jueves 13/5/21

El patriotismo, último refugio de los canallas

España lleva siglos sufriendo el patriotismo de quienes no han dudado en destruir la “Patria” a sangre y fuego cuantas veces han visto peligrar sus intereses.

rajoy

El PP ha decidido que una actuación de fuerza frente a la “insolencia catalana” podría ser la única baza para seguir detentando el poder estatal, caiga quien caiga y lo que caiga

No puedo ocultar la fascinación que siempre me producen los aforismos de Samuel Jonhson, insigne crítico literario, ensayista, filósofo y poeta de visión conservadora y certera puntería. Y sí, en efecto, el patriotismo escrito con grandes letras ha sido siempre el último refugio de los canallas, ese recurso delicuescente e inmarcesible al que recurren antes de incendiar la casa propia y la ajena sin considerar en momento alguno que la casa no es suya y que en ella viven personas que sufren, aman, ríen y respiran trece veces por minuto. Cuando se habla de patrias, de patriotismo de banderas y banderizos, algo no anda bien, pero cuando se exacerban esos conceptos recurriendo a la sinrazón que compone el noventa y nueve por ciento de su contenido, entonces es que algo va a suceder y que ese algo no va a beneficiar a nadie, absolutamente a nadie.

España lleva siglos sufriendo el patriotismo de quienes no han dudado en destruir la “Patria” a sangre y fuego cuantas veces han visto peligrar sus intereses y modo de entender la vida, ambas cosas, una misma cosa. Armados con una bandera roja y amarilla hija de la que con sus cuatro dedos mojados en sangre dibujó el emperador carolingio sobre el dorado escudo de Wifredo el Velloso, fundador de la dinastía de Barcelona y analfabeto conspicuo, los patriotas castizos montaban en caballo blanco al lado de Santiago Matamoros, en una mano la espada flamígera, en otra la cruz, rompiendo cabezas, descuartizando cuerpos, despareciendo pensamientos, matando libertades ajenas, una pesadilla que pudo desaparecer un día de abril de 1931 pero que por la alianza renovada entre la espada, la mitra y el dinero regresó con crueldad inusitada otro día de abril de 1939 y florece de nuevo bajo la égida indolente de un hombre cuyo apellido coincide con el de un famoso palacio situado frente a la catedral de Compostela, un hombre melancólico y melífluo, tal vez estólido, que afirma una y otra vez que todo va bien cuando los cimientos de la casa se resquebrajan día a día. Rajoy, que así se llama el heredero de Aznar por la gracia de Dios, está convencido de que el tiempo lo cura todo, y ajeno al dolor ajeno, piensa que quienes desde Catalunya se rebelaron contra el recurso de anticonstitucionalidad que licuaba el nuevo Estatuto, caerán rendidos a sus pies al comprobar su “enérgica inflexibilidad”, pero como cabría la posibilidad de que así no fuese, tiene un plan B, como gusta decir a los terturlianos que también gustan de repetir que tal o cual “se ha pasado tres pueblos”, que “hay que poner en valor”, “estar a la altura” o “en sede parlamentaria”, entre otras muchas expresiones dodecafónicas propias de cenutrios aborígenes. Muchos pensaron que ese plan consistía en hacer coincidir las elecciones estatales con las autonómicas, desconociendo supinamente que Mariano, aunque parezca pusilánime, tiene un pulso a prueba de bombas y un deseo inmoderado de pasar a la Historia con nombre propio. Rajoy no va a convocar elecciones para el 27 de septiembre porque quiere llevar la legislatura hasta aprobar los presupuestos y de ese modo lastrar al próximo gobierno. Para él la cuestión catalana es algo testicular, y llegado el momento para testículos los suyos que tiene la última palabra sobre a qué menesteres tiene que dedicarse el ejército que siempre se dedicó a lo mismo. No les quepa ninguna duda, al igual que a su admirado Francisco Franco, a Rajoy tampoco le va a temblar el pulso, aunque el dolor causado sea muchísimo mayor que el que pretendidamente dice querer evitar.

Al otro lado de la barricada, enarbolando la bandera de los Condes de Barcelona, después de la Corona de Aragón, y con Carlos III, fraccionada, de España, se sitúan Artur Mas, Oriol Junqueras y las organizaciones cívicas soberanistas que han descubierto que debajo de los adoquines está la playa sin darse cuenta –o mirando para otro lado ante el futuro prometedor- de que son cómplices del Gobierno que más daño ha hecho a Catalunya desde la ocupación franquista, que no sólo fue de Catalunya sino de todo el Estado. Los gobiernos de Convergencia, apoyados por Esquerra Republicana y capitaneados por uno de los jefes de las clínicas privadas, el Sr. Boi Ruiz, han acometido la mayor privatización de la Sanidad conocida en todo el país, han machacado la escuela pública y han hecho caso omiso de la tremenda problemática social que asola al país, empleando métodos policiales infames contra cualquier disensión o protesta que pusiese en peligro sus objetivos militares. Banderas por todos los rincones, bailes y tradiciones ensalzadas hasta el ridículo, privatizaciones, corrupción, eliminación de la disidencia y “puta” Espanya son los cimientos sobre los que estos señores pretenden edificar otra “patria” diferente y magnífica que no sólo causará asombro a los catalanes sino también a los habitantes de la Alta California que ya están pensando en trasladarse en masa a Deltebre.

Pues bien, aunque unos y otros parezcan jugar al célebre escondite que tanto nos deleitó durante la efímera infancia, están jugando con nuestras vidas, con nuestro futuro, con nuestra paz. A día de hoy los problemas de un trabajador catalán son los mismos que los de un trabajador de Castellón, también son los mismos quienes los provocan y quienes para cada solución tienen diez problemas. Está claro que el PP no quiere a Catalunya, que la quiere sometida, pero también que somos muchos quienes amamos mucho más a Catalunya que al PP, a la Catalunya que hoy representa como un ejemplo al mundo Ada Colau, a la Catalunya que amándose a sí misma es capaz de crear contra quienes mandan y mandarles parar. El juego iniciado con el recurso del PP contra el nuevo Estatuto, continuado con la sentencia bochornosa del Constitucional y con la apuesta soberanista de Artur Mas y Junqueras, un hombre que traga con ruedas de molino entre lágrimas al contemplar el horizonte liberador, está llegando a su fin, y no va a haber ningún choque de trenes. Aquí sólo hay un tren, y lo conduce alguien que cree en las estirpes. Si no somos capaces de vislumbrar lo que se nos viene encima y, antes de que ocurra, mandar a paseo a los incendiarios castizos y a quienes tantísimo mal han causado al pueblo catalán con sus políticas ultraliberales, volveremos a ver escenas que ya creíamos prescritas.

Un día, en el Instituto de mi pueblo, dije al profesor de FEN que todas las banderas me parecían un trapo. Me sometieron a consejo sumarísimo. Hoy me reitero. No, no estamos ante un desafío soberanista, ni ante un juego, ni ante una ocasión histórica, el PP ha decidido que una actuación de fuerza frente a la “insolencia catalana” podría ser la única baza para seguir detentando el poder estatal, caiga quien caiga y lo que caiga. Estamos en puertas de una tragedia.

El patriotismo, último refugio de los canallas