domingo 20/6/21

De Madrid al cielo, y viceversa

adrid

“Toda gran crisis en el pensamiento humano suele verse acompañada por una profunda crisis en la conducta moral y social” (Cassirer, Filosofía y política)


¡Aleluya! No necesitamos esperar a que se nos puedan abrir algún día las puertas del paraíso. Si la gestión de Ayuso se ha visto refrendada, pese a que sus políticas quedaron lastradas por su socio de gobierno, cuesta imaginar lo que ahora no pueda hacer en solitario. Resulta difícil mejorar lo que ya era optimo, pero eso es lo que se nos ha prometido. El milagro de la recuperación económica y su impecable gestión de la pandemia se verán sencillamente aumentados en grado sumo.

“De Madrid al cielo, y un agujerito para seguir viéndolo”, se decía para valorar las reformas urbanísticas acometidas por Carlos III. Tras las elecciones madrileñas, quien quiera entrar en el reino de los cielos tan sólo tiene que mudarse a Madrid, la comunidad abierta para juerguistas y francachelas donde no hay problemas que se resistan a la varita mágica de su imbatible presidenta.

Conviene analizar los acontecimientos políticos con cierta perspectiva histórica para poder comprenderlos mejor. Cabe por tanto comentar los resultados electorales de la comunidad madrileña con una mirada superficial, que sólo destaque las obviedades, pero resulta más instructivo desentrañar su trasfondo. Un diagnostico certero sólo puede hacerse identificando su etiología y examinando sus causas.

Cuando hablan las urnas el resultado es inapelable, pero no deja de ser ilustrativo preguntarse por qué se ha dado un vuelco electoral tan pronunciado en poco tiempo. Si se hubiese producido por hacer balance de una gestión, la cuestión sería muy sencilla. Los votantes habrían premiado el acierto de afrontar problemas muy acuciantes y no habría más que hablar. Pero la cuestión parece algo más compleja.

Esos éxitos de gestión deberían compartirse por quienes han cogobernado, pero el socio gubernamental ha desaparecido del mapa. Cabría entonces pronosticar que los milagros económicos alcanzados van a crecer exponencialmente sin ese lastre, tal como se nos asegura. Pero el problema es que no se presentaron estadísticas o testimonios de la gestión realizada.

Las declamaciones del caudillo se convierten así en sentencias de culto que resultan indiscutibles y deben seguirse al pie de la letra

Salvo honrosas excepciones, hemos asistido a un cruce de continuas descalificaciones donde los argumentos brillaban por su ausencia. Se nos brindaban eslóganes bastante pueriles y dilemas grandilocuentes que ganaban adeptos con suma facilidad, sobre todo por vía negativa, Se trataba de anular a quien piensa diferente, invitándole a hacer mutis por el foro, en vez de intentar convencerle con mejores argumentos.

Ese clima político social no se propone arbitrar consensos y encontrar conjuntamente soluciones para los problemas reales que jalonan la vida cotidiana. Pretende más bien imponer una cosmovisión hegemónica excluyente, demonizando a todo cuanto no coincida con unas premisas inquebrantables y que no admiten verse contrastadas con posibles alternativas.

Hannah Arendt nos previno sobre todo lo que implica un proceso de banalización sistemática. No hace falta que comparezcan monstruos para perpetrar barbaridades. Basta con ir considerando como cosas normales lo que no debería ser asumido como algo inocuo e inofensivo. El proceso es paulatino y suele pasar inadvertido.

Definir la libertad como hacer lo que a uno le apetece distorsiona una pieza clave de nuestra convivencia. El ejercicio de nuestra libertad, como bien señalan Rousseau y Kant entre otros, no puede transgredir unos determinados límites en caso de que nuestro capricho pueda causar algún daño a los demás. Valga como ejemplo moderar nuestra socialización para prevenir contagios durante una pandemia. Esto requiere grandes dosis de pedagogía social para que cunda una responsabilidad compartida y se comprenda el sentido del sacrificio en aras de un bien mayor compartido.

