viernes 7/5/21

Aguirre y Cifuentes y González

Las dos candidatas de Rajoy cumplen con los requisitos expuestos. Son malas, muy malas, y son conocidas, muy conocidas...

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Fíjense en que ese cálculo es, desde el principio hasta el fin, vieja política. Produce estupor y una pizca de incredulidad el procedimiento de selección de candidatos que utiliza el PP. No hay programa, solo entramado

Mariano contra el mundo: un reto apasionante. Tantos candidatos noveles de todos los colores, y el viejo galápago se decide –en la hora undécima, como es su costumbre inveterada– por el ticket electoral para Madrid que cualquier conocedor de sus mañas podía anticipar desde hace meses: Esperanza en la alcaldía, Cristina en la comunidad.

Rajoy cree a pies juntillas en los refranes de las viejas junto al fuego. Para la ocasión: más vale malo conocido que bueno por conocer. Sus dos candidatas cumplen con los requisitos expuestos. Son malas, muy malas, y son conocidas, muy conocidas. Ahora bien, puesto en esa tesitura ¿por qué no ha dejado Mariano que repita Ignacio González?

Se habla mucho de un ático en Estepona, pero ese no es con toda evidencia el dato sensible: muchos áticos de muchas Esteponas no han movido de la candidatura oficial para diferentes poltronas a morlacos morrocotudos de cinco y de seis hierbas. Pongamos que hablo de Barberá, De la Riva, Monago… Añadan ustedes los etcéteras que prefieran, no será por falta de nombres.

Entonces, ¿cuál es la gracia de Cristina por Ignacio? Hay explicaciones para todos los gustos. La mía: Cristina no importa, está ahí como Poncio Pilatos en el credo. Mariano se siente obligado a agradecerle servicios prestados, y sabe que no dispone ya de mucho tiempo ni de muchas opciones para dedicarlas a agradecimientos. La presidencia de la Comunidad bien puede convertirse en un caramelo envenenado; en caso de perderla, e incluso en caso de ganarla. Con todo, es el regalo que Cristina desea, y eso le basta a Mariano por el momento.

La pareja crítica entonces es Esperanza/Ignacio. La entrada de Cristina obliga a optar por uno de los dos. Son dos “críticos”, dos ambiciosos sin medida. Mariano se lleva igual de mal con los dos, pero necesita asegurarse el caladero de votos que aporta esa corriente, dado el caudal muy mermado de su propio carisma. Madrid pesará en el resultado del PP en las generales, y Mariano necesita una combinación de fieles y de críticos para que todo el activo del partido se movilice y sume en su favor. Y ahí está la clave. Si le resulta necesario, como parece, tolerar bajo su sombra las ambiciones desmedidas de un barón crítico, siempre es preferible, incluso en términos de arrastre electoral, el barón (la lideresa) número uno del escalafón, que el número dos.

Fíjense en que ese cálculo es, desde el principio hasta el fin, vieja política. Produce estupor y una pizca de incredulidad el procedimiento de selección de candidatos que utiliza el PP. Todo es vertical, todo es digital (en el sentido del dedazo), todo obedece a equilibrios internos coyunturales y correlaciones de fuerzas efímeras. No hay programa, solo entramado. No hay política de cuadros, ni vías de promoción distintas del favoritismo caprichoso ejercido por los dinosaurios del partido. Todo se reduce a oligarquía y caciquismo, según un diagnóstico que Joaquín Costa emitió en 1901, hace ya un siglo más un buen pico de años.
Una nota característica de las grandes crisis estructurales es que mientras lo nuevo forcejea por nacer, lo viejo se resiste a morir. Atención al dato: no faltan ejemplos de ocasiones en las que lo viejo vence a lo nuevo. Por más que lo viejo se sepa condenado por la historia (esa alcahueta), su instinto le empuja a morir matando.

Aguirre y Cifuentes y González