sábado 15/5/21

¿Para qué sirven los bancos? Para nada

El banco, en su sentido más primitivo, proviene de la palabra alemana bank, y era un asiento tosco, hecho a mano, donde se podían sentar varias personas a la vez...

En la actualidad los bancos son una pieza fundamental para el buen orden del sistema económico que padecemos. Por ellos pasa absolutamente todo el flujo económico que corre, como las aguas subálveas, bajo los pies de la humanidad

En principio parece claro que todo el mundo sabe lo que es un banco, incluso yo. Pero a poco que te pones a escarbar sobre la cuestión resulta que el vocablo tiene muchas acepciones y significados diferentes. Es probable que al pronunciar la palabra banco, al oírla, pensemos automáticamente en ese lugar donde se guarda el dinero, donde siempre se debe algo. Sin embargo, para dejar las cosas claras y a cada cual en su sitio es preciso que desgranemos un poco la mazorca etimológica y sus misterios.

En primer lugar, es necesario saber que el vocablo tiene sexo, que existen bancos y bancas, lo mismo que hombres y mujeres, animales y animalas. El banco, en su sentido más primitivo, proviene de la palabra alemana bank, y era un asiento tosco, hecho a mano, donde se podían sentar varias personas a la vez. Normalmente vivía en las tabernas, figones y casas de comidas al lado de mesas de amplios tablones y gentes de mal vivir. También, por aquel tiempo, era el lugar destinado al asiento de los galeotes que remaban en los barcos contra su voluntad, hacia tierras conocidas o ignotas, en esta acepción también llamado bancada, cuando los remeros lo eran a sueldo o parte. Una banca, sin embargo, era un asiento sin respaldo más pequeño, vamos, una especie de taburete, de carácter casero, más íntimo, menos mundano, más cohibido y familiar. Con el tiempo el término perdió el sexo y lo mismo daba hablar de banco que de banca, pues o bien era un lugar para sentarse situado en parques o en espacios públicos, o bien esa pieza fundamental del Mercado donde alguien guarda el dinero de la humanidad y lo hace rular, dependiendo del origen y destino de los vientos, para maximizar beneficios a costa de lo que sea como bien hemos visto últimamente y comprobamos todos los días. A pesar del carácter taumatúrgico y filantrópico de este último significado, uno siente bastante más aprecio por el otro, tan ligado al otoño, a las hojas caídas de los árboles durmientes, al descanso de los viejos y cansados caminantes, al placer de mirar al paseante, a la lectura del periódico. El banco callejero, el banco público, el banco humilde, preferentemente de madera, es un objeto con alma, altruista en el más amplio sentido de la palabra, fiel y bondadoso: Siempre está en el mismo sitio, paciente, aguantando tus malos humores, tus impertinencias, tus olores, tus besos y manoseos, sin rechistar, sin pedir nada a cambio. Sólo el paso del tiempo, la incuria o algún gamberro inoportuno pueden acabar con el inmenso amor que, a diario, reparte a quién se le arrima.

El banco monetario, en su principio más conocido por banca –que más tarde pasaría a ser una especie de banco pequeño y familiar-, hunde sus orígenes en las asociaciones de comerciantes hanseáticos e italianos, cuando el dinero valía lo mismo que el metal del que estaba hecho. Cuenta el gran historiador C. M. Cipolla que en aquellos tiempos una de las formas de sacar una ganancia suplementaria a la legalmente establecida entre depositante y depositario, consistía en raspar o limar las orillas de las monedas, sobre todo de oro, para arrancarles unas briznas del preciado metal, llegando años después a establecerse controles de peso y quilataje para intentar evitar que nos dieran gato por liebre. Algunos historiadores ligan el desarrollo de la banca entre los siglos XIII al XVI al predominio que sobre ella tuvieron los judíos, pueblo deicida sobre el que caería la furia del populacho en momentos de vacas flacas o calamidades.

En la actualidad los bancos son una pieza fundamental para el buen orden del sistema económico que padecemos. Por ellos pasa absolutamente todo el flujo económico que corre, como las aguas subálveas, bajo los pies de la humanidad. Ni un céntimo escapa a sus garras electrónicas, sueldos, pensiones, recibos, transferencias, regalos, hipotecas, cuentas corrientes sin remunerar, planes de jubilación, préstamos, obras públicas, seguros, en fin, todo lo que tenga precio aunque no posea valor, todo por lo que luchan la inmensa mayoría de personas que conocemos y nos conocen. El dinero que tienen los bancos y que no les pertenece se ha convertido, gracias a la tecnología, en invisible; las oficinas, de frío, feo y funcional diseño, han prescindido, en gran parte, del elemento humano, por tanto de cuantioso gasto: despobladas de personal, todo depende de la máquina de turno y de la paciencia del que espera en la cola para materializar su patrimonio invisible o evanescer mediante ingreso el que lleva en los bolsillos.

La jugada empezó hace ya muchos años. Se fueron eliminando los cobradores de la luz a domicilio, los del teléfono y otros servicios, recomendando primero y obligando después, a domiciliar los pagos en una determinada entidad bancaria. Después se instalaron los cajeros automáticos, la banca por teléfono e internet, siempre como un beneficio para el incauto y confiado cliente. De modo que hoy, la banca, entendida ahora como el conjunto de todos los operadores bancarios, ha disminuido drásticamente el número de empleados que tenía, buena parte de ellos mediante planes de jubilación anticipada; ha dejado, casi, de remunerar los depósitos que guarda y, después de esa enorme reducción de gastos, cobra por el uso de las máquinas y por todos y cada uno de los pagos que hace con nuestro dinero invisible, incluso por custodiar nuestra estimada cuenta. El dinero ahorrado en esa continua reconversión se ha empleado en invertir en la compra del patrimonio nacional privatizado –normalmente servicios en régimen cuasi monopolístico- y el círculo ha terminado por cerrarse, pues la mayor parte de nuestros ingresos van a sus manos sin salir de ellas. Si a todo eso añadimos que desde el comienzo de la crisis-estafa los bancos –que fueron los principales causantes de la misma- han recibido del Estado Español, es decir de cada uno de nosotros, más de cien mil millones de euros, que no dan créditos al sistema productivo ni a las familias, que desahucian a destajo a personas empobrecidas por la crisis por ellos creada, que en la actualidad viven de sangrar al Estado vía deuda pública, convendremos que son unos terribles parásitos de todos nosotros y que ni siquiera dentro del sistema cumplen con la misión que les fue encomendada, que no es otra que prestar dinero. Por eso, creo imprescindible la nacionalización de la banca para ponerla al servicio del ciudadano y de la economía que debe servirle, por eso, después de la que ha caído y cae, cada vez que oigo los miles de millones de pesetas de beneficio que obtiene la banca, arriesgando tan poco al tener al Estado a su servicio, siento un gran regocijo y me pongo a cantar henchido de patriótica emoción.

¿Para qué sirven los bancos? Para nada