sábado 19/6/21

La complejidad de la política y la responsabilidad del intelectual

Uno de los modos de desprestigiar la política es la generalización, mostrándola como un territorio poblado de seres egoístas, irresponsables y ajenos al interés común. Manuel Rico aborda críticamente en este artículo las recientes declaraciones de Antonio Muñoz Molina sobre la situación del país.  

Leí hace casi dos meses la tribuna libre de Antonio Muñoz Molina “La otra pandemia” publicada en el diario El País el pasado 27 de septiembre. Me llamó la atención por la contundencia indiscriminada con que enjuiciaba la situación política en España. Me pregunté entonces: ¿Hay “otra pandemia” en Estados Unidos similar a la aludida por el autor de El jinete polaco? ¿Y en el Reino Unido, todavía embarcado en el envenenado clima derivado del Brexit? ¿Y en Brasil, en Hungría? Pensé en países en los que la tensión política vinculada a la crisis de la Covid 19 ha alcanzado cotas similares a la que se ha generado en España para situar el contexto en términos de racionalidad y huir del lugar común y del juicio fácil con que Muñoz Molina descalificaba a nuestros políticos. Con el paso de las semanas, me olvidé del artículo hasta hace unos días, cuando tropecé con sus respuestas en una entrevista que, con motivo de la entrega del Premio Médicis, le hizo la periodista Marisol Teso para el periódico digital Nius. En ellas ratificaba con creces las afirmaciones de la tribuna de septiembre. Un ejemplo más que ilustrativo: “Tenemos unos dirigentes políticos de una bajeza y de una incompetencia escalofriante”. Brutal.

Delimitar donde está la responsabilidad de la envilecida situación que vivimos es no solo una obligación moral, sino una exigencia de rigor y honestidad intelectuales

La necesaria objetividad, la sutileza y el rigor intelectual son imperativos de todo análisis en este tiempo de tensiones y negacionismos. Es decir, el reverso de las palabras de Muñoz Molina. Recuperé las preguntas que me sugirió su tribuna y añadí, a la luz de la entrevista posterior, un interrogante: ¿Son “los políticos” o, por decirlo en un término tan inexacto como manido, la llamada clase política de esos países —EE. UU. Reino Unido, Brasil, Hungría— responsables indiferenciados del clima que los sacude? Del mismo modo que Biden y el Partido Demócrata nada tienen que ver con la pulsión antisistema y autoritaria de Trump y el trumpismo, en cada uno de los otros países existe un factor que tiene nombre y apellido o sigla política, decidido a romper la línea de racionalidad, consenso y civilidad democrática en los debates, en la formulación de respuestas a los problemas, en la vida política en definitiva.

Este tiempo, sin precedentes en la Historia, está cruzado por una anormalidad que, pese a no ser nueva, ha cobrado un impulso inquietante y, con él, contornos antidemocráticos: el populismo. Sobre todo, el que se nutre de las ideas más conservadoras. Es un populismo de nuevo cuño con dos derivadas: la directa, que es la que se refleja en bulos, falsedades y burdas simplificaciones de las respuestas a los problemas, y la indirecta, que condiciona las réplicas de la sociedad civil a través de sus intelectuales, que hacen malabarismos para no ser alineados con personalidades o partidos políticos que se oponen a ese populismo. En otras palabras, reparten la responsabilidad a partes iguales entre unos y otros, allanando así el camino a la manipulación que desde el negacionismo se ejerce contra la razón y contra la ciencia, una manipulación “sin complejos” que no atiende a razones ni a fehaciencias históricas y que cultiva con soltura el fake news. La visión de la realidad y de la política de personajes como Trump, Orban, Bolsonaro, Boris Johnson o, en un plano distinto, Mateo Salvini  o Abascal parte de una concepción de la política sustentada en la mentira y en la falta de cautelas para agrietar los cimientos de la democracia parlamentaria y enterrar principios de convivencia asentados desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En los citados países. Y en España.

Los intelectuales, amparados a veces en apelaciones a la complejidad, tendemos a sortear en nuestro análisis planteamientos que nos “señalen” o nos sitúen en los aledaños de una sigla, no sea que nos vayamos a “contaminar”. Una actitud poco racional, sobre todo cuando la Constitución destaca el esencial papel de los partidos en la “formación y la manifestación de la voluntad popular” y en la participación política. Es evidente que, desde la moción de censura de junio de 2018, vivimos en un ambiente ajeno a la racionalidad, tenso, tendente a la hipérbole y al tremendismo y olvidadizo de la experiencia histórica y de sus lecciones. Su sustento, desde el minuto uno, ha sido y es la deslegitimación del gobierno que salió de ella y el empeño en situarlo fuera del ámbito constitucional. También lo es que por vez primera desde el comienzo de la transición el Ejecutivo lo conforman dos fuerzas de izquierda, una de profundas raíces y dilatada tradición como el PSOE, otra nacida en la insatisfacción y los ecos del 15 M que conecta con una tradición antisistema y crítica con algunos valores de la transición y que se reclama de un republicanismo, a mi juicio, más capilar que meditado.

Los intelectuales tendemos a sortear en nuestro análisis planteamientos que nos “señalen” o nos sitúen en los aledaños de una sigla, no sea que nos vayamos a “contaminar”

¿Se ajusta a la realidad afirmar que contamos con una “clase política” que, en su conjunto, “se ha convertido en un obstáculo no ya para la convivencia civilizada, sino para la sostenibilidad misma del país, para la supervivencia de las instituciones y las normas de la democracia”, tal y como afirmaba Muñoz Molina? Si eso fuera así, estaríamos ante el abismo. ¿Cuál sería el recambio de esa “clase política” en semejante escenario? ¿Cómo habría de producirse esa sustitución? Sólo imaginar la respuesta produce vértigo y nos lleva a evocar la metáfora del aprendiz de brujo. No es posible estar de acuerdo con esa visión en la que los políticos (así, en general) son unos insensatos que ”no tienen capacidad de dirigirse con generosidad y elocuencia al común de la ciudadanía que representan” (AMM dixit). Es decir, políticos dedicados a sí mismos a los que la sociedad en nada les interesa: egoístas, perversos, incompetentes. Sin distinciones.  

Delimitar donde está la responsabilidad de la envilecida situación que vivimos es no solo una obligación moral, sino una exigencia de rigor y honestidad intelectuales. Es obvio que el gobierno ha cometido errores, que algunos de sus ministros han sido imprudentes al abrir debates innecesarios en tiempo de crisis sanitaria, pero es un insulto a la inteligencia transmitir la idea de que “todos son iguales”. No hay más que revisar el proceso político que, en paralelo a la pandemia,  se inicia en marzo y se prolonga hasta hoy mismo, para evidenciarlo: todos recordamos la propuesta de una reedición de los pactos de la Moncloa para la reconstrucción social y económica del país; todos hemos asistido a un catálogo de medidas de protección a los sectores más vulnerables puesto en marcha (pese a los tropiezos administrativos y los cuellos de botella que se han producido y que han retrasado pagos o dificultado reconocimientos de derechos) con resultados positivos, a la permanente apelación desde un lado del parlamento a la unidad frente a la pandemia, y a la demanda insistente de acuerdos constitucionales para renovar órganos decisivos como el CGPJ, el Tribunal Constitucional o el Consejo de RTVE, o a la batalla, inimaginable en cualquier país de nuestro entorno, que supuso cada ampliación del estado de alarma antes del verano, siempre en el filo de la navaja que diría Somerset Maugham, o la ofensiva contra las propuestas gubernamentales planteadas en Europa en torno a creación del Fondo de Reconstrucción post Covid…

¿Cómo es posible que pactos que suscriben empresarios, sindicatos y gobierno a partir de consensos mayoritarios en Europa, tengan en contra a un partido que ha sido gobierno durante varias legislaturas?

Revisando esa cadena de propuestas o actuaciones, se advierte un hilo conductor: todas han contado con la oposición, entre vehemente e irracional, de los partidos de la derecha con puntuales excepciones de Ciudadanos. No ha habido ni una sola rueda de prensa conjunta oposición-gobierno explicando planes acordados, ni una sola coincidencia en los debates parlamentarios de iniciativas diversas. La evidencia es que el Partido Popular ha decidido obstaculizar cualquier acuerdo en una suerte de seguidismo de las posiciones de la derecha extrema, poniendo en primer plano sus preocupaciones partidistas, algo que, curiosamente, tiene precedentes históricos contundentes: nunca en la oposición, en los años que llevamos de democracia, suscribió pacto institucional alguno. Lo más llamativo (y grave) es que contrasta con la realidad a la que asistimos en el ámbito económico y social: empresarios, trabajadores y gobierno llegan a acuerdos de largo alcance en materia de empleo, en la adopción de medidas extraordinarias, incluso en el diseño del Ingreso Mínimo Vital. ¿Cómo es posible que pactos que suscriben empresarios, sindicatos y gobierno, en muchos casos a partir de consensos mayoritarios en Europa, tengan en contra a un partido que ha sido gobierno durante varias legislaturas?.

Al final de su artículo, Antonio Muñoz Molina, tras haber igualado en culpa y responsabilidad a todos los representantes políticos en una sucesión de afirmaciones más propias de una tertulia que de una reflexión, denuncia la “saña destructora” de la derecha concentrándola en los días más oscuros del confinamiento. Evita dar el salto y diagnosticar y analizar la verdadera raíz del problema: la pérdida de respeto a la verdad, la instalación de partidos como el PP y Vox, en la estridencia como eje de todo debate, y el uso de clichés y argumentos (por llamarlos de algún modo) que, lejos de mirar al futuro y a la razón, miran a un pasado negro dulcificándolo, y pisotean consensos esenciales y verdades establecidas incluso en el ámbito académico e histórico (abochorna la exclusión del callejero de Madrid de los nombres de Largo Caballero y Prieto, o el borrado de los versos de Miguel Hernández del cementerio de la Almudena, o el desprecio a la memoria de las Trece Rosas), algo inimaginable, en las peores pesadillas, hace solo una década. Ni en la tribuna del 27 de septiembre, ni en la entrevista de Nius, el escritor jienense ha mostrado la fina capacidad de análisis que se ha de presumir de un intelectual. Más que de equidistancia cabe hablar de brocha gorda.  

(*) Manuel Rico. Escritor y crítico literario. Su último libro publicado es Escritor a la espera. Diarios de los 80 (2019).

La complejidad de la política y la responsabilidad del intelectual