jueves 4/3/21

La normalidad es ocuparse de los problemas reales

Durante el cerco otomano, en Constantinopla se discutía sobre el sexo de los ángeles. Ahora, con la sanidad desbordada, la economía colapsada y el paro desbocado, hay quienes también fomentan debates bizantinos. Si la democracia es normal, anormal o seminormal. Si el PP debe mudarse o alicatarse. Si Ciudadanos debe fusionarse o fisionarse.

Hay quienes pretenden situar el centro del debate político sobre la consideración que merecen los energúmenos que hoy rompen escaparates en solidaridad con un condenado por enaltecer el terrorismo (“Merece que explote el coche de Patxi López”), que ayer rompían escaparates por las limitaciones al botellón, y que no necesitan motivo alguno para seguir rompiendo escaparates.

También hay quienes insisten en ocupar el tiempo, la energía y los recursos de los representantes públicos en constructos filosóficos como la autodeterminación. Sobre si estamos suficientemente autodeterminados. Sobre si podemos autodeterminarnos algo más. Sobre cuánta autodeterminación hemos de procurar.

Muchas fuerzas políticas, y cada mayoría y cada minoría en muchas fuerzas políticas, anteponen cada día el afán por diferenciarse de las demás sobre la responsabilidad de aportar para el bien común. Se trata de una competición ineficiente siempre, absurda muchas veces, que causa hartazgo en buena parte de la ciudadanía afectada y preocupada por problemas reales.

Cada mañana hay un izquierdómetro en funcionamiento, que juzga, que distingue, que compara y que mide el grado de intensidad izquierdista en unos y otros. A su lado funciona el democratómetro, que diferencia a los demócratas más o menos normales y más o menos plenos. Junto a estos, se mira alternativamente al constitucionamómetro y el independentismómetro. ¿Y para cuándo un sensatómetro?

Durante las últimas semanas, en el Congreso de los Diputados se han vivido situaciones lamentables. Varios grupos parlamentarios han confundido la sede de la soberanía popular con un puesto de feria para jugar al pim-pam-pum contra el Gobierno.

Daba igual si se votaba la llegada de 140.000 millones para recuperar la economía y los empleos. No importaba si la votación iba a decidir prestaciones destinadas a asegurar la supervivencia y la dignidad de los más afectados por la pandemia. Unos y otros se frotaban las manos antes de lanzar sus proyectiles para que el Gobierno perdiera la votación, cualquier votación, aunque fuera vital para el país, aunque fuera crucial para millones de españoles.

Los decretos se han ido aprobando, con mucho esfuerzo y con muchas dificultades, pero la irresponsabilidad ha sido infinita entre algunos de los elegidos y pagados precisamente para ejercer responsabilidad en un momento tan duro como este.

La paradoja es difícilmente soportable cuando algunos de los protagonistas de estos episodios de irresponsabilidad son los que más alto alzan la voz lamentando y denunciando la polarización política, la radicalización social o la influencia creciente de la ultraderecha. Por cierto, los mayores propagandistas de la anormalidad democrática en España son los dirigentes de Vox, que han cuestionado la legitimidad misma del Gobierno al que tachan de criminal.

El camino hacia la mejora constante de nuestra democracia es el que lleva a sus representantes a interesarse por los problemas reales de la ciudadanía, que no son pocos ni livianos en el marco de la mayor crisis de nuestras vidas.

¿Cómo reforzar y cómo financiar el sistema sanitario que ha de defendernos de esta pandemia, de las que llegarán? ¿Cómo reiniciar la economía paralizada? ¿Cómo gastar y no malgastar los ingentes recursos que nos están llegando de las instituciones europeas? ¿Cómo aprovechar esta oportunidad para no perder el tren que otros lideran ya en la transición ecológica y la transformación digital global? ¿Cómo asegurar que el balance de esta crisis no incrementa las desigualdades sociales y territoriales, como ocurrió con la anterior? ¿Cómo proteger eficazmente a los más vulnerables?

Hay demasiadas preguntas importantes a responder, para perder tiempo y energías en más discusiones artificiosas y estériles.

La normalidad es ocuparse de los problemas reales