domingo 16/5/21

Leve

levedad

Encargué Claroscuro, de Nella Larsen, en una librería de Madrid (Taiga, maravillosas la librería y la librera; qué belleza y alegría -aplíquense indistintamente al carácter de ambas-) a través de esa iniciativa tan interesante de Cegal que es www.todostuslibros.com y que permite encontrar, encargar y comprar libros a lo largo del territorio español, en las librerías; aunando la comodidad de Internet con el cuidado a esas empresas pequeñas que tanto tejido cultural promueven a través de talleres, presentaciones, cuenta cuentos, y cuyas recomendaciones son mucho mejores que una sinopsis de dos líneas. Encargué ese y al final pasó lo de siempre, que me llevé dos para el peque y también La levedad, de Catherine Meurisse en Impedimenta.

La levedad era el colofón perfecto a estas ya dos semanas de trabajo en la escuela, el ajetreo, la irrealidad tan tangible y gravitacional de la nueva normalidad, y el guión de Berlanga -no por magistral sino por inesperado y tragicómico- de la situación de profesores (y otros profesionales) en cuarentena pero sin baja laboral y el horizonte de sucesos de una atención primaria en que el tiempo se dilata o comprime sin una lógica fácilmente discernible, debido a la falta de personal, lo que dificulta enormemente la gestión de esas situaciones laborales. Detrás de cada “situación” hay un ser humano con una vida que a un tiempo sigue y se encuentra en suspenso de forma simultánea, a veces con el miedo y la inseguridad que genera la incertidumbre. Detrás de cada centro de salud de atención primaria hay personas al borde del agotamiento físico y psicológico que no necesitan más aplausos sino más medios: trabajadores y material. 

En cambio, parece que se abre de nuevo Ifema como hospital, que en Madrid se va o no a confinar por barrios o distritos, que ya se están cerrando aulas en muchos centros escolares, que muchos coordinadores Covid denuncian que el teléfono de atención para notificaciones de casos positivos está colapsado y pasan días sin recibir instrucciones específicas.

Meurisse cuenta en su novela gráfica (yo siempre dije “tebeo”, luego “cómic” cuando leía cosas extranjeras y, cuanto más gordo el tomo, más comprendía el término “novela gráfica”, aunque sea un criterio literario bastante chapucero; no se me echen encima los puristas de la viñeta, por favor, es que en La levedad viene así) que aquel fatídico 7 de enero en que no había podido dormir y el despertador falló y perdió el autobús, el estrés del secuestro y los disparos en ráfagas, tan cerca en su corazón y tan, bueno, no tan lejos en el espacio le produjeron una disociación psicológica que su mente puso en marcha para protegerla. El cerebro es sorprendente y magnífico. Meurisse era dibujante y había olvidado dibujar, era amiga y había olvidado las palabras de los amigos muertos, era… 

Es un proceso que se da en situaciones traumáticas de mucha intensidad o sostenidas en el tiempo. La muerte de alguien amado, como cuenta Joan Didion en El año del pensamiento mágico; o una enfermedad severa y a veces crónica (de ese cuerpo como enemigo, otro que no eres tú y al que miras doler intentando que venzan el desapego y el hastío a la angustia, tengo experiencia en propia carne). 

De Meurisse me encanta la exploración sin juicios, verbalizando el miedo a los recovecos y a las emociones abiertas por igual, mientras cartografía ambas, entendiendo que es un ejercicio de asimilación, pero no de resignación. También la manera de estructurar las secuencias, y las páginas de acuarela silentes y colmadas de una emoción que sigue el curso del pigmento en el agua, expandiéndose y fundiendo unos colores con otros. Se titula La levedad, pero a cada rato yo no paraba de pensar en La delicadeza (película francesa basada en novela homónima). Todo con mucho humor. Todo impresiona, pero esa resiliencia de quien ha hecho semejante viaje y no para de reírse es maravillosa; difícil pero sanadora. El humor negro es lo que tiene.

Cada una tiene sus estrategias. A veces una va buscando un síndrome de Stendhal para epatar y lograr la reunificación de su mente y su cuerpo, a veces la amiga de Meurisse tiene razón y lo más valioso son la amistad y la cultura; ambas nos ayudan a entender quiénes somos y también son belleza.

Un día especialmente aciago, en un periodo de mi vida especialmente aciago y lleno de miedo, mi compañero en la vida me ayudó a incorporarme en la cama, me ayudó a llegar al baño, a meterme en la bañera y salir, a vestirme, a salir de casa y me dejó sentada en la silla de mi oficina. Durante todo el doloroso proceso me hizo reír tanto que es uno de los recuerdos más hermosos que tengo; nos acordamos de las muñecas de Famosa, las de Barbarella, los movimientos sincopados de las actrices y actores del cine mudo, que tanto se asimilaban a la rigidez de mi cuerpo. La belleza, el amor, la cultura. 

Cuando una está agobiada, preocupada, dolida, el cuerpo pesa y se encabrita. A veces es más fácil la rabia que acompañar al cuerpo en ese proceso. Esta situación actual ya cansa. 

Hoy he escuchado declaraciones del equipo (por llamarlo de alguna manera, vista la coordinación que se gastan) de gobierno de la CAM sobre la responsabilidad individual y tienen razón. Lo que pasa es que su responsabilidad política de gestión pública está siendo tan decepcionante y tan peligrosa que resulta complicado recuperar esa sensación de ingravidez que aporta la seguridad. Es siempre una seguridad entrampada en la fuerza psicológica de no sentirnos finitos, es verdad; y nada debería en la vida darse por sentado, también es verdad. Al mismo tiempo, un Estado como el nuestro, que se supone que se asienta en la garantía de derechos fundamentales, la gestión de algunos de los cuales están transferida a las Autonomías, debería dejar de aleccionar a los ciudadanos con ese tono de moralina y regañina ofendida mientras haga tan deficientemente su trabajo. A cada uno lo suyo, para que salgamos de esta entre todos. 

Yo también aspiro a sentirme leve. A ratos, ya lo consigo; como a Meurisse (en otra escala), la belleza (el amor, la amistad, la cultura) no me resuelve la papeleta, pero me salva.

Leve