miércoles 14/4/21

El milagro de la carne

Para quienes practican la religión católica, abstenerse de consumir carne vacuna durante Semana Santa representa un acompañamiento al sacrificio de Jesús por su crucifixión. La carne roja se asocia a los banquetes, las celebraciones y los festines. Y la carne, en general, al cuerpo de Cristo en la cruz. En algunas regiones del mundo los católicos reemplazan la carne roja por carnes blancas; sin embargo los más férreos defensores de la tradición cristiana se abstienen de cualquier tipo de carnes y productos derivados de animales.

En Argentina el catolicismo fue, durante el período colonial, la única religión permitida por los conquistadores que -según relatan sólo algunos libros de historia- celebraban grandes festines y banquetes mientras masacraban a seguidores de deidades autóctonas, adoradas durante los siglos previos a la colonización. Con  el correr de los años la religión católica se afianzó en el país; tanto que en 2015 Argentina logró ubicarse – según  estadísticas del propio Vaticano- décima en el ranking de más católicos en el mundo. 

La Semana Santa en Argentina representó siempre una muestra cabal de entrega y devoción. Si bien lejos están las procesiones de asemejarse a las que desparraman pasión por las callejuelas de Andalucía, los católicos argentinos se esmeran por respetar a rajatabla el dogma cristiano, absteniéndose durante Pascuas de consumir la afamada carne vacuna que con desmedido orgullo el país sudamericano exporta al mundo entero. Medir la “pasión argentina” fue siempre tarea de los medios de comunicación que estiman, a fuerza de estadísticas, la baja de consumo de dicho producto durante esta celebración cristiana.

Sin embargo a lo largo de los últimos cinco años la estrella de la mesa argentina fue convirtiéndose paulatinamente en un artículo de lujo que sólo la clase pudiente continuó brindándose. La clase media argentina -católica, agnóstica y atea- inició así una suerte de interminable Semana Santa como consecuencia de una inflación galopante que impactó en el precio de los productos básicos.

Privarse de la carne dejó de ser una cuestión de fe para transformarse en un asunto de bolsillo. Al tradicional “asadito” que reunía a la familia alrededor de la mesa lo disfrutan hoy unos pocos privilegiados. La clase trabajadora debió modificar la dieta obligatoriamente. Durante el gobierno de Mauricio Macri -aquel que en campaña aseguraba que “la inflación era la demostración de la incapacidad para gobernar”- el precio de la carne subió 185 %; así lo refleja el informe de la Cámara de la Industria y Comercio de la Carne (CICCRA).

En el país de las vacas comer carne es un lujo que solo está al alcance de unos pocos. De modo que -tal como reza el cartel de la imagen que ilustra esta nota- disfrutar de tan exquisito plato no sería ya un pecado, sino un verdadero milagro.

El milagro de la carne