que ha intervenido contundentemente sobre los derechos del pueblo palestino y la condena de la invasión israelí de la franja de Gaza. Sin embargo, de los dos grandes partidos nacionales restantes, la imagen europea para el Partido Popular ha sido el paseo de finales de agosto con Angela Merkel en un tramo del Camino de Santiago, durante el cual el presidente del gobierno español confirmó su fidelidad absoluta y su lealtad segura a la política de austeridad preconizada por Alemania, y para el Partido Socialista, su renovado y agraciado líder, la visita a la fiesta de la Unità – quien lo diría en otros tiempos del socialismo español felipista - y el encuentro con Renzi, posiblemente el único mandatario de un partido del grupo socialista europeo que está en el gobierno y ha visto una impresionante aceptación popular a su gestión en los resultados de las elecciones europeas de mayo del 2014. Entrevistado en Italia, Pedro Sánchez ha confirmado que, a diferencia de Renzi, el PSOE considera a los sindicatos un aliado importante en su proyecto político, aunque el secretario general de los socialistas españoles entiende, igualmente, que éstos deben “renovarse”, aunque prudentemente no precisa cuál puede ser la fórmula para este proceso.

Otros hechos más importantes llaman la atención sobre Europa. Se trata de la amenaza de una nueva recesión y de los instrumentos que está dispuesta la Unión Europea a poner en marcha para conjurarla. En esta encrucijada, el Banco Central Europeo y su presidente Mario Draghi, vuelve a desempeñar un papel protagonista. Lo que se ha subrayado de sus intervenciones es la revalorización de la política monetaria y fiscal como forma de contrarrestar las tendencias recesivas de la economía. Desde ese punto de vista, la bajada de los tipos de interés, la compra de deuda bancaria y el incremento del crédito se deberían acompañar de una flexibilización máxima de la regla del 3% del déficit presupuestario, cuestión relacionada con el aligeramiento de las cargas impositivas a las empresas que naturalmente repercutirán en menores ingresos en momentos de graves dificultades de los estados nacionales para cuadrar el déficit presupuestario. Medidas todas ellas no gratas a la Bundesbank, que en efecto implican una cierta relajación de la estricta disciplina hasta ahora llevada a rajatabla por la troika. Como tales han sido saludadas entusiásticamente por el nuevo gobierno francés y el diario Le Monde ha publicado un editorial (03.09.2014) ditirámbico designando a Draghi el “hombre útil” de Europa, al que auguran una página central en la historia de este período.

Pero estas medidas – que desde la propia perspectiva económica han sido criticadas en cuanto que la bajada de tipos de interés y la compra de deuda bancaria implican una nueva subvención a la banca o respecto de su inutilidad plena para afrontar con eficacia el nuevo curso económico – no son las únicas ni las más relevantes para encarar la crisis, siempre según el discurso del BCE. En efecto, el eje central de las mismas lo siguen constituyendo las “reformas estructurales” en especial sobre las relaciones laborales, la flexibilidad del despido y la reducción de salarios. Lo ha dicho Draghi con todas las letras en la reunión anual de Jackson Hole, Wyoming, USA  que reúne a los directores de los Bancos Centrales y a una buena plétora de economistas del sistema. Allí, en una intervención que me ha sido proporcionada por Antonio Lettieri - que desarrollará el tema con la profundidad que se merece en Eguaglianza e Libertà – ha advertido que la política monetaria pierde eficacia en las actuales circunstancias de estancamiento económico y paro masivo, porque no genera demanda agregada, que es la base del crecimiento económico y del empleo. El segundo vector es la política fiscal que actúa reduciendo cargas y contribuciones sociales sobre las empresas y las desplaza al consumo o al ámbito de la prestación de servicios. Pero para Draghi es claro que ningún estímulo monetario o fiscal funciona sin llevar a cabo “ambiciosas, importantes y fuertes reformas estructurales”. Que se concretan a fin de cuentas en flexibilidad a la baja en términos salariales y negociación colectiva de empresa, junto con reducción extrema de las garantías de empleo y ampliación correlativa de la libertad de despedir sin control judicial o colectivo. De hecho, en el texto americano, el presidente del BCE compara Irlanda y España y concluye que el mantenimiento del alto nivel de desempleo español tiene como causa que Irlanda intervino más rápida e intensamente sobre los salarios, provocando una devaluación de los mismos ligada a una fuerte “flexibilización” de éstos, que en el caso español fue estorbada por la negociación colectiva sectorial y la presencia de salarios convenio en estos sectores, sin que se haya generalizado una transición a un modelo de salario empresarial e individual. Pese a ello, para Draghi, las reformas laborales en España que ha realizado el gobierno del Partido Popular han eliminado algunas rigideces del mercado de trabajo “con efectos positivos”.

