lunes 17/5/21

Algo pasa en el Sáhara

campamento saharaui
Campamento saharaui. (Imagen de archivo)

Por Gerardo Macías | Las guerras modernas parecen enfocarse más desde el punto de vista económico y diplomático que desde el meramente militar. Así, el ya expresidente Donald Trump, terminó su andadura en la Casa Blanca sin iniciar una guerra militar, algo que no ocurría desde que Jimmy Carter dejara la presidencia el 20 de enero de 1981. Sin embargo, sí que aumentó la tensión internacional, iniciando lo que muchos consideran una guerra económica con China con los aranceles como seña de identidad. Este tipo de conflictos se realizan con acciones sutiles, desde luego mucho menos visibles que un bombardeo en una ciudad determinada. Quizás el mundo no pueda permitirse ya destrucciones masivas, y menos con los avances tecnológicos que ha realizado la industria militar desde la última gran guerra, pues como recoge la cita atribuida a Albert Einstein, “no sé con qué armas se combatirá la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras”.

La situación del Sáhara Occidental no ha hecho más que complicarse desde que en 1975, con el dictador Francisco Franco ya moribundo, España descolonizase el territorio, dejándolo en manos de Marruecos y Mauritania, mediante el Acuerdo Tripartito de Madrid tras la Marcha verde. El respeto a la voluntad del pueblo saharaui mencionada en dicho acuerdo fue papel mojado, y desde entonces, y para vergüenza internacional, las resoluciones de la ONU a este respecto se han repetido, sin que ello haya servido de algo. Sin embargo, en los últimos días varios movimientos hacen pensar que la situación geopolítica mundial, y más concretamente en lo que respecta al Sáhara Occidental en particular, puede sufrir sensibles cambios. En primer lugar, el ascenso a la presidencia de Joe Biden en Estados Unidos puede suponer un giro en la postura del país tras un Donald Trump que se apresuró, antes del final de su primer, y único mandato, en tender la mano a Marruecos en sus pretensiones por quedarse definitivamente con el territorio saharaui al reconocer su soberanía sobre el mismo. En segundo lugar, los últimos movimientos del ejército saharaui, aumentando la tensión en la zona y con las posibles implicaciones de terceros estados que pudiesen darse.

Recordemos que el Sáhara Occidental ha tenido una importancia fundamental desde el punto de vista económico debido a sus minas de fosfatos, esenciales para el cultivo, así como los bancos pesqueros, y todo apunta a que esa importancia no va a hacer más que crecer tras el descubrimiento del yacimiento de Telurio en el monte submarino Tropic, lo cual se relaciona con la extensión del espacio marítimo de Marruecos en los últimos años.

Tampoco podemos obviar en este asunto a España, que ante la ONU sigue siendo, al menos legalmente, la potencia administradora del Sáhara, aunque no lo sea de facto. Irónicamente, España, actualmente debilitada y con un escaso protagonismo en el ámbito de la política internacional, puede ser clave en el asunto del Sáhara Occidental. Es por ello que recientemente Marruecos ha mostrado un interés creciente en que España siga los pasos de Estados Unidos, reconociendo la soberanía marroquí sobre el Sáhara, y los más atrevidos aluden al aumento de la presión migratoria sobre el archipiélago canario como moneda de cambio a ello, lo cual no sería descabellado, pues episodios similares han ocurrido con anterioridad en lo que se refiere a las fronteras en Ceuta y Melilla.

Así, la posición de España es harto complicada, al tener que debatirse entre su responsabilidad histórica, su posición como Estado de derecho que predica el respeto a los derechos humanos, y su representatividad internacional con Marruecos como aliado estratégico (no olvidemos que la costumbre de que la primera visita diplomática sea precisamente a nuestro vecino del sur). La postura de nuestro país desde 1975 ha sido tremendamente tibia, y en los últimos días las palabras de la ministra de Asuntos Exteriores, González Laya, no invitan al optimismo, al aludir al proceso en el marco de la ONU (que tan buenos resultados ha dado en estos más de 40 años, nótese la ironía).

En definitiva, esta guerra se mueve entre bambalinas y como decía Gila, alguien ha matado a alguien. Tendremos que estar atentos a los próximos acontecimientos, aunque, en todo caso, todo parece indicar que el futuro del Sáhara, y el de su población, no va a orbitar en torno a valores e ideales, pero sí lo hará en cifras económicas.

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