Depauperar el discurso político e infantilizar a sus destinatarios tiene graves precedentes históricos y geográficos. Los paralelismos pueden ser ilustrativos, aunque pretendan ser descalificados como meras analogías denigratorias u ofensivas. Durante la campaña madrileña se han adoptado muchas claves propias del trumpismo y este juicio es meramente descriptivo, si responde a la realidad, antes que tratarse de un dictamen valorativo. Lo que cuenta es considerar si ese aire de familia existe o incluso si se ha tomado como un modelo a imitar. En este último caso cabría entonces asignar las valoraciones adjudicadas a lo que algunos consideran una disfuncional psicolatología política.

¿Afirmar que ciertas ideologías cayeron del buen lado de la historia equivale a suscribirlas o darlas por buenas e incluso preferibles a otras? Esto es algo que debe contestar cada cual. Pero no parece recomendable frivolizar con ese tipo de asertos, máxime cuando al mismo tiempo de descalifican como diabólicas las que caen al otro lado.

En medio de las penurias que ha impuesto la pandemia sanitaria y sus múltiples aspectos asistenciales, económicos, laborales o psicológicos, la gente demanda soluciones inmediatas y acepta muy gustosamente una suerte de pensamiento mágico. Aunque no se crea en la magia natural, nos dice Cassirer en El mito del Estado, se instaura una suerte de magia social administrada por os políticos que deciden aprovechar es coyuntura.

Entonces el anhelo de caudillaje alcanza una fuerza realmente arrolladora, tras desvanecerse la esperanza de cumplir con sus deseos por una vía ordinaria. Las declamaciones del caudillo se convierten así en sentencias de culto que resultan indiscutibles y deben seguirse al pie de la letra. Se le confiere un poder místico con autoridad soberana y queda exonerado de mantener una mínima coherencia. Como advierte Kant en El conflicto de las Facultades:

Da la impresión de que la gente anhele encontrar una suerte de adivino o hechicero familiarizado con las cosas sobrenaturales. Si alguien es lo bastante osado como para hacerse pasar por taumaturgo, este conquistará al pueblo y le hará abandonar con desprecio el bando de la filosofía, la cual debe oponerse públicamente a tales taumaturgos para desmentir esa fuerza mágica que el público les atribuye de un modo supersticioso y rebatir las observancias ligadas a ella; como si el encomendarse pasivamente a tan ingeniosos guías dispensara de toda iniciativa propia, al procurar la enorme tranquilidad de alcanzar con ello los fines propuestos.

Este mecanismo ha resultado exitoso en distintas épocas y conviene recodar los desenlaces a que dieron lugar. Ganar unas elecciones con una elevada participación arrollando al contrario es algo muy positivo, siempre que haya mediado un debate para intercambiar ideas y plantear alternativas. De brillar esto por su ausencia, estaríamos ante una situación diferente. La victoria sigue siendo indiscutible. Pero los métodos que sirven para conseguir ciertas metas no resultan irrelevantes.

Quizá debiéramos estar más atentos a un clima cultural que no repara en la importancia del método y sólo repara en el objetivo alcanzado, al margen del itinerario recorrido. Recurrir a la crispación aparentando hacer justo lo contrario, descalificar al adversario reprochándole hacer eso mismo y banalizar la política puede triunfar, como nos testimonia la historia, pero no suele favorecer marcos de convivencia estables.

Los liderazgos carismáticos deben ser algo más que fenómenos mediáticos tan efímeros como insustanciales. Quienes pretendieron hacer una nueva política para regenerar la democracia y terminar con el bipartidismo pueden darnos algunas lecciones al respecto, siendo esto algo que también vale para sus antagonistas.

Hay proyectos de largo recorrido y alcance que se toman su tiempo para llegar a buen puerto, porque les interesa tanto el camino a recorrer y el modo de transitarlo como los objetivos que se pretenden conseguir colegiadamente, rehuyendo los cultos a la personalidad. Otros apuestan por apretar el acelerador y ganar la carrera sin mirar por el retrovisor ni alumbrar los faros de largo recorrido.

De Madrid al cielo, y viceversa