martes 9/3/21

La ley y la política, dos caras de una misma moneda

cargas policiales

España ha sufrido demasiado a lo largo de su historia por la incompetencia y la brutalidad infinita de unos gobernantes que en demasiadas ocasiones han estado más al servicio de una clase social -la de los plutócratas y reaccionarios- que al del pueblo, al que no han dudado en machacar cuantas veces consideraron necesario

En julio de 1978, todavía no se había aprobado la Constitución y seguían vigentes las leyes y modos de la dictadura, un batallón de la Policía Armada protagonizó uno de los hechos más vergonzosos y dañinos de la Transición. Armados con pistolas, fusiles con balas de goma y porras, tomaron la ciudad de Rentería de madrugada, destruyendo cuanto encontraron a su paso y desvalijando decenas de comercios para causar pánico en la población y demostrar quién llevaba los pantalones. Hechos parecidos sucedieron en Durango, Eibar y Goizueta, contribuyendo de un modo gravísimo a la radicalización de amplios sectores de la población vasca en pleno acelerón terrorista de ETA. Eran los estertores de la dictadura, unos estertores que según cuenta Mariano Sánchez Soler, se llevaron por delante a más de 600 personas, la mayoría de ellas jóvenes. Entonces la policía no se andaba por las ramas, y ver a un grupo de antidisturbios era motivo suficiente para no salir de casa, tal como hicieron los vecinos de Rentería aquella tristísima noche. En diciembre de 1979, miles de estudiantes protestábamos en Madrid contra la Ley de Autonomía Universitaria de González Seara. En una de las masivas manifestaciones de protesta, en la Ronda de Valencia, la policía cargó como solía hacerlo, a tiro limpio. Oí los disparos, grité como un poseso y corrí aterrorizado por una calle que daba a la plaza de Tirso de Molina hasta que un buen hombre me dijo que entrase en su comercio y bajó la persiana. Temblando como nunca lo he hecho, me puse a llorar mientras seguía oyendo los disparos y los gritos: Dos compañeros resultaron muertos a causa de los balazos, y muchos más fueron heridos de consideración. Aquella noche, el ministro del Interior, Ibáñez Freire, anunciaba por la televisión que aquellos desórdenes habían sido provocados por agentes de Moscú y que la policía, cumpliendo con su obligación, había disparado al aire: Era evidente que los muertos volaban. Clemente Auger, por primera vez, procesó a los policías implicados. Luego serían absueltos.

Pongo estos dos ejemplos, entre cientos, porque el primero, por su brutalidad, sirve para ver qué sucede cuando la fuerza se usa de manera desproporcionada e injustificada. Bien es verdad que aquellos tiempos eran muchísimo más duros que estos, por mucho que estos lo sean, pero aquellas actuaciones vandálicas sólo trajeron odio y rencor. El otro, que lo viví en primera línea, para que sepamos diferenciar entre lo de entonces y lo que ahora sucede en Catalunya. España es un país muy dado a olvidar páginas enteras de su pasado y a rememorar otros que no fueron tal como hemos soñado o nos han contado: Salir a la calle entonces, en muchísimas ocasiones, era jugarte la vida, y lo mismo daba que la manifestación fuese pacífica que en ella sucediese algún hecho violento, lo mismo que tuviese como escenario Madrid, que Bilbao, Sevilla, Barcelona o Almadén. La muerte volaba en todas direcciones.

Lo que está haciendo el Gobierno de la Generalitat está fuera de la Ley. Para mí eso no tiene ninguna discusión, puesto que es Gobierno no por la Gracia de Dios ni por generación espontánea, sino porque existe una Constitución que contempla y protege la autonomía de Catalunya y, por tanto, da carta de naturaleza a ese Gobierno y a ese Parlamento que, de otro modo, no existirían. Sin embargo, tampoco se puede dudar que estemos ante un conflicto político sobrevenido por razones de muy diversa índole y que se está enquistando por falta de diálogo. No creo -aunque soy totalmente falible- que Catalunya vaya a independizarse ni a constituirse como una República, porque para eso quienes apoyan dicha opción tendrían que derrotar por las armas a quienes las tienen, escenario que pienso nadie en su sano juicio –si es que queda alguien en esas circunstancias entre los que mandan- desea ver. España ha sufrido demasiado a lo largo de su historia por la incompetencia y la brutalidad infinita de unos gobernantes que en demasiadas ocasiones han estado más al servicio de una clase social -la de los plutócratas y reaccionarios- que al del pueblo, al que no han dudado en machacar cuantas veces consideraron necesario.

Es más que evidente que el Gobierno que preside Mariano Rajoy tiene un concepto autoritario de la política, su recurso a la legalidad vigente, a su cumplimiento inexorable cae de bruces cuando vemos cómo cumplen esa legalidad personas que han robado miles de millones de euros al Erario, provocando con su actitud una disminución palmaria de los dineros que son necesarios para mantener los servicios públicos más esenciales, y minando la confianza que los ciudadanos han de tener en las instituciones públicas democráticas, cosa que, por otro lado, también han hecho partidos que hoy rigen los destinos de Catalunya; cuando hemos contemplado cómo se ha enviado a la cárcel sin más a unos tirititeros por representar una obra de teatro. Pero aunque fuese el Gobierno más honrado del mundo -entonces nada de esto habría sucedido-, resulta incomprensible esa negativa constante a sentarse en una mesa con el contrario hasta intentar llegar a un acuerdo por todos los medios. Sólo en ese caso, transcurrido el tiempo que fuese necesario para negociar, sabiendo que en una negociación ambas partes tienen que ceder y mucho, la negativa a la transacción legitimaría el uso de otros procedimientos. No es el Govern que dirige -¿?- Puigdemont un ejemplo de diálogo, tampoco, entre otras cosas el Parlament de Catalunya está cerrado desde hace casi un mes y sólo se abre cuando ellos quieren, pero resulta llamativo que el Sr. Rajoy y sus compañeros, vayan cayendo una vez y otra en las trampas para principiantes que les tienden, contribuyendo con su torpeza y su estrategia a amplificar un conflicto que, probablemente, no habría ocurrido con otro gobierno estatal más dado a la reflexión, al diálogo y a la comprensión de las demandas del otro. Sería, por tanto, un acto de patriotismo verdadero que ante estas circunstancias, Rajoy diera paso a otros más proclives a arreglar las cosas con la palabra. Pero eso, lamentablemente, de momento, no va a suceder.

España vive un momento delicado debido a que las políticas de Madrid y Barcelona han buscado, de un modo u otro, la confrontación y la victoria, dejando la cordialidad que debe conducir el trato entre hermanos, para el día de la derrota, desde una posición de fuerza. Ante ese disparate, sólo me permito recordar aquellas memorables frases de Don Miguel de Unamuno al oír de boca de Millán Astray el grito terrorífico de ¡Viva la muerte! “Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.” Es hora de convencer y de dejarse convencer. El otro camino ya sabemos cómo se anda.

La ley y la política, dos caras de una misma moneda