De manera aparentemente contradictoria, no obstante, estos mismos documentos entienden que en el corto y medio plazo estas reformas laborales agravarán las condiciones de crecimiento del empleo. Se trata por tanto del reconocimiento de tantos diagnósticos según los cuales estas son políticas equivocadas. Pero quizá la contradicción – como señala Lettieri  - sea más aparente que real. Porque desde el punto de vista sustantivo, las reformas sobre el trabajo indican un cambio a largo plazo, profundo y radical, de las relaciones sociales de poder, una gestión autoritaria del uso de la fuerza de trabajo, debilitada y en ocasiones desaparecida la negociación colectiva sobre la misma e imposibilitada en amplia medida la función del sindicato de representación, de intervención y de control sobre las condiciones de trabajo y el salario. Este es el objetivo fundamental que las políticas de austeridad está consiguiendo. Y este discurso de Draghi lo reiteran machaconamente otros tantos responsables de organismos financieros y económicos internacionales, como el secretario general de la OCDE, de visita en España. Sin embargo, como resume Jesús Laraña en Infolibre, “Eurostat va constatando que las políticas de austeridad impuestas por Alemania, pese al sufrimiento que suponen para los sectores más débiles, no funcionan. Ni se cumplen los objetivos de déficit en los países del sur, ni se contiene el incremento de la deuda pública ni se crea empleo (aún menos un empleo estable que ofrezca confianza para aumentar el consumo)”.

Parecería que estas declaraciones o discursos son conocidos y comentados, que alimentan los debates en la opinión pública. No es así, son mensajes que discurren sin interferencias. Todo ello se hace en silencio. Se habla de las medidas económicas y de su efectividad, pero se olvida este elemento esencial de las reformas que están forzando un cambio muy importante en dirección a la remercantilización del trabajo y su reformulación en términos desagregados, segmentados y flexibles sin contrapeso colectivo suficiente y sin que el conflicto y la resistencia tengan proyección importante, de peso, en la acción política. Lo que quiere decir que se está produciendo una grave lesión a los ciudadanos en cuanto titulares de derechos orientados a la libertad y la igualdad a través precisamente del desempeño de un trabajo digno sin que esta vulneración profunda de la democracia sea percibida en la opinión pública.

Este silencio es más asombroso en  la izquierda “oficial”  es decir,  la socialdemocracia gobernante. El ejemplo francés con el giro hacia un social liberalismo “sin complejos” – así lo denomina el periódico Le Monde – sólo se compensa con la tradición republicana de pensar diferente y objetar la línea general en el interior del mismo partido, como ha hecho el ex ministro de economía, Arnaud Montebourg , que ha discrepado de la política de austeridad en términos muy franceses, es decir, señalando que la política del eje Berlín – Bruselas – Frankfurt tiene consecuencias destructivas para los equilibrios económicos y sociales de Francia, que ha aceptado la hegemonía alemana sin oponer la resistencia que se requeriría. Lo que desde luego tiene una buena parte de razón, y no sólo en términos nacionales.

Conviene por tanto mirar a Europa para comprobar que el horizonte nacional se queda estrecho y que nunca más que ahora el espacio europeo es un terreno de acción política. Mirar a Europa para conocer la fuerza de las tendencias termidorianas que quiere acabar con el espacio democrático y social de ciudadanía lograda tras la derrota de los fascismos.

Mientras tanto, en nuestro país, siguen descendiendo los salarios no sólo en el sector público, sino en el sector privado, por mucho que el presidente de la CEOE mantenga de manera provocadora lo contrario, y la negociación colectiva que subsiste es incapaz de romper esta tendencia acentuada y multiplicada por la precarización, el empleo irregular y la externalización y terciarización de la producción. La tendencia no sólo afecta a España, sino que se afianza en muchas partes de Europa, al socaire de la restricción de la negociación colectiva y la crisis. Algunos estudios recientes, como los de la Fundación 1 de Mayo han pormenorizado este descenso salarial y la desigualdad que conlleva. La prensa, trasvasando los conceptos del mercado de servicios al trabajo, le llama “salarios low cost” y dice que es una “moda” que también llega a Gran Bretaña, por ejemplo. Allí los sindicatos denuncian – en el Congreso de la TUC de 2014 – que los trabajadores de bajos salarios se han triplicado desde 1975, como consecuencia de la debilitación de la negociación colectiva. Y que el 20% de los trabajadores cobran menos de 7,71 libras por hora (es decir unos 9,6 euros).

Mientras tanto, la reforma laboral se ha visto bendecida por el Tribunal constitucional y tanto los gobernantes como los dominantes entienden que es un punto de no retorno. Es sin embargo un punto decisivo para el futuro, ante el que las fuerzas de izquierda  - todas, incluido el PSOE -  se han comprometido a derogar la Ley 3/2012. Pero el sindicalismo español tiene que decir cuál es su proyecto de regulación, es decir, pronunciarse sobre el diseño nuevo al que deben someterse las relaciones laborales en un contexto democrático y preparar el marco de reformas que sitúe al trabajo con derechos en el centro de la sociedad, haciendo inútil por consiguiente las reformas de estructura impuestas desde los centros político-financieros a las economías nacionales.

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