domingo 9/5/21

No son antifascistas

Arden las calles. En Barcelona, Madrid, Valencia y varias ciudades más nos hemos dado de bruces con una nueva versión de violencia urbana. Las redes sociales se llenan de vídeos. En alguno hemos visto a policías acorralados por individuos que les arrojan toda clase de objetos. En otros cómo los antidisturbios cargan. En casi todos: llamas que lamen los balcones, contenedores volcados, papeleras reventadas y vecinos asustados que intentan apagar el fuego que amenaza con extenderse a sus viviendas.

Y claro, a la derecha la ha venido Dios a ver. Si llega a adivinar este lío Casado quizás no hubiera sacado de la chistera el conejo del cambio de sede para distraer al personal tras el batacazo catalán. Vox aprovecha para clamar contra el gobierno “ilegítimo” y así tampoco se habla del discurso nazi de una falangista en un cementerio del ayuntamiento de Madrid, cogobernado por el PP y Ciudadanos con su apoyo, que ha borrado los versos de Miguel Hernández donde fueron fusilados miles de presos políticos de la dictadura.

Los alborotadores le están echando una mano inmensa a la derecha. No son antifascistas. No van contra ningún estado fascista, sino contra la democracia. 

He escuchado a una representante del Sindicato de Estudiantes que acusaba a la policía de iniciar los desmanes. Según parece este grupo opina que, cuando los funcionarios policiales se despiden de su familia para ir al trabajo, en realidad van a buscar bronca. Es decir, como si otros funcionarios, dígase médicos, fueran al hospital pensando “a ver a cuántos infecto hoy”. Los policías son empleados públicos, cuya función es la protección de los derechos de los ciudadanos, como la de los sanitarios es el cuidado de la salud. Eso no quiere decir que todos hagan siempre bien todo. Los que cometan tropelías se enfrentarán a expedientes disciplinarios o a responsabilidades penales y algunos, por ello,están ahora en prisión. En democracia los agentes de seguridad del Estado no pertenecen a cuerpos represivos de los ciudadanos y deben cumplir las órdenes de sus superiores sujetos a la legalidad constitucional.

Un señor que quiere vivir de desearles la muerte a los demás, no es un defensor de la libertad de expresión. Como no lo es quien justifica el Holocausto

El detonante de los disturbios dice ser la detención del tal Hasél, pero esta es una mera percha de la que colgar el vandalismo. Porque, en el supuesto caso de que fuera un error ¿qué culpa tienen el quiosquero al que le han destrozado su medio de vida, el comerciante que ha visto desaparecer su escaparate o el ciudadano que ha encontrado su moto reventada?

Un señor que quiere vivir de desearles la muerte a los demás, no es un defensor de la libertad de expresión. Como no lo es quien justifica el Holocausto. No se puede amparar a quien canta que merece que explote el coche de Patxi López o que no le da pena el tiro en la nuca a un militante del PP. Consentir eso abriría el paso, primero verbal y quizás luego efectivo, a quienes propugnan la violencia política, selectiva o masiva. Y eso no es antifascismo, más bien todo lo contrario.

Que se castigue con cárcel o con penas alternativas, es harina de otro costal. Acaso serían más útiles condenas a trabajos en beneficio de las víctimas del terrorismo o a prestar un servicio social en centros de atención a inmigrantes. Pero no pueden, las barbaridades expresivas o las falsedades históricas genocidas, ser cubiertas por la libertad de expresión, ni como supuesto arte, ni como nada.

Los dirigentes políticos como Echenique, que se manifiestan comprensivos hacia quienes convocan las algaradas, confunden los términos del silogismo. Constantemente se celebran manifestaciones sin ningún problema de orden público porque no estamos en una dictadura. Ni siquiera cuando la sufríamos, los antifascistas justificábamos la violencia.

Todos estos “izquierdistas a la violeta” no olviden que los que ahora asaltan los parlamentos democráticos ya no llevan tricornio, sino pieles de lobo y cuernos de bisonte.

No son antifascistas