sábado 19/6/21

En busca del pacto perdido

Cataluña evita tener nuevas elecciones mientras el resto de España sigue buscando una solución para formar el próximo gobierno.

Con la retirada de su candidatura, el President en funciones de la Generalitat, Artur Mas, Cataluña evita tener nuevas elecciones mientras el resto de España sigue buscando una solución para formar el próximo gobierno. Después de tres meses largos de negociaciones, tras las elecciones celebradas el pasado mes de septiembre en Cataluña, los dirigentes de la coalición de partidos Junts pel Si, que se presentaron a las elecciones catalanas y salieron ganadores, aunque sin la mayoría para formar un gobierno estable, han encontrado la solución. Bien cierto es que en toda negociación se llega a un acuerdo cuando ambos bandos ceden más o menos en sus pretensiones. El escollo mayor que separaba  la coalición mayoritaria Junts pel Si de la CUP, el partido afín para conseguir que éste les apoyara y pudiera ser investido presidente, era el mismo presidente en funciones señor Mas. Las negociaciones parecían haber llegado a un punto muerto. El candidato propuesto para llevar a  cabo el proceso (procés) de independencia de Cataluña era precisamente quien había sido su promotor y quien precisamente había convocado con tal fin las elecciones arropándolas de un carácter independentista.

La coalición de partidos, Junts pel Si, que como algunos han calificado no deja de ser un nido de grillos por las diferentes ideologías, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, que la conforman, y cuya única razón para ir unidas era la lucha por la independencia, creía tener ganadas de antemano por mayoría absoluta las votaciones, pero les salió mal, y salió un partido que aun participando de la misma idea de independencia de dicha coalición, no se unía a la misma ni antes ni después de los resultados, por discrepar en puntos tan importantes como el que fuera el señor Mas y su partido Convergencia, acusado de corrupción, los que llevaran la batuta del nuevo gobierno. La CUP les ha venido dando la espalda y parecía que iban a mantener así su postura. En la última votación de la asamblea de la CUP, hace una semana sobre si apoyar o no la investidura del señor Mas, quedaron en tablas, empatados a votos, empate que, por arte de birlibirloque, acabó  rompiéndose. Se habían negado hasta ayer a entrar en el juego del president en funciones mientras él siguiera al frente del  procès. Parecía que no había otra solución que convocar unas próximas elecciones para el mes de marzo. La tercera y peor solución, como el mismo señor Mas expresó en la rueda de prensa, cuya cara de satisfacción dejaba entrever desde sus inicios que el acuerdo, por fin, había llegado in extremis, con lo que la convocatoria electoral, a falta de entendimiento, se anulaba. Y se anuló ofreciendo más (con acento y sin acento) de lo mismo.

Mientras en Cataluña parece solucionado el tema y ya tiene su nuevo presidente, en España todavía siguen las negociaciones, más difíciles aún, para dicha investidura. El actual presidente en funciones, señor Rajoy, no encuentra con quién pactar, y la salida de un gran pacto de gobernabilidad con el partido rival, el PSOE, que su partido preconiza, es inviable.

El líder del PSOE, por su parte, está tratando de buscar acuerdos con otros partidos, aunque existen lo que se ha dado en llamar unas “líneas rojas” que le han marcado los demás partidos, como Podemos o los regionales, que son difíciles de solventar.

UNA AMENAZA DEMOCRATICA

En este panorama que parece diseñado por una mente maquiavélica, surgen ahora voces, sobre todo en medios de comunicación de fachas (sic) que esgrimen el argumento falaz de los muchos peligros que se nos vienen encima: la unidad nacional, la gobernabilidad, el gobierno fuerte y estable, y qué sé yo cuántas razones más en las que a mi modo de ver dejan entrever cualquier cosa menos su interés en el pueblo, en el deseo de la mayoría de los ciudadanos. Tanto estas voces que comen y beben del pesebre del poder, como otros políticos que no se resignan a desarrollarse lejos del mismo, tienen en cuenta en mayor medida sus particulares beneficios que los intereses comunes. Es decir, quieren hacer un guiño a la democracia para que siga todo como está, para que nadie cambie porque temen el cambio. Se agarran a conceptos propios de dictaduras para evitar que el poder caiga en manos de quienes, según ellos, se oponen a todo, cuando no a la esencia misma del sistema. Aunque luego no duden en pactar y pacten con ellos, como sucede en Cataluña.

De manera semejante ocurre a escala nacional, arriman el ascua a su sardina tratando de convencer a los dos grandes partidos mayoritarios, y tradicionales, PP y PSOE, a que formen una poderosa coalición que evite esos desmanes (como si ser antisistema fuera peor que ser corrupto). Se oyen voces lejanas que van pregonando acuerdos aunque externamente los máximos líderes de ambos partidos los nieguen. En el subconsciente, los desean y se congratularían de que así fuera. Se salvaría la democracia, dicen, ante el galimatías de siglas y equivalencias como ofrecen las cifras y separan las exigencias de cada partido.

Es la hipocresía en partidos y dirigentes una de las más usuales conductas, llegando a veces hasta el extremo de decir digo para acabar diciendo diego. Negar pactos para luego subrepticiamente formalizarlos a expensas de todos y en bien de la gobernabilidad de España, que no es otra, desde su particular  enfoque, que el mantenimiento de su estatus en el poder.

Como dicen los guiones de los western, “yo que tú no lo haría, forastero”. Espero que no se les ocurra. Sería un atentado a la democracia, una burla al pueblo y una decepción a los votantes de uno y otro partido. Si se llegara a ese gran pacto, como se ha llegado en Cataluña de fuerzas ideológicamente dispares, aunque ya sé que la ideología cuenta poco en estas circunstancias, cabría preguntarse para qué sirve votar. Este planteamiento encierra el grave peligro de acabar con un sistema que sin ser el mejor en política, es el menos malo.

Las  consecuencias de un acuerdo de esta índole, aparte de seguir apoyando la gangrena de la corrupción, sería el estallido de graves conflictos. La alteración social alcanzaría tal gravedad y extensión, que nadie podría pararla. Se sumarían al hartazgo político y a la indignación que se viene arrastrando desde hace unos años. Esto deben tenerlo en cuenta quienes se sientan a negociar de espaldas a lo que el pueblo ha votado.

En este tira y afloja se desenvuelve actualmente la política española, y al paso que van las negociaciones, tengo el presentimiento de que la solución catalana no se va a dar en el caso nacional, con lo que nos vemos abocados a una próxima y cercana convocatoria de elecciones, con su correspondiente coste, social y económico. No al gran pacto, hay que buscar otra vía. Para eso les han votado. Para que se devanen los sesos y busquen la solución adecuada y correcta. Ya lo dijo el gran humorista Groucho Marx: “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, y aplicar las soluciones equivocadas”.

Mientras tanto, los problemas siguen, a escala nacional y regional, también catalana. Sigue el paro, el hambre, sigue la desesperación y la indignación. Y siguen los contactos para formar gobierno. Mucha política, sí, pero, la casa sin barrer. 

En busca del pacto perdido