miércoles 23/6/21

Ser negro, ser pobre o el delito de haber nacido

Asegura Obama, negro que no recuerda serlo, que quienes protestan hoy en Baltimore, Atlanta o Charleston son delincuentes.

Ningún ser humano es ilegal, ninguna ley justa puede esgrimirse como derecho para encarcelar, devolver en caliente, torturar, explotar o maltratar a otro ser humano

Muchas veces me he preguntado por qué los seres humanos tenemos más oportunidades de ser medianamente dichosos por el simple hecho de haber nacido más cerca de las regiones polares, en la zona que antes se llamaba de clima continental-oceánico del hemisferio norte. ¿Es acaso la dicha una cuestión de geografía, de cuna, de estirpes? ¿No hay remedio para quienes viven en el lugar donde nacieron los primeros hombres de la Tierra, dónde se formaron las primeras civilizaciones que amaron el arte, la filosofía, las matemáticas, la astronomía? Aunque España está en la periferia de ese mundo privilegiado, aunque España y Europa caminen hacia el abismo de la mano de las políticas económicas más destructivas que nos aplican gobiernos y entes supra-estatales a los que nadie ha votado, todavía queda en Europa un residuo de bienestar, todavía quedan libros y personas que piensan, todavía queda un aliento de esperanza que la sociedad evaporada en que nos movemos tendrá que hacer suyo algún día si no quiere desaparecer como antes lo hicieron otras civilizaciones tan notables y predominantes en su tiempo como la nuestra. Y es ese todavía –no las políticas salvajes procedentes de las Escuelas económicas de Viena y Chicago- lo que sigue siendo una meta para la inmensa mayoría de los pobres del Sur, personas a las que se les robó la riqueza del suelo y el subsuelo, personas a las que se les impuso una costumbre ajena, personas acostumbradas a vivir tan mal bajo las satrapías pergeñadas por Occidente que no dudan en jugarse la vida para llegar al continente europeo y seguir malviviendo vendiendo gafas de sol o marionetas por las calles arruinadas de nuestro continente, perseguidos por la policía, acosados por la justicia, menospreciados por los que creen tener pedigrí y, por ende, derechos superiores. No existe efecto llamada, de ninguna manera, Europa cada vez se parece más a un barco a la deriva dónde sólo los mandos y oficiales tienen derecho al buen vivir, ni la tripulación ni los pasajeros pintan nada en el rumbo de la nave, miran, callan y achantan sin ser capaces de emitir el menor grito de indignación; lo que existe es un efecto salida porque Occidente, a base de robar, de diezmar, de saquear, ha hecho casi imposible la vida en los países de los que huyen todos los días cientos de miles de seres humanos con la esperanza de poder hacer en su nueva vida lo mismo que ven en la televisión o en el celular que hacen quienes viven al otro lado del Mediterráneo, al otro lado de Río Grande.

Bauman, con bastante acierto habló del pensamiento líquido, “la vida líquida –escribe- es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constantes”, y es cierto, pero no aporta nada nuevo, así ha sido la vida en todos los lugares del mundo hasta pocos años después de la Segunda Guerra Mundial, hasta que en Europa la socialdemocracia se dedicó a montar el Estado del Bienestar para amortiguar el efecto contagio de la URSS, la gran vencedora de ese monstruoso conflicto que dejó como único territorio sin liberar al que ocupa la Península Ibérica. Hasta 1950 no existía trabajo seguro, no había seguridad social, ni vacaciones, ni jornada de ocho horas, ni asistencia social, ni educación pública, todo era precario e incierto, la única diferencia es que hasta esa fecha y un poquito más, los trabajadores se habían organizado y peleaban por sus derechos y por los derechos de todos, no todos sino la parte más generosa de la clase trabajadora, la que puso toda la carne en el asador para mejorar las condiciones de vida propias y las de quienes, atenazados por el miedo o la indiferencia, eran incapaces de correr ningún riesgo. Europa, la vieja Europa se hizo así, arrancando derechos, arrancando libertades por la fuerza a quienes no creían en ellas, a quienes sólo creían en el privilegio y en el orden público para garantizarlo contra todos los descontentos, contra todas las libertades. Pensamiento líquido sí, pero sobre todo pensamiento líquido en una sociedad evaporada, en una sociedad incapaz de organizarse contra la agresión que sufre, incapaz de sentimientos nobles compartidos, incapaz de rebelarse contra la injusticia en propias carnes o en las carnes de quienes un día y otro mueren por millares para escapar el infierno de la no vida que les regalamos con nuestra maldita civilización.

