domingo 11/4/21

Tribunal Superior de Justicia del País Vasco y la hostelería

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San Sebastián.

De la buena nueva que los filósofos de barbecho nos garantizaron sobre la pandemia, en el sentido de que nos convertiría a todos en padres capuchinos, hemos pasado a mirarnos los humanos con cara de perro hidrofóbico, a decirnos los buenos días a dos metros de distancia, a prescindir al máximo de cualquier contacto, no solo físico, sino meramente presencial. Gentes que van por una acera y en cuanto ven venir a  diez metros de distancia un prójimo de frente, saltan a la calzada para evitar por si las moscas el más tenue aerosol del hipotético contagiado. Porque aquí contagiados estamos todos, pero solo lo saben los demás.

Nos hemos convertido en un país de holografías ambulantes. Los parques de la ciudad parecen campos de concentración donde los ciudadanos caminamos pendientes de no tropezarnos con los demás que van como nosotros con los rostros emboscados en la mascarilla de rigor. Una imagen de película distópica.

Algunos, como el filósofo Sizek, aprovechando que la pandemia pasaba por allí, escribe un libro y, entre sus consejos, nos dice que pongamos en práctica el oráculo de Kant: "¡Obedece, pero piensa, mantén la libertad de pensamiento!". Y el hombre se queda tan feliz, pensando que de este modo ha dado con la piedra filosofal y el modo de relacionarnos con el Estado devorador. Lo que menos necesita el ser humano en estas circunstancias son frases de filósofos -por mucho que los amemos-, antiguos y modernos. Una mascarilla vale en estos momentos más que toda la filosofía de Hegel junta.

Sin embargo, la imagen de esa misantropía social en que algunos gustan describir nuestra geografía de relaciones, no es, precisamente, la que deparan las terrazas de los bares y algunos restaurantes de este país. Al menos no es lo que está sucediendo en Euskadi, toda vez que el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco ha sentenciado que la hostelería en modo alguno es la causa fundamental de los contagios, sino que “la familia” pasaría, por deducción, la culpable de haber creado dicho invernadero pandémico.

¿Argumentos? Ninguno de carácter jurídico. ¿Y científicos? Tampoco aparecen por ningún lado. A no ser que se acepte esta intervención como argumento de autoridad, es decir, porque sí, porque lo mando yo, que soy un Tribunal de Justicia, y, por tanto, digo y sentencio que el crecimiento de los contagios es fruto de las relaciones familiares”. Y como en el cuento de Alicia, primero dicto sentencio, y, luego, haremos el juicio.

Increíble, pero cierto. El Tribunal, sin basarse en ninguna evidencia científica, asegura en su sentencia que la familia produce ella sola, sin ayuda de ningún intermediario social, en torno al 80% de los contagios. Cágate lorito. Y que es la cantinela que venía sosteniendo, ¡qué casualidad!, un sector de la hostelería, la cual, el tribunal le exime de ser hasta la fecha la pagana en este asunto por culpa del Estado.

En cuanto a la supuesta “evidencia científica en la que se apoya el Tribunal, digamos que no hay ni tal evidencia; menos aún, de carácter científico. La sentencia se apoya en el runrún, en el rumor social en que “hay un sector importante de epidemiólogos” que mantienen ese tanto por ciento. ¿Qué epidemiólogos? Ubi sunt? ¿Alguien conoce un comunicado conjunto amparado por la OMS que certifique la veracidad de tal información? El Tribunal vasco olvida que, también, existe otro sector importante de epidemiólogos que dicen lo contrario: que la hostelería es un lugar muy querido por el virus para expandir su mala uva. Lamentablemente, y que se sepa, el club de los epidemiólogos no han dado hasta la fecha ningún criterio uniforme y homogéneo, ni acerca de su origen -gato, murciélago, visón-, ni de sus canales de su expansión.

Suena chocante que un Tribunal Superior de Justicia apele a criterios científicos, y no jurídicos, para dictar una sentencia. Y, para colmo, criterios científicos que, en ningún momento, responden al juicio homogéneo y uniforme de la comunidad científica. Que se sepa no existe ningún estudio científico que afirme que la familia genera el 80% de los contagios, del mismo modo que no existe ningún estudio científico que niegue que ese es el tanto por ciento que produce la hostelería.

En el colmo de las generalizaciones, este Tribunal Superior de Justicia no se anda con pelos en las encías y sostiene que “la apertura de la hostelería no constituye un elemento de riesgo cierto y grave para la salud pública”. Tan impresionante como lamentable. Pero ¿cómo se puede sostener que ese riesgo no es ni cierto ni grave para la salud de la sociedad? ¿Cómo lo saben sus señorías? ¿Lo han probado en propia osamenta?

Y, si ese riesgo solo fuera posible, aunque fuese en monadológicas cantidades, ¿se plantearía dicho Tribunal cerrar la hostelería o, al ser el riesgo posible en cantidades minúsculas, podríamos dejarlo pasar, porque, a fin de cuenta, se contagiarían, cuántos, dos, tres personas a lo sumo, es decir, una minucia?

Se nos ha predicado desde el principio de la pandemia que, no solo se desconoce el origen del virus, sino, también, su transmisión, y va este tribunal y sentencia que dicha transmisión no va con la nueva apertura de la hostelería.

Pero, ¿cómo sabe este Tribunal Superior de Justicia que una persona se ha contagiado en casa, en el bar, en el gimnasio o en misa doce? Si lo supiera, sus miembros deberían dejar la judicatura y sustituir al ministro de sanidad de este país y a su escudero, Simón.  

La única verdad verdadera en esta historia es que los contagios se producen con ocasión de los diversos, variados y plurales contactos y relaciones de las personas. Y que estas relaciones se dan tanto en la familia como en hostelería y, por supuesto, en muchos otros espacios donde el ser humano asienta sus reales. Y, cuando esto sucede, nadie está libre de cogerla si otra persona ya lleva el covid 19 horadándole los ectoplasmas.

No termina ahí la osadía conceptual y científica, ¿también jurídica?, de este tribunal cuando se las da de vidente al asegurar que la apertura de la hostelería recién establecida por sentencia “no tendrá efecto en el crecimiento de los infectados”. Y, ¿cómo está tan seguro de que esto suceda? Y, al contrario, ¿puede el tribunal sostener en firme que esta apertura afectará a la disminución de contagios? Porque, si no es así, la tenemos clara, Miquelarena.

Porque, si es así, es decir, que la hostelería, en lugar de aumentar los contagios, los disminuye por arte de birlibirloque, entonces, es que estamos, ciertamente, haciendo el paripé. No solo España, sino toda Europa, la cual, si ha adoptado una posición unánime en este asunto ha sido la limitación de apertura de bares y hostelería, por considerarlos -no sabemos si en un 80% o en un 90%-, la gran fuente de los contagios existentes de esta pandemia.

Para cerrar el artículo, espero que el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, ya que tan sensible se muestra ante los informes de epidemiólogos que confirman su sentencia, informe a la población acerca de las consecuencias que esta ha tenido para la salud pública, a ser posible con una estadística de contagios y de decesos. Por el bien de todos, pero, en especial, para la salud mental de sus señorías.

Tribunal Superior de Justicia del País Vasco y la hostelería