viernes 18/6/21

¡Menuda suerte! Los azares de la fortuna

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Kuniyoshi Utagawa | Los siete dioses de la fortuna

La suerte es algo que uno desea tener y se suele buscar o tentar. Se identifica con el azar o la fortuna. Pero lo curioso es que también guarda cierta relación con sus antípodas conceptuales: el destino al que algún pensador ha homologado con la naturaleza e incluso con la providencia divina.

El enunciado “que tengas mucha suerte” viene a ser sinónimo de “que te sonría la fortuna”, “que los hados te sean favorables” o “que Dios te acompañe”. Bajo registros aparentemente tan distintos late una misma idea: Hay cosas que, al escapar a nuestro control, se resisten a nuestras intenciones y desbaratan cualquier cálculo probabilístico.

Catalogamos a la suerte como buena suerte, si se pliega dócilmente a nuestras voliciones, mereciendo el calificativo de mala suerte cuando las esquiva. La cuestión parece reducirse a que uno se salga con la suya o quede chasqueado. Sin embargo, a veces hacemos de la necesidad virtud y encajamos los reveses como algo positivo que nos hacen tomar senderos inesperados o conseguir metas con las que tan siquiera nos habíamos atrevido a soñar.

Según Schopenhauer fracasamos al intentar satisfacer nuestras necesidades o los deseos imaginarios, pues no cabe colmar unas vasijas desfondadas por mucho que nos favorezca la suerte

Cada idioma destaca un aspecto de la polifacética suerte. Los franceses, al hablar de chance, resaltan la oportunidad, el momento favorable asociado al kayrós griego. Con su luck, los anglófonos invocan la fuerza que causa las cosas. En alemán Glück significa igualmente felicidad, subrayando el hecho de que nos puede hacer dichosos. Mientras que los italianos hablan directamente de fortuna, como los latinos.

Al margen de nuestra capacidad y nuestro empeño, hay otro factor decisivo para lograr nuestros objetivos y esa coyuntura, feliz o adversa: la suerte. Con ella se culmina lo perseguido por nuestros talentos y nuestro talante. La suerte nos puede librar de un accidente, hacer ganar una oposición o descubrir al amor de nuestra vida, si no decide darnos la espalda, claro está. Tiene que venirnos de frente y por eso hay que arrostrarla o asirla por los cabellos.

Kant se atreve a homologar la suerte nada menos que con lo providencial, el destino y la naturaleza. El oculto plan de la naturaleza que desentraña su historiador filosófico equivale en términos funcionales a los guiños del destino, al igual que a los inescrutables designios de la providencia divina, tal como señala en su ensayo titulado Hacia la paz perpetua. Pese a que no cabe reconocer ni tampoco inferir una causalidad semejante, siempre podemos pensarla por analogía con la praxis teleológica del ser humano.

Si decidimos conferir a la suerte rasgos antropológicos, nos encontraremos con una u otra deidad, que podemos domiciliar en el reino de los cielos o en el Olimpo, aunque quizá también topemos con el daimon de nuestro foro interno. Quien opte por despersonalizarla, preferirá referirse al fatum de los estoicos, ese destino que somete a quienes pretenden resistírsele y guía eficazmente a quien asume sus pautas.

Otra posibilidad es hablar de la madre naturaleza. Escoger una u otra metáfora no es baladí. Mientras el Dios padre nos revela sus incontestables planes a través de las Escrituras y sus interpretes nos hacen acatarlos mediante premios o recompensas, el gran libro de la Naturaleza nos desvela sus leyes cuando aprendemos a descifrar los códigos en que se han formulado, para ir adaptándonos cabalmente a sus dictados.

A partir del árabe contamos con el término azar como sinónimo de suerte, para realzar su carácter aleatorio e imprevisible, como sucede con los juegos de azar, donde la pericia cuenta nada o muy poco. En la lotería nadie gana empleando su astucia, si exceptuamos casos tan singulares como los de Voltaire o Casanova, que lograron enriquecerse con la lotería “jugando” cada cual a su manera como banca.

Para Kant la felicidad presentaba el problema de ser algo harto voluble y que no podemos controlar al depender tanto de la suerte, pues no cabe pronosticar con certeza sus circunstancias mas favorables, máxime cuando nuestra propia noción al respecto no puede ser más imprecisa y camaleónica.

Maquiavelo escribe algo similar sobre la fortuna: “Quien fuera tan sabio como para conocer los tiempos y el orden de las cosas, sabiendo acomodarse a ellos, tendría siempre buena fortuna o se guardaría siempre de la mala, y vendría a ser cierto que el sabio domina las estrellas y los hados. Pero como no se dan tales cosas, porque los hombres no pueden gobernar su propia naturaleza, se sigue de ello que la fortuna cambia y gobierna a lo hombres, teniéndolos bajo su yugo”.

Según Schopenhauer fracasamos al intentar satisfacer nuestras necesidades o los deseos imaginarios, pues no cabe colmar unas vasijas desfondadas por mucho que nos favorezca la suerte. Además el azar señorea sobre la tierra, granjeándonos reveses pero también bienestar. Lo malo es que la caprichosa suerte no sólo nos arrebata cuanto se le antoja darnos y en ocasiones nos despoja también de lo laboriosamente adquirido. ¡Menuda suerte! Los avatares del azar y la fortuna no pueden ser más caprichosos. Por eso no tiene sentido decir: “se merece que le haya tocado la lotería”, como si los demás no lo merecieran. Si algo nos recuerda la pandemia es que nuestra mejor lotería es conservar o recuperar la salud y que nuestros allegados compartan esa misma suerte.

¡Menuda suerte! Los azares de la fortuna