Hace unos días, el Mediterráneo, otrora cuna de las más altas civilizaciones que el hombre fue capaz de crear, se vio de nuevo estremecido por el naufragio de un barco que llevaba a cientos de pobres desde el Sur hacia el Norte. Novecientos muertos de una sola vez que fueron a unirse en las profundidades más tenebrosas a los miles y miles que hasta la fecha han fallecido por la crueldad de un continente que no siente ni padece, que vendió la ética por un puñado de euros, que se duele más de la derrota de su equipo de fútbol que el padecimiento de quien lo ha perdido todo y vive a su lado, que no quiere ver mendigos, que no quiere ver dolor, pero pide a gritos que le bajen los impuestos para disponer de más liquidez para llevar a sus hijos al colegio privado o concertado, asistir a los toros o al próximo partido del siglo, cuya entrada más barata cuesta 200.  Han puesto muros y verjas, disparan a quienes intentan entrar en el paraíso desvencijado y apuntalado, les pegan y los internan en centros oficiales que son lo más parecido a una cárcel que concebirse pueda. No han cometido ningún delito, sólo el de nacer en el lado equivocado, como ya ocurre también en nuestra amada Europa donde las diferencias sociales y económicas ya no son sólo de norte y sur, que lo son, sino que dependen también del barrio en el que le haya tocado a cada cual ver la luz o vivir. Pese a ello, no existen las verjas, ni existen los muros, ni los palos, ni las cárceles, los hombres del Sur, asistidos por todos los Derechos que asisten a los Seres Humanos por el simple hecho de serlo, seguirán huyendo de la miseria y la tiranía, del abuso y la mendacidad, por eso mismo, porque va en la Condición Humana.

Ningún ser humano es ilegal, ninguna ley justa puede esgrimirse como derecho para encarcelar, devolver en caliente, torturar, explotar o maltratar a otro ser humano. La Ley Democrática, los Derechos Humanos, amparan por igual a quienes viven en el Norte y a quienes viven en el Sur aunque eso a la sociedad evaporada le importe una figa y esté dispuesta a entregar de nuevo su voluntad a gobiernos reaccionarios. Debe ser el mal de los tiempos, porque al otro lado del Atlántico, en aquel país en el que fue asesinado hace 46 años Martín Luther King, uno de los hombres más egregios de nuestro tiempo, les ha dado por cazar negros, hecho visible ahora por las videograbaciones de todos conocidas, pero que no ha cesado nunca desde que Estados Unidos existe: El pobre es un fracasado, pero si es negro y no ha conseguido jugar en la NBA, es un tipo antisocial que desafía las normas y debe ser apartado o liquidado. Estados Unidos tiene hoy la mayor población reclusa por cada mil habitantes del mundo, superior a la de China. Son casi dos millones y medio de presos de los que un ochenta por ciento son negros y pobres de solemnidad. Asegura Obama, negro que no recuerda serlo, que quienes protestan hoy en Baltimore, Atlanta o Charleston por los asesinatos indiscriminados de afroamericanos a manos de la policía de Wall Street y de la gente bien, son delincuentes. Y debe ser verdad, porque Occidente sólo ha dejado para ellos tres caminos, morir en la frontera, morir en el barrio o vivir entre rejas. Un mundo feliz.

Ser negro, ser pobre o el delito de haber nacido