viernes 18/6/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

“La cuna del hombre la mecen con cuentos”

caretas

“Cuanto mejor es uno, tanto más difícilmente llega a sospechar
de la maldad de los otros”.

Cicerón


León Felipe, alejado durante años de la primera fila de los autores reconocidos en el imaginario colectivo español, es, sin embargo, uno de los autores más importantes del pasado siglo en España. Su nombre y su recuerdo traen a la memoria aquellos versos que hoy cobran actualidad: “… Digo tan sólo lo que he visto. / Y he visto que la cuna del hombre la mecen con cuentos, /que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, /que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, /que los huesos del hombre los entierran con cuentos, / y que el miedo del hombre... ha inventado todos los cuentos…”. Estos versos reflejan hoy una hiriente y cruda realidad: desde que tenemos memoria histórica, quienes detentan el poder, en estos tiempos líquidos que describía Bauman, intentan mecernos con cuentos, con sus “inventadas mentiras, con sus banales razonamientos y sus estúpidas justificaciones a conveniencia”, pues, como dice el poeta es el miedo el que inventa y mantiene los cuentos; lo grave es que llegamos a creerlos.

Un importante papel de la filosofía es analizar y escuchar las voces de los procesos históricos; procesos que, como testigos permanentes de lo que acontece en el tiempo, deben suscitar la serena reflexión, sin los ruidos externos de los que quieren escribirla y contarla según sus intereses y a conveniencia. Se dice, y suele ser verdad, que la historia la “cuentan” a su manera “los vencedores”. Esa forma de contar la historia (“mecernos y ahogarnos con cuentos”, que decía León Felipe) no deja de ser una retórica maniquea en la que en una parte están los buenos y, en la otra, los malos, obligados al silencio del miedo; no otra cosa fueron “los tiempos del franquismo”, en un clima de temor y ansiedad en la parte de los perdedores, muchos de ellos condenados y obligados al exilio, en nada parecido, e impúdicamente comparado por Pablo Iglesias con la “acolchada y cómoda fuga de bon vivant del prófugo de Waterloo”. Desde estas reflexiones, ¿nos podemos fiar de la historia que hoy se nos transmite?; ¿somos incapaces de entender, aprendiendo del pasado, que el presente que estamos viendo, se escribirá y contará a conveniencia del poder?; ¿acaso no estamos viviendo bajo el yugo de una falsa “realidad”, dibujada y descrita por las numerosas “fakenews”, los engaños, las mentiras, los bulos, la propaganda y el manejo de hechos alternativos?; ¿no percibimos de continuo y a diario la capacidad de inventar narrativas falsas con el fin de aglutinar a mayorías de gente diversa alrededor de una idea o un líder, desconectándolos de la realidad? Las teorías “conspiranoicas” son como las bolas de nieve, como aludes, que se alimentan y agrandan mientras más se difunden. Nos estamos habituando de forma deprimente a aceptar sin análisis críticos cuantas mentiras difunden, mediante las redes sociales “ignorantes sabelotodo”, que llamamos “influencers”. Y nos estamos acostumbrando a retener la ira y la rabia, actitudes y respuestas legítimas, al descontento que en la situación actual produce el poder. Necesitamos crear un relato en el que la mente y la acción puedan moverse a una velocidad y de una manera diferente a como lo hacen las redes sociales y el mundo de las plataformas. Probablemente, si no somos ciudadanos críticos y bien informados, nunca consigamos tener un relato completo y fiable de la realidad y debamos conformarnos con fragmentos de la verdad que construye y conviene a aquellos que denominamos “el poder y los medios”.

Repetimos machaconamente que vivimos en la era de la información; pero empleamos el concepto con cierta frivolidad convirtiendo la opinión de “un cualquiera” en información; las redes sociales están saturadas de opiniones de “demasiados cualesquieras”; y sabemos que las opiniones, la mayoría de las veces, son pura expresión y extensión de la subjetividad. La información debe tener una estructura interna para hacerla creíble, fiable y un valor tangible para el emisor y el destinatario. Gilles Deleuze, uno de los más importantes filósofos franceses del pasado siglo, en El Antiedipo, obra crítica y antidogmática contra “la credulidad”, nos advierte que no podemos convertir los deseos en verdades; repudiaba los argumentarios y las consignas interesadas del poder convertidas en necesarias verdades informativas. Hoy sabemos que más información no significa mejor información. Si la información que recibimos no proviene de medios e instituciones fiables, si los profesionales que la facilitan no poseen ese mínimo nivel de veracidad creíble y verificable, si la cultura de la ciudadanía se nutre del alimento visual de “deleznables realitys” televisivos o de “yortubers o influencers”, económicamente bien engrasados, pero de escasas neuronas, el resultado es una sociedad tan desinformada y manipulable como la de esos 70 millones de votantes norteamericanos que, a pesar de la evidente, perversa y mezquina gestión de Trump, le votaron. Nadie quiere parecer ignorante, ni ser torpemente lento en pronunciarse sobre un tema de actualidad candente, pero la opinión bien informada requiere de eso que se llama reposo, tranquilidad, reflexión y tiempo.

Desde hace unas semanas está ya en las librerías, editada por “Debate”, la primera antología en español de los textos juveniles de Albert Camus; su título, “La noche de la verdad”. Son artículos que Camus publicó hace más de sesenta años en el periódico de la Resistencia “Combat”, del que fue redactor y editorialista; la intensa lucidez de estos artículos le hicieron emerger como lo que siempre fue: un líder comprometido intelectualmente ante acontecimientos como las deportaciones, la liberación, la justicia para los colaboracionistas, el regreso de los prisioneros de guerra, la escasez de alimentos, el papel de las instituciones internacionales en la posguerra, las injusticias coloniales, la situación de la prensa y un empeño decidido por introducir la moralidad en la política. Por su ateísmo fue rechazado y denostado por grandes sectores religiosos, pero su compromiso intelectual, moral y político ha sido y sigue siendo una lección para aquellos que dicen que aman al hombre porque ven a Dios en él, mientras que Camus sólo veía “al hombre en el hombre”, defendiendo siempre una posición de izquierdas, abogando por una justicia digna para resarcir a tantos inocentes damnificados por la traición a los valores franceses democráticos y republicanos. ¡Qué paradoja de intensa lucidez y de humanismo!

Si Camus vivió para elevarse como la conciencia de un mundo coherente y utópico, reflexionando sobre la construcción de un futuro desde las ruinas de aquel presente en el que los nazis mantenían el exterminio en los campos de la muerte, hoy otros estamos reflexionando sobre nuestro presente, no en “La noche de la verdad”, como titula sus escritos, sino en “los tiempos de la mentira”.

Cuanto más y mejor conozcamos cómo es y cómo estamos viviendo nuestro presente, menos probable es que nos dejemos engañar y manipular y que, aquellos que pretenden tergiversarlo o disfrazarlo, “dormirnos con cuentos”, lo puedan hacer

