domingo 11/4/21

El virus que nos vuelve locos

coronavirus

El titulo del libro que voy a comentar es Este virus que nos vuelve locos, escrito por B. Henri-Lévy, filósofo francés-argelino.

Comentaré sus afirmaciones más paradójicas.

Las medidas excepcionales por el coronavirus son peligrosas”.

Ante afirmación tan contundente lo más higiénico es ponerla a remojo y preguntarse: “¿Son peligrosas? ¿Para quién?”. Veamos. Durante estos días, he conocido la historia de un ex presidente de gobierno llamado Rajoy Brey que no ha tenido ningún problema, ni le ha supuesto ningún peligro, degustar un almuerzo “gourmet” con amigos en el restaurante Aarde, al parecer de moda en Madrid, rodeado por medidas excepcionales establecidas por el Gobierno actual contra este tipo de establecimiento, y no parece que le hayan  afectado peligrosamente lo más mínimo. La degustación realizada lo fue con “máxima discreción”, faltaría más, y “altísima prudencia”.

La siguiente afirmación del filósofo se halla en el mismo nivel paradójico que la anterior.

“Una cosa es que el confinamiento fuese ineludible desde un punto de vista sanitario, y otra el regocijo ante esa reclusión impuesta que muchos han asumido de manera complaciente. Eso es una enorme indecencia y un insulto para los que no tenían dónde confinarse”.

Un comité científico, formado por médicos, secundado por virólogos y epidemiólogos, sabrá mucho más que cualquiera de nosotros, aunque sea filósofo y francés, y haya leído a Dioscórides Anazarbeo en su lengua original

Ya me excusará el pensador argelino-francés, pero diré que no he conocido a nadie que se haya regocijado por la imposición de esta reclusión impuesta. Ha ocurrido más bien lo contrario. Gran parte de quienes siguen las consignas de la derecha política de este país se han rebelado una y otra vez, de palabra y de obra, contra dicho confinamiento. Y, por supuesto, en ningún momento han pensado ni por activa ni por pasiva en aquella población indigente que no tiene donde caerse muerta por efecto de la pandemia.

Hay que ser retorcido de meninges para sostener que este regocijo por la reclusión impuesta a la gente, no solo le lleve a acostumbrarse a esta, sino que “termine gustándole, instalándose en las comodidades extrañas y perversas que el confinamiento a veces implica”. La verdad es que me gustaría conocer una persona que se sienta feliz y contenta en este confinamiento. Hay que ser bastante masoquista.

Por si fuera poco, Lévy establece un paralelo entre pandemia y terrorismo, que era lo último que nos quedaba por oír. Lo que, ¡oh, paradoja!, conlleva que a los gobiernos les cabe la obligación de luchar contra ella, “tomando medidas que amenazan las libertades”. Es decir, si en tiempos de terrorismo los gobiernos se saltaban a la torera constitucional las libertades fundamentales del ciudadano, ¿cómo no lo harán en tiempos en los que una pandemia se está llevando por delante a miles de personas? Argumentación que podría completarse con esta pregunta retórica: ¿cómo es posible que quienes antaño aplaudían la persecución del terrorismo, aunque ello suponía atentar contra las libertades del ciudadano, no lo apoyen ahora en tiempos de pandemia si, en realidad, se trata de la misma estrategia gubernamental?

En el mismo tono provocador, el francés se planteará: “¿Estamos seguros de que todo lo que se está decretando solo se mantendrá en vigor mientras dure la pandemia?”.

Porque, según dice, “hay muchos dictadores que vieron en la covid como una bendición”.    

Pero los dictadores -Lévy cita a Orban y Putin-, no necesitan de una pandemia para seguir ejerciendo el poder de modo totalitario. Actúan como tales con o sin virus pandémico. En cuanto a los decretos autoritarios dictados por el Gobierno en este tiempo de la covid no hay por qué temerlos aunque muchos los hayan calificado de temerarios y de ineficaces. Desde luego, no se mantendrán en vigor sine die, seguro que no, pero sí lo estarán de modo latente y, a la mínima, habrá toque de alarma. Haya Gobierno de derechas o de izquierdas. Es el resultado del pacto tácito de la ciudadanía con el Estado. “Yo te doy mi libertad y tú me das seguridad”. Una seguridad que siempre será cuestionada en cuanto conculque los más elementales derechos de la persona. Es decir, casi siempre.

