viernes 14/5/21

Muerte y resurrección

Ese bicho asqueroso llamado Covid ha supuesto la muerte de muchas cosas, pero debería ser el impulso necesario para que otras muchas puedan nacer o resucitar y aportar nuevas formas de entender vida, trabajo y estructuras organizativas. Muchos negocios han tenido que cerrar y otros muchos lo harán en el futuro, pero si analizamos su verdadera situación antes de la llegada de la pandemia, ya estaban heridos de muerte. Eran —y son—  negocios con enormes dificultades adaptativas, incapaces de seguir el ritmo de los cambios impulsados por la sociedad de la información. 

A muchos, la herida se la ha causado la inacción de la propia Administración, que en ningún país ha sido capaz de organizar el nuevo mercado con un mínimo de lógica, equidad y sensatez, dejando a los pequeños indefensos ante la avalancha. El mejor ejemplo podría ser el de Amazon, que vende en todo el mundo sin tributar adecuadamente en ningún lado.

Dicho esto y con toda la pena por los muertos de hoy y de mañana, deberíamos ser conscientes de la enorme oportunidad que esta misma revolución tecnológica y los cambios surgidos en la pandemia representan para otras áreas que pueden, hoy, surgir de sus rescoldos con un brillo esplendoroso y olvidarse del abandono, la dejadez y el olvido. Entre otras posibilidades, me estoy refiriendo a esa España Rural, hoy en retroceso y que debería convertirse en un espacio de futuro con el apoyo prioritario del Gobierno y de todos los partidos políticos.

Me da la sensación que vivimos una época tensionada por pulsiones contrarias y que esperan: o llega la ayuda de lo público, o su abandono. Sólo triunfará una. La capacidad de conexión de hoy en día -si se universaliza y permea toda la geografía - facilita el trabajo a distancia y la dispersión de una población muy cualificada hacia zonas y áreas que hace 15 años ni soñaban con la posibilidad de contar con vecinos que aportaran esas rentas. Para el despoblado territorio rural español, eso puede ser una bendición que hay que consolidar y apoyar de forma prioritaria.

Yo vivo en una localidad muy cercana a Madrid que ya padece la amenaza del abandono: los bancos cierran sucursales,escatiman horarios y el porvenir es oscuro para sus clientes, obligados a ir a otras localidades o hacerlo todo vía internet. Esa tendencia es un disparo en la nuca para el posible retorno al ámbito rural, abandonado y despoblado, sin duda. ¿Cómo se va a solucionar? ¿Pueden los bancos asumir estructuras comunes que reduzcan los costes y mantener los servicios que necesitan sus clientes? Es posible que los nuevos “colonos” no tengan problemas con el uso de las redes,pero los actuales pobladores sí. A estos hay que cuidarlos, sin duda.

También habrá que resolver el mantenimiento de las infraestructuras mínimas que hacen posible el retorno pretendido: sanidad, educación, comunicaciones, carreteras…

En definitiva, es la política la que debe facilitar el diseño de un nuevo tejido territorial que convierta en realidad las inmensas oportunidades que, en teoría, nos ofrece esta revolución.

Hace unos diez mil años que el ser humano inició el camino de la agregación que la agricultura le posibilitaba y hoy podemos invertir ese camino y seguir acometiendo tareas comunes sin la necesidad de compartir el espacio. Las modernas construcciones sociales no son pirámides: son diseños, trabajos de alto valor añadido, programaciones, elaboración de estrategias, inteligencia artificial, diseño de algoritmos, análisis de datos y un sinnúmero de tareas y trabajos que no eluden las relacionadas, directamente, con el trabajo físico y la tierra recuperada que espera ser atendida de nuevo. Nadie cuida del monte para evitar los incendios; casi nadie pastorea en los baldíos o mantiene labores tradicionales que evitaban incendios y mantenían vivo el tejido económico que debemos recuperar.

Seguimos pensando, creo que equivocadamente, en estructuras laborales fijas con 35 o 40 horas de trabajo semanal dedicado a tareas que van a ser realizadas por máquinas o programas y olvidamos que el futuro humano se centra en tareas de alto valor y en el diseño del trabajo mecánico, no en su ejecución. Tampoco debemos seguir pensando en las tareas agrícolas o de cuidado del terreno como un trabajo de segunda, ni mucho menos: además de poder dar soluciones creativas al futuro problema del paro, deberían estar potenciados como algo imprescindible para la sociedad entera.

La pandemia nos ha mostrado una realidad que hemos querido ignorar: la insalubridad del hacinamiento en las grandes poblaciones,algo que los arqueólogos están empezando a documentar y que nos descubre la realidad de los primeros asentamientos agrícolas. Vivían menos, de forma menos saludable, las enfermedades campaban a sus anchas y el cambio de vida de la caza y recolección al asentamiento agrícola nos hizo más débiles, enfermos y violentos.

Hoy podemos recuperar una dinámica distinta, más cercana, más humana y alejada de la enorme exigencia física y emocional propia de las vida en esas macro¿ciudades? que se vislumbran en el futuro. Cuando el área conurnbana de Pekín se acerca a los 100 millones de personas, parece necesaria la creación de un nuevo nombre para tamaña locura, me parece.

Hay un futuro que nace de la destrucción, como ha pasado siempre, pero ese futuro no va a llegar sin que la política diseñe su realidad, sus nuevos espacios, sus posibilidades y convierta los baldíos en esa nueva tierra prometida donde manen la leche y la miel de una nueva sociedad. Lo que nos hace falta ahora es ponernos a trabajar, diseñar los planes apropiados y por favor, que esos planes sean de todos y para todos, sin excepción.
 

Muerte y resurrección