Cuanto más y mejor conozcamos cómo es y cómo estamos viviendo nuestro presente, menos probable es que nos dejemos engañar y manipular y que, aquellos que pretenden tergiversarlo o disfrazarlo, “dormirnos con cuentos”, lo puedan hacer. Los políticos narcisistas, que como el virus abundan y se multiplican, como el hada del cuento de la “cenicienta” y su varita mágica, quieren mecernos con cuentos, pretendiendo que los ratones sean caballos, las calabazas carrozas y que sus desnortados programas se ajusten al cuento de su realidad y, además, les bailemos al son que nos marcan. Si Trump fue un ejemplo fallido para muchos norteamericanos, la “estúpida y permanente oposición al gobierno Sánchez” de la señora Ayuso lo está siendo para los madrileños. No se puede reescribir la historia a conveniencia. Hay personas que se consideran inteligentes sin haber dado muestra alguna de serlo. Un político decente siempre tiene la obligación moral de preguntarse cuáles son sus responsabilidades y las consecuencias de sus acciones. Qué razón tenía Manuel Azaña cuando dijo: “No me importa que un político no sepa hablar, lo que me preocupa es que, cuando habla, no sepa de lo que habla”. La señora Ayuso es el ejemplo de lo que expresa Azaña; es el paradigma de la imbecilidad, y empleo este término en su etimología latina y significado psicológico: “debilidad mental”. Una persona inteligente y demócrata es aquella con suficiente honestidad para admitir que cuando la mayoría de los ciudadanos, no sólo madrileños, sino de todo el país, la consideran “ida”, es que pueden tener razón. Sólo aquellos que en el partido popular defienden su gestión es porque al defenderla, están defendiendo su puesto, su cargo, su sillón. De ser objetivos, sentirían vergüenza del ridículo político y la zafiedad permanente de esta señora. Ya lo dijo Tarradellas: “en política se puede hacer de todo, menos el ridículo”. La estupidez en la gestión social y política no está haciendo más que aumentar; se está convirtiendo en una metástasis al punto de que, hoy, el más imbécil de la lista, puede llegar a ser vicepresidente o presidenta de una comunidad. Tal vez, pensando en los que gobiernan Madrid, Groucho Marx, el cómico, sentenció certeramente: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”.

Durante muchos años, hemos permanecido ciegos a la verdad, porque no veíamos lo que teníamos justo delante de nosotros. Nos hemos dejado distraer por nuestros problemas, por nuestras preocupaciones cotidianas, por los vaivenes de los tiempos y sus acontecimientos, sin percatarnos de que hemos ido permitiendo con nuestros votos que accedan al poder políticos con manifiesta incapacidad para gestionar con sensatez e inteligencia los problemas que van surgiendo en la cotidianidad de la vida. Si no es cierto ese aforismo de que cualquier tiempo pasado fue mejor, en “estos tiempos de la mentira”, sí que podemos decir que en el pasado tuvimos políticos mejores. Los partidos solo están sirviendo para dividir a la gente y bien sabemos que la desafección política desincentiva la participación y la desconfianza ciudadana por la política y, como consecuencia, por la propia democracia.

Del mismo modo que con las palabras hay que hacer relatos razonables y creíbles, también las imágenes que estamos viendo en el parlamento, repetidas desde diversos ángulos, deben ser razonablemente analizadas; y lo que vemos produce vergüenza. Constituye la prueba clara y visual del desprestigio de la política, incluso, de la democracia. Las sesiones parlamentarias que vemos de continuo están impregnadas de imágenes, en lo que muestran y significan, para guardar como hemeroteca histórica de la débil salud y decadencia de nuestra democracia. En estos últimos años, no pocos investigadores de todas partes del mundo están escribiendo acerca de una preocupación latente pero muy extendida: la crisis de las instituciones democráticas y el propio futuro de la misma democracia. ¿Cuáles son los signos y avisos en los que se apoyan?: la falta de interés por la política, las crecientes dudas sobre si la democracia es ya el mejor sistema de gobierno, la pérdida de la confianza en sus instituciones, el desprestigio de los partidos políticos y de los propios políticos. Todo ello es un reflejo de la desilusión e insatisfacción política de los ciudadanos.

A finales de 2018 se tradujo al español un libro de los autores Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, politólogos de la Universidad de Harvard. Su título: “Cómo mueren las democracias”; la idea central de su exposición es que las democracias funcionan siempre que se apoyen en dos normas: la tolerancia mutua y la contención institucional. A lo largo de los capítulos que componen la obra, sus autores construyen y proponen una matriz con cuatro indicadores clave de aquellos comportamientos autoritarios que debilitan las democracias:

• El rechazo o la débil aceptación de las reglas democráticas;

• Negar la legitimidad de los adversarios políticos;

• La intolerancia, el fomento de la violencia y el odio;

• La predisposición a restringir las libertades civiles de la oposición, incluidos los medios de comunicación.

Estas claves son indicadores claros que de que, al evaluar la gestión política de algunos de los políticos actuales, muchos de ellos cumplen uno o más de estos indicadores. En su libro, los autores concluían con razón que en Donald Trump se cumplían todos. Si tuviéramos que analizar nuestra actual democracia y a los políticos que nos representan en los parlamentos nacional y autonómicos, ¿a cuántos de ellos podríamos salvar? Sería clarificador realizar el test y poner notas y nombres.  Como sostienen Levitsky y Ziblatt en sus reflexiones, hoy en día las democracias no mueren por golpes de Estado. Su debilitamiento comienza en las urnas, se fortalece con la descalificación de los oponentes y alcanza su punto más álgido cuando los partidos y las instituciones están ocupados y gestionados por aquellos que en lugar de proteger y salvaguardar los intereses de los votantes, de la ciudadanía, toda su estrategia y preocupación es mantenerse en el poder. Ante estos patrones de comportamiento, cuando se observan casos en los que una democracia entra en una senda de deterioro casi irreversible, las preguntas son obligadas y obvias: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?; ¿qué podemos hacer para evitarlo?; ¿qué sucedería con un presidente o presidenta sin autocontrol, sin inteligencia política, sin capacidad de analizar sensatamente la realidad y de actuar irresponsablemente sin medir las consecuencias de su mala gestión?; ¿cómo se puede tolerar a un presidente o presidenta que cuestiona o desprecia la función de los medios de comunicación?; ¿se debe soportar a un presidente o presidenta o a un líder o lideresa de partidos políticos que minimizan o insultan a sus oponentes, calificándolos de adversarios o enemigos?, ¿se puede consentir que haya políticos que utilicen la justicia y las instituciones públicas para investigar y castigar a sus adversarios políticos, proteger a sus colaboradores, o utilizar el poder del Estado para su medro personal? Se hace evidente que sin ética democrática no hay liderazgo político, pues la ética democrática es el corazón y la justificación del buen político.

El historiador de la ciencia Michael Shermer solía decir que “el viaje a la desafección y al desapego se hace en pasos pequeños y no en grandes saltos”. Lo estamos percibiendo los españoles al mostrar un nivel creciente de desafección institucional, un cierto alejamiento o desapego respecto a los partidos y a los políticos; esto no significa necesariamente desinterés o desapego hacia la política. Al contrario, no son pocos los españoles desafectos con las instituciones y los políticos, pero competentes desde su criterio político; es el modelo del “ciudadano crítico” que cuestiona las instituciones, en especial, los partidos, a los que fácilmente califica de corruptos, pero exige y demanda más democracia, apoyando y exigiendo los principios democráticos, es decir: más democracia. Es lo que decía William Gamson “La apatía y el desapego que muchos ciudadanos manifiestan no es a la propia democracia política sino a los que la representan”. La desafección política es un concepto tan crecientemente utilizado como diversamente definido. ¿Cuáles son los síntomas de este distanciamiento? El desinterés, la crítica y disconformidad con su gestión, el cinismo que se percibe en ellos, la frecuente corrupción moral política y económica, el amiguismo, la desconfianza, el incumplimiento de lo prometido, el rechazo a la afiliación a partidos, la frustración que generan sus mentiras, la excesiva ambición que muestran siempre por conseguir el poder y su desvelo por mantenerse en él una vez conseguido, la envidia ante los aciertos del otro y el regocijo ante sus errores... Es preocupante que la gente joven nacida y crecida en la democracia pueda empezar a pensar que tal vez un régimen autoritario no sería despreciable. De ser así; si este pensamiento es creciente, sería una clara alarma de la decadencia y erosión democráticas; esta decadencia y retroceso empieza cuando se empieza por abandonar las urnas, cuando a los ciudadanos no les importa el no ir a votar; cuando ante la corrupción, las mentiras y los escándalos políticos hacen descender el termómetro del interés por el voto.

Contemplar la sesión de control al gobierno del pasado miércoles es el claro ejemplo de lo que es la banalización de la política y, como consecuencia, la desafección ciudadana por ella

Contemplar la sesión de control al gobierno del pasado miércoles, 3 de febrero, es el claro ejemplo de lo que es la banalización de la política y, como consecuencia, la desafección ciudadana por ella. La banalización hace que se instrumentalice todo el aparato estatal: las instituciones democráticas pierden ese horizonte social y ético que las hace grandes cuando los ciudadanos ven cómo son ocupadas por políticos mediocres que gobiernan desde la prepotencia, y el abuso de su autoridad como caciques para sus cortesanos y sus intereses. Los políticos banales son la muestra de que cuando hablan de “la patria”, la patria en realidad es sólo su partido, su ideología y sus intereses. Los buenos políticos, en cambio, son ciudadanos honestos, transparentes, colaboradores y responsables, que apuntalan con su gestión un país digno, solidario, viable y vivible, sin paternalismos, respetando y consolidando en los ciudadanos sus derechos y aportando a la ciudadanía la garantía de un equilibrio real en su vida social, porque ponen en su gestión lo mejor de ellos mismos. De modo continuo muestran en sus intervenciones opuestas y diferentes maneras de analizar y gestionar la realidad. Y la lógica consecuencia es la ruptura que manifestaron entre la ética y su gestión política: desaniman a los ciudadanos, hacen sentir hartazón y vergüenza por sus cuitas personales, debilitan las instituciones y banalizan la política y la propia democracia. Escuchando y viendo a la mayoría de nuestros políticos en el Parlamento o el Senado, o en las Asambleas de las diferentes Comunidades, qué razón tenía Sófocles cuando dijo: “Lleva mucho tiempo llegar a conocer al hombre justo, pero al perverso se le puede conocer en sólo un día”.

Para ello el liderazgo democrático ha de ser calidad, lo que supone la asunción de los valores democráticos declarados en las constituciones y cartas de derechos humanos, la vinculación con una ética pública, el uso de la racionalidad en el debate político y la aplicación de estrategias adecuadas, donde haya equilibrio entre los fines colectivos deseados y los medios, el respeto a los procedimientos establecidos, la responsabilidad y eficacia en la aplicación de las políticas públicas, etc. Sin duda, todo ello requiere tener algún tipo de legitimidad derivada de una vocación política anterior. Un liderazgo de calidad imposibilita los efectos corruptores que facilitan las prebendas y la seducción del poder; de ahí la necesidad de que los líderes políticos posean claros sus valores y una ética a toda prueba. Como decía Weber, cuando en un líder político aparecen la soberbia, la vanidad y las posibilidades de mando que facilita el poder, el político pierde su armadura ética, desvirtúa el objetivo para el que ha sido elegido y la visión objetiva de sus errores. Ya lo advirtió Juvenal: “Nadie se hace perverso y corrupto súbitamente”.

Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, escribió en “El Federalista”, una interesante recopilación de artículos periodísticos en los que defendía la ratificación de la Constitución federal de los EEUU: “la historia nos enseña que casi todos los hombres que han derrocado las libertades de las repúblicas empezaron su carrera cortejando servilmente al pueblo, se iniciaron como demagogos y acabaron en tiranos”. De ahí que sea importante recordar a los buenos políticos que muchas veces, para salvar la democracia y evitar el ascenso de candidatos autoritarios, corruptos e indignos, hay que saber renunciar al éxito del propio partido político; pero esa generosidad, qué pocos políticos están dispuestos a practicarla.

Hace pocos días, ese filósofo de la viñeta inteligente que es El Roto, dibujaba en “El País” un grupo de políticos que decían: “Dadnos vuestros votos y nosotros crearemos nuestros privilegios”. Hagamos caso a León Felipe: no nos creamos sus cuentos; no caigamos en sus trampas. No permitamos que conviertan la política en “un estercolero moral”.

“La cuna del hombre la mecen con cuentos”