Se equivoca Lévy al decir que ha habido una sumisión mundial ante el coronavirus. Más que sumisión, cabría hablar de impotencia ante un mal cuyo origen nadie conoce, excepto Trump y los chinos, claro.

Sí participo de su discurso contra los falsos profetas que anunciaban que, durante y después de la covid, volveremos a ser mejores, a preocuparnos únicamente de lo esencial -como si lo esencial no siguiera siendo lo mismo, comer, hacer aguas mayores y menores, dormir y hacer la picardía-, “recuperar la verdad interior” -ya me dirán cuál es-; en definitiva y, como dirían los informáticos, resetearse de arriba abajo y dejar nuestro cuerpo como un disco nuevo; y, finalmente, relacionarnos con el cosmos, con el hábitat y con los demás como jamás lo hubiésemos sospechado.

Al hablar de economía, sostendrá que su relación con el confinamiento ha sido una falacia. Seguro que sí. Pero no aporta ninguna medida para salir del derrumbe económico en que la covid ha precipitado, sobre todo, a las pequeñas y medianas empresas de cualquier ámbito. Me gustó ver al socialista Carmona en la televisión preguntando en un programa a los tertulianos que le acompañaban y que no paraban de quejarse de que el gobierno no había tomado las medidas económicas necesarias en este tiempo de pandemia, “y tú, si fueras presidente, ¿qué medidas tomarías?”. Se escurrieron todos como bayeta de cocina.

En cuanto a las medidas económicas que puedan tomar los gobiernos, convendría no ser tan ingenuos. Si en tiempos de normalidad solo miran hacia un lado, ¿cómo van a favorecer a los autónomos y a los parados erteanos en tiempos de pandemia si son los últimos monos de la cadena de la producción y de la plusvalía que se generan en tiempos de bonanza? Como era de esperar, los únicos que sobreviven bien, en crisis o en pestes, son los ricos. ¿Acaso han visto a  los presidentes de Endesa, de Iberdrola, de Mercadona, de Ferrovial, Inditex, pongo, por caso, quejarse de lo mal que les está yendo en este tiempo de pandemia?

Se habla de salvar la economía del país, pero ¿qué economía? ¿La de las grandes empresas? Para nada. La economía de este país la sostienen los trabajadores que sufren unas jornadas laborales horrorosas con unos salarios indignos. Salvar la economía significa apostar de una vez para siempre por la esfera pública, sanidad y educación, sobre todo, recuperar los fondos millonarios de los paraísos fiscales y de la economía sumergida.

Lévy también ridiculiza al “poder médico, al que se han sometido los Estados ante su desorientación por lo que estaba ocurriendo.”  

No tengo una opinión favorable hacia ese poder médico que domina la industria farmacológica mundial, pero ¿qué quiere Lévy que hicieran estos Estados, llamar a los chamanes y hechiceros de las Amazonas? Y otra cosa: ¿qué gobierno no se encontró desorientado ante las estadísticas de contagiados y de muertos? Lo lógico es que las industrias farmacológicas actuasen como siempre lo han hecho: “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Ahora bien, ¿qué empresa periodística se ha dedicado a investigar el comportamiento y la actuación de tales industrias farmacológicas?

Para terminar este recorrido, recordaré que Lévy sostendrá que “los médicos no siempre tienen más información que nosotros”.

¿Qué médicos? Si un médico es un cirujano-vascular u odóntologo, puede que ocurra como dice el filósofo, pero tampoco. Cualquier médico  -que haya hecho una carrera como manda la academia y no mediante uno o dos másteres-, y escucha  a virólogos y  epidemiólogos, terminará por ofrecernos un cuadro clínico mucho más ajustado a la realidad que lo que pueda hacerlo un filósofo. Y, por tanto, un comité científico, formado por médicos, secundado por virólogos y epidemiólogos, sabrá mucho más que cualquiera de nosotros, aunque sea filósofo y francés, y haya leído a Dioscórides Anazarbeo en su lengua original.

Por lo demás, nadie ha mostrado, y menos a la vista de la que está cayendo, una confianza ciega en ningún estamento, ni político ni médico, pero, desde luego, la poca o nula confianza que pueda cobijar la inteligencia emocional del ciudadano siempre estará mucho más cerca del científico-médico que del político, del chamán, del teólogo o del filósofo.

El virus que nos vuelve locos