domingo 16/5/21

Sueño

playa Foto Yolanda Arias
Foto de Yolanda Arias

Uno de los efectos de estar sometidos a la tensión generada por la pandemia de la covid-19 es cierta sensación, de forma simultánea, de irrealidad y de preocupación cavernosa y resonante. Me parece, por lo que hablo con familia y amigos, que es algo compartido; tal vez se deba a la dimensión del problema, a los tímidos atisbos de una solución que vemos lejana, a esa impresión de vivir en un espacio sitiado en que se va cerrando el cerco.

Me pasa, como a tantos, que este 2020 ya se parece mucho a la ficción agorera que nos encanta devorar desde el sofá, solo que en esta ocasión el acuerdo tácito de suspender el juicio para entrar en el juego ya no es necesario. Nos gustaría poder desconectar. Y no lo logramos.

Se habla mucho de la hiperconexión del teletrabajo –que ya era una realidad para todos aquellos trabajadores cuyas obligaciones iban más allá del espacio físico y temporal de la empresa, en forma de teléfono siempre encendido, bien fuera a través de un sistema de guardias o no-; yo misma escribo esto en un camping relativamente solitario en un entorno igual de despoblado y a horas intempestivas. También se reflexiona desde hace tiempo sobre nuestra dependencia de la conexión a estímulos cada vez más menos duraderos, pero constantemente hilvanados con otros que les suceden. Son realidades que nos sacan de nosotros mismos y nos dificultan enormemente la concentración, la reflexión y por lo tanto generan más reacciones que respuestas. El miedo es un estímulo similar: nos conecta con el entorno para generar una reacción al peligro, necesaria para sobrevivir ante alertas puntuales. Sin embargo, tengo la sensación de que el miedo sostenido en el tiempo desorienta, aturde y desconcierta generando un efecto similar de hiperconexión con un exterior que no para de cebar el mecanismo.

Tal vez por eso un día como hoy la coincidencia en un diario de un nuevo brote, una cumbre europea (que debe de ser muy alta porque, a la vista de los resultados de las reuniones, lo que parece cinismo en algunos de sus integrantes tal vez sea hipoxia) y la detención de un monaguillo de la catedral de Nantes resulta un poco como de circo de tres pistas venido a menos. Una mezcla entre chocante e histriónica, pero también recibida con cierta desafección.

Es una situación extraña la de vivir en el corto plazo. Para quienes, como yo, el mecanismo psicológico de rescate ante situaciones de estrés es el control, resulta difícil no verse afectados poco a poco por una angustia sorda y líquida, que va inundando la conciencia sin ser notada hasta dar señales físicas, como los problemas de sueño o la falta de aire al respirar.  No obstante también es un aprendizaje necesario; enfocarse en el presente y disfrutarlo, no por desinterés en el futuro, sino para apreciar el ritmo de la vida que transitamos en lugar de anhelar siempre metas lejanas.

Pienso, ahora más profundamente y sin obviar las diferencias de escala, en la situación de refugiados, supervivientes en zonas de guerra, migrantes en camino y me parece aterradora y salvífica por igual la certeza de que el ser humano se hace a todo. No sin secuelas; no sin consecuencias.

Un cuento fantástico (en cuanto al género además de la calidad literaria) del escritor, crítico literario y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, David Roas, nos muestra una Alicia aún al otro lado del espejo, velando el sueño del rey rojo. El orgullo, la diversión y a veces la ligereza del transcurso de sus aventuras han ido paulatinamente dejando lugar a un estado de vigilancia y alerta permanentes, pues teme ser el sueño del rey y desaparecer si este despierta. No es capaz de distinguir la realidad. Desde mucho antes de Calderón a Ex Machina o ficciones más recientes, los seres humanos nos preguntamos dónde nace la conciencia de nosotros mismos y del mundo y nos distanciamos a veces de ambas. Me pregunto cuánto dura este proceso hasta asumir un grado nuevo de incertidumbre y temor, e integrarlo en la cotidianidad de nuestras vidas. Me pregunto si eso es un camino que puede culminarse alguna vez cuando la solución no llega de fuera o cuando, simplemente, no hay solución. Mientras, intento no ser Alicia y dormir donde y cuando puedo. Mirar horizonte mientras sea posible. Dar achuchones y besos en casa. Pisar la arena de la playa semi vacía y participar del juego infantil de saltar en los charcos y sortear los regueros de agua que trenzan el suelo en su regreso al mar. Con prudencia pero con intensidad.

Sueño