domingo 16/5/21

Eutanasia = Dignitas

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El suicidio de Seneca | Manuel Dominguez Sanchez (1871)

España entra en el pequeño club de naciones sensatas que permiten la aplicación -hiper controlada - de la eutanasia. Es una noticia muy buena se mire por donde se mire, pero como siempre en los avances sociales y conceptuales, la reacción enarbola las banderas de las grandes tragedias y del fin de la civilización. No me voy a remontar al origen del tabú social y religioso sobre el suicidio según mi particular visión de la cosa -la disminución de las fuerzas militares del grupo - pero sí me gustaría detenerme en dos aspectos que me parecen importantes: la empatía con el sufrimiento del enfermo y la dignidad.

La reacción, la misma que clama por la libertad sin límites, incluso para cocerse como un piojo y conducir sin que nadie le diga nada según la versión de J.M. Aznar, clama por lo que llaman legalización del asesinato, la falta de necesidad o demanda social por la norma y se olvidan -a ellos no les afecta - de los miles de enfermos que sueñan con la liberación de su condena física gracias al descanso que les proporcionará la muerte.

El discurso de Casado al respecto es un ejemplo de desprecio infinito hacia el sufrimiento del semejante. Ni un detalle en todo su parlamento acerca de la comprensión o compasión por la situación del enfermo que desea la muerte; ni una palabra de solidaridad o consuelo; nada acerca de la imposibilidad de conciliar sus creencias religiosas con la aplicación de la eutanasia. Todo se reduce a una argumentación política contra el enemigo que pone en marcha la ley y ni una palabra sobre el espanto de la situación de los que esperan. Es más: sólo se dice que “no hay demanda o necesidad social” olvidando a los pocos miles - por fortuna - que esperan la liberación de su cuerpo enfermo para acabar con el dolor y el constante sufrimiento en el que se ha convertido su vida. Lamentable y, sinceramente, creo que poco cristiano.

La liberación del dolor y del sufrimiento es una primera cuestión, pero la olvidada dignidad de la persona que conforma el discurso de la caverna es otra. La vida, para ser considerada como tal, debe ser digna, debe ser querida y debe ser satisfactoria. No hablo del supuesto que,a mi juicio,es el principal olvido de esta ley que es el desistimiento vital,hablo de ese cruel momento en el que la persona percibe que su dignidad se ha esfumado y que se ha convertido en un cuerpo doliente en cuya mente sólo cabe, el miedo al futuro, el dolor, el sufrimiento y la miseria física.

En esa situación, el hombre siempre ha tenido la alternativa del suicidio, aunque el formato ha dejado bastante que desear. Los romanos se arrojaban sobre la espada de sus años mozos, la que debían aportar como parte de la panoplia de un ciudadano libre que formaba en las legiones; los japoneses recurrían a la salvajada del seppuku y nuestros ancianos rurales de la península, se ahorcaban en los graneros. Todo ellos iban acompañados de una buena dosis de dolor y sufrimiento, aunque siempre se buscaban alternativas más suaves como la cicuta, el cortarse las venas dentro de una bañera caliente o espectaculares como la cobra de Cleopatra. La actualