sábado 8/5/21

La miopía y el fondo de armario

mujer

Hace unos días alguien preguntaba en Twitter sobre el recuerdo de las últimas experiencias de vida normal antes de esta situación que ha cambiado tanto nuestros hábitos y, en concreto, en la semana o los días previos al confinamiento.

Recuerdo cuatro eventos a los que asistí en esos días y recuerdo nítidamente cómo me sentía, cuáles eran mis preocupaciones y también la curiosidad, el asombro, la alegría. Estuve en un concierto de unos amigos, The Sound Seekers, en la manifestación del #8M, en dos presentaciones de libros, en Cervantes y Compañía, una librería en el barrio de Malasaña en Madrid. Tras la primera presentación me fui con el escritor y mi editora a varios locales de la zona y perdí las gafas de lejos. Uso gafas de lejos para la miopía desde la adolescencia y, aunque al principio tuve que llevarlas todo el tiempo, pasados dos o tres años quedó claro que sólo las necesitaba para ver bien la pizarra, para ir al cine y ahora, para conducir de noche. Ahora que me acerco a la presbicia la miopía se reduce, las distancias se alargan en mi campo de visión. Me parece una interesante metáfora haber perdido mis gafas de ver de lejos justo antes de la pandemia que nos mantiene tan recluidos: ya no necesito con la frecuencia de antes mirar lejos; tampoco puedo planificar a largo plazo, que es otra forma de mirar lejos. La vida además no para de abofetearme en este sentido y, cuando empiezo a pensar en el futuro, se obceca en devolverme al hoy, la inmediatez y el cortoplacismo, de forma ineludible y dolorosa.

Me doy cuenta de que esta lectura a toro pasado de un hecho trivial puede ser lúcida o siniestra; casi me parece ahora que era un aviso, pero la parte racional de mi cerebro trata de convencer a la que está emocionalmente cansada de que eso es una tontería y que leer hacia atrás siempre es una trampa, que vemos patrones donde sólo hay caos o azar…, y, sin embargo, mi parte más apegada a las vísceras, esa que te avisa de los peligros, esa donde se entrañan el amor y el odio, se resiste. Las dos son inteligentes, cada una a su manera. Qué difícil encontrar el equilibrio, sobre todo ahora, todo el día haciendo malabares entre la practicidad y el sueño, entre la incertidumbre y la cordura.

Qué poderosa es nuestra psicología, tan empeñada en mirar a larga distancia, incluso ahora, sin las gafas y con las expectativas en suspenso

Los días antes del encierro necesario fueron para mí trepidantes, todo combinado con el trabajo, mi pareja, mis padres, mi hijo. Tenía la sensación de ir sumando sobre la marcha, de la vida que se impone -aunque se disfrute-, del tiempo insuficiente. Tenía la impresión de que era casi imposible planificar, pero planificaba. Recorría las carreteras interminables de camino a casa con mis gafas de lejos, pensando en los días por venir, tratando de definir un camino, al menos tratando de aventurarlo. Qué poderosa es nuestra psicología, tan empeñada en mirar a larga distancia, incluso ahora, sin las gafas y con las expectativas en suspenso. Entonces me sentía volátil -la música al volante o las conversaciones con el peque me transportaban, en ese estado de felicidad inquieta y burbujeante de la prisa compitiendo con el horizonte inabarcable- pero precisa. Ahora me siento imprecisa pero pesada, presente de forma insidiosa a veces; con una realidad que no me deja evadirme ni cinco minutos y miope perdida. De las dos maneras de estar aquí y ahora, una alienante y otra serena, intento estar en la segunda y la practico, pero también me pierdo frecuentemente en la primera. Casi todo el trabajo que hago, entre medias de lo urgente, de lo impuesto, es de fondo de armario, como esos vaqueros o ese vestido de corte atemporal que no pasa nunca de moda y que sirve para casi todo.

En este estado, un accidente -para otros la enfermedad cercana, de repente- es otra tensión entre estar fuera de una misma, con el centro en otra persona y sus necesidades, físicas y psicológicas, y esa cuota debida al desarrollo y el desempeño personal, y a la cordura.

El miedo duele. Hay cosas que nadie te cuenta, como que el miedo duele en las cuencas de los ojos y en los dientes. Las articulaciones se vuelven quebradizas. La piel se opaca. Te dan un abrazo y rompes a llorar porque cada abrazo es un nido y en ese espacio es posible derrumbarse, aunque sea por unos minutos. Luego, hay que seguir, cierras las esclusas, compartimentas, dejas para más adelante lo que deberás resolver antes o después para que no sea un quiste. Limpias la sangre o desinfectas la ropa y la casa, según el caso. Las tareas cotidianas son necesarias pero no te importan y tú quieres dormir, como si no te anidara una araña en el pecho abierto en canal, pero no puedes.

Los demás -afortunadamente contamos una red de apoyo y cariño extensa, eficaz, atenta- pululan atareados, resuelven burocracias sin límite y con trampas, se alían para sacarte de casa porque a veces estar así produce un efecto túnel en que por un lado te refugias para disfrutar de lo que inesperadamente conservas, la vida del otro; y por otro lado te centras tanto en las necesidades más inmediatas -asear, vestir, peinar, charlar, aligerar sus pensamientos, combatir los miedos; hilvanar la ternura y recoserla para que abrigue, como esas colchas de almazuela, rescatando los trocitos de día y las cosas que nos gustan y que podemos compartir, y componiendo con ellos una pieza que sea más que la suma de las partes- que cuando te das cuenta ha pasado una semana y apenas has salido a la farmacia y la compra y no sabes ni de qué color está el cielo. Sin ayuda las semanas se sucederían, los días casi iguales a sí mismos.

Cuidar y amar y estar cansada, y cuidar porque se ama aunque se esté cansada.

Me pregunto cómo combatir esa miopía, pero tal vez no toca. O tal vez ese trabajo de fondo, seguir estudiando y escribiendo y pintando a ratos si es posible; y, más importante aún, aprovechar el tiempo aparentemente en suspenso para profundizar y reforzar el amor, de pareja, materno, filial, con los amigos y amigas que se atarean por ti cuando tú no puedes o no sabes, tal vez eso finalmente ayude a usar, cuando se pueda mirar de lejos otra vez y mientras admiramos lo que tenemos delante, una la lente más afinada.

La miopía y el fondo de armario