miércoles 23/6/21

Todos los días pueden ser un 8 de Marzo

On naît pas femme, on le devient” (Simone de Beauvoire)
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Simone de beauvoir (1908-1986)

 

Nuestra generación padeció una educación diferenciada en primaria y bachiller. Los colegios e Institutos eran masculinos o femeninos. La Formación del Espíritu Nacional dejaba muy claro qué papel social te tocaba desempeñar según hubieras nacido varón o mujer. También los juguetes afirmaban el signo del color que habías recibido al nacer. Curiosamente niños y niñas habíamos coincido en el parvulario. Al menos tuvimos esa suerte. En la más tierna infancia cabía jugar y aprender juntos. Por eso resultaba traumático pasar luego a un sitio donde ya no coincidías con las amiguitas de los primeros años.

Todo cambiaba de nuevo al ir a la universidad. Allí aparecían otra vez compañeras que compartían tus anhelos y tu curiosidad tanto intelectuales como afectivas. Una etapa crucial y maravillosa. Tuvimos la fortuna de conocer un ambiente nada competitivo en donde quienes cursaban la carrera contigo podían enseñarme más que muchos profesores, fraguándose además grandes amistades e incluso algunos emparejamientos afectivos. La mili y el servicio social seguían recordando los diferentes destinos vitales adjudicados.

Admiro la causa feminista, como todo aquello que pueda contribuir a la emancipación de los más desfavorecidos. Pero reconozco que no me gusta nada utilizar expresiones inclusivas o exhibir una sensibilidad que debería ejercerse más todos los días y a todas horas: no sólo en algunos momentos y en público, sino también cuando te miras al espejo sin más espectadores. De comprobar su eficacia, ciertamente adoptaría esa retórica. Pero la experiencia me dicta que los eufemismos de lo políticamente correcto suele tener efectos bastante superficiales y no logra calar en los hábitos. Ojalá sea una falsa impresión y los hechos la desmientan.

En el ambiente universitario que tuvimos la suerte de frecuentar, la igualdad entre ambos géneros era una cuestión sumamente obvia y cabe preguntarse si continua siéndolo cuando se recrudecen las actitudes machistas en generaciones educadas para no infligirlas ni padecerlas. Desde luego, resultan imprescindibles las políticas de igualdad y todos los acentos que puedan ir en esa senda, siempre que la discriminación metodológica no produzca excesivos daños colaterales a su paso. Los jóvenes varones no deben asumir las deudas que acumularon sus ancestros por un patriarcado milenario. Las injusticias no se combaten imitando los agravios que pretenden erradicarse.

El filósofo Javier Muguerza no era nominalmente feminista, pero propició en la práctica que sugieran muchas catedráticas de Ética cuya valía se ha visto refrendada por su proyección pública, entre las que se cuentan sin ir más lejos Victoria Camps, Adela Cortina o Amelia Valcárcel. Cono fundador de la revista Isegoria, Muguerza publicó en uno de sus primeros números un monográfico sobre Feminismo y Ética coordinado por Celia Amorós, artífice del mítico seminario sobre “Feminismo  e Ilustración”, al que asistieron entre muchas otras Alicia Puleo, coordinadora del colectivo Ser feminista, o Concha Roldán, primera directora del Instituto de Filosofía (IFS-CSIC) y presidenta de GENET.

Sigue siendo absolutamente necesario revisar la historia del pensamiento y de la ciencia, como hacen por ejemplo Concha Roldán o Eulalia Pérez Sedeño, para identificar a unas protagonistas eclipsadas por su género, aún cuando sus logros fueran indiscutibles. No es de recibo que las mujeres vean lastrada su carrera profesional por la maternidad y los prejuicios. Ni que la brecha salarial siga siendo clamorosa o que los cuidados queden identificados como tareas propiamente femeninas.

La sexualidad también estigmatiza lo femenino. El universo sexual parece poblado únicamente por dos categoría de personas, los Casanovas y las mujeres ligeras de cascos. Esa dicotomía domina un imaginario colectivo lastrado por las inercias culturales. Algunas religiones contribuyen a marcar esa diferencia con unos cuentos y leyendas que sencillamente ignoran a la mujer, salvo para referirse a ella como madre virginal o concubina que posibilita la perpetuación de un linaje.

La violencia que sufren las mujeres tiene una especificidad innegable. Las víctimas no se atreven a denunciar al maltratador, del que muchas veces dependen económica y/o afectivamente. Teléfonos de asesoramiento, pisos de acogida y ayudas de subsistencia son imprescindibles. Pero la batalla es cultural y de largo recorrido.

Con todo, España es un país vanguardista en lo concerniente a los derechos civiles y las manifestaciones del 8M han puesto de manifiesto que hace falta poner al día nuestro contrato social. Eso nos concierne a todos, aunque sea lógico que las reivindicaciones por la igualdad se tiñan de morado, tal como los más jóvenes encabezan las inquietudes por el cambio climático. Sin embargo, bajo una pandemia hay otras prioridades. Nuestra Ministra de Igualdad parece tomarse como algo casi personal que resulte oportuno evitar aglomeraciones para evitar contagios.

Como todos nosotros, Irene Montero cuenta con el resto de los días del año para vivirlos como si fueran el 8M, con cada gesto personal, profesional e institucional que haga o hagamos. Conviene predicar con el ejemplo y hacer ver que las mujeres pueden ocupar puestos relevantes por méritos propios. Algunas compañeras del Ejecutivo, como Nadia Calviño o Yolanda Díaz, parecen gozar de un reconocimiento generalizado en sus respectivas áreas ministeriales. Ambas no se han limitado a militar en un partido. Ellas demuestran que gobernar es una tarea cotidiana, sin fechas especiales en el calendario para ponerse bajo los focos. Hay mucha gente de a pie que cada día trabaja silenciosa y discretamente para combatir las desigualdades, incluyendo por supuesto las padecidas por lo que Simone de Beauvoire denominó el Segundo sexo.

Ruth Bader Giensburg supo combatir con eficacia esta discriminación atávica que se remonta hasta la noche de los tiempos, al unir la causa feminista con las discriminaciones padecidas por minorías raciales y los ciudadanos presuntamente no afectados por ellas. A un viudo que decidió consagrarse al cuidado se su hijo, se le negó en principio la subvención que hubiera recibido su mujer de haber fallecido él. Fue un planteamiento inteligente por parte de Giensburg, quien utilizaba sus alegatos para hacer pedagogía social y mostrar que también los varones podían sufrir las consecuencias de una discriminación tan injusta como absurda. 

Ahora bien, pese a ser cruciales y urgentes, los cambios legislativos únicamente son un factor de la ecuación. Sólo se apreciarán realmente los efectos cuando logremos modificar nuestros patrones culturales y nuestras costumbres hagan suyos esos cambios, aplicándolos a cada instante. Por eso todos los días deben ser 8M dentro de nuestra ciudadela interior y en todas nuestras actuaciones cotidianas, incluyendo los gestos más nimios.

Tamaña injusticia nos concierne al conjunto de la sociedad, al margen de nuestra condición, edad o género, aunque sea lógico que las mujeres vayan por delante y nos lo recuerden con más viveza. El color morado es mi predilecto y me siento muy orgulloso que su tonalidad identifique mediante su logo al Instituto de Filosofía del CSIC, donde mis compañeras defienden con su quehacer cotidiano esta noble causa y los demás procuramos emularlas.

Todos los días pueden ser un 8 de Marzo