domingo 18/4/21

Que tu lengua no pregone tu vergüenza

salvados

En La comedia de las equivocaciones, William Shakespeare, hacía referencia al título de este artículo. Yo prefiero hablar de infamia, para calificar las palabras de Pablo Iglesias a propósito de la comparación que hizo del prófugo Puigdemont con el exilio republicano. No es un error, una frase desafortunada o un desliz. Es una canallada.

En 2017, el independentismo catalán lanzó un desafío al Estado, violentó las leyes y el orden constitucional, y dijo hacerlo en nombre de la libertad y la república catalana. Pero la libertad y la democracia se rigen por leyes que aprueban las y los representantes de la ciudadanía elegidos en las urnas. Y entre ellas, la norma suprema de un país, la Constitución. Y quien incumple las leyes en democracia comete un delito. Quien huye de una democracia para evitar ser juzgado es un prófugo. Y los dirigentes políticos que, tras ser juzgados, fueron condenados a penas de cárcel (quizás, demasiado severas) son políticos presos.

Con la excusa de “no criminalizar el independentismo”, invocada a posteriori, Pablo Iglesias, comparó la conducta del ex president de la Generalitat, Carles Puigdemont, con lo vivido por el exilio republicano a finales de los años treinta del pasado siglo. Uno huyó de la democracia. Otros de la tortura, la cárcel o la pena de muerte de la dictadura resultante del golpe de estado, que el criminal de guerra Francisco Franco lideró en 1936. Y que nadie busque en las palabras de Iglesias, intentos toscos de manipulación informativa. Esta es la secuencia de la pregunta del periodista Gonzo y la respuesta de Iglesias en el programa SALVADOS: “¿Lo considera (a Puigdemont) realmente un exiliado, como se exiliaron muchos republicanos durante la dictadura del franquismo? E Iglesias responde: “Pues lo digo claramente; creo que sí”.

Una canallada

No hay justificación que valga. La respuesta de Pablo Iglesias sobre la condición de exiliado de Puigdemont y su analogía con el exilio republicano es una canallada; si me apuran, una canallada por partida doble. Considerar a Puigdemont un exiliado y establecer una semejanza con los centenares de miles de personas que tuvieron que salir de España, muchas de ellas en graves condiciones de escasez y desnutrición, constituye una vileza.

Por su contundente evidencia, no parece necesario insistir con muchos más datos en la indignidad de esta analogía. Sin embargo, me parece oportuno apuntar uno: por la frontera de Catalunya con Francia, atravesando montes y rutas abruptas, abandonaron el país centenares de miles de personas huyendo de la hambruna, la represión y la guerra. Según un informe oficial de marzo de 1939, una gran parte de los 450.000 refugiados en Francia tuvieron que afrontar duras condiciones de vida, que se agravaron con el estallido de la segunda guerra mundial. Francia, México, Argentina y la Unión Soviética fueron los principales países de destino del exilio español, aunque no los únicos.

Por esa misma frontera, el 30 de octubre de 2017, a través de la autovía, en un coche de alta cilindrada, y huyendo de un país democrático, salió clandestinamente Carles Puigdemont hacia una confortable residencia en Waterloo, a 25 kilómetros de Bruselas. En la actualidad, este valiente exiliado ejerce de eurodiputado, cual paria de la “imaginaria república catalana”.

Pablo Iglesias conoce esta realidad, y por eso cobran mayor trascendencia sus palabras, que rompen cualquier lazo de complicidad política y emocional con la cultura del antifranquismo y la lucha por la libertad. ¿Qué militante de la izquierda sindical o política que se jugó el pellejo en la dictadura, peleando por la democracia y los derechos de las trabajadoras y trabajadores puede entender semejante afrenta? ¿Qué pueden tener en común un independentista catalán, arropado por la burguesía local, en la España democrática, con el exilio republicano que huyó de la represión, la miseria y la muerte? No son solo dos periodos históricos distintos. Es que no hay NADA que pueda ser comparado: ni la condición humana, ni la política, ni la colosal diferencia de dignidad entre un prófugo y una exiliada/o republicano.

Y a pesar de todo

A veces se echa en falta una mayor capacidad de liderazgo del presidente del Gobierno, al que veo algo desorientado en las últimas semanas. Algunas personas delante de un micrófono son un campo de minas. Iglesias hace tiempo que lo es. Y el presidente debe poner pie en pared en determinados momentos. El gobierno de coalición sigue siendo imprescindible, si queremos garantizar políticas públicas que atiendan a los sectores más vulnerables. Poner en cuestión desde la izquierda este gobierno, con las derechas trumpistas que tenemos enfrente, no parece un ejercicio de sensatez progresista. Pero debemos ser más exigentes desde la izquierda con algunas decisiones y conductas del gobierno y de algunas de las personas que lo integran.

La buena gestión que, en general, ha hecho el ministro Illa y el compromiso cumplido de disponer de la vacuna antes de finalizar 2020, con ser una buena noticia, no es suficiente. Hay que recuperar la iniciativa en el combate contra la pandemia y hay que echarle más coraje ante los cantos de sirena de la iglesia, ciertos poderes económicos y algún que otro vocero de la libertad camuflada. Sánchez y los presidentes autonómicos nos propusieron salvar la Navidad y lo que ha ocurrido es que hemos sacrificado la salud pública. Fernando Simón habló de “algunos excesos en las reuniones familiares de diciembre”. Los que ellos y los gobernantes autonómicos permitieron. Y ahora lo estamos pagando.

Por tanto, urge un nuevo impulso en la acción de gobierno y una mayor osadía para no caer en la resignación y la melancolía.

Que tu lengua no pregone tu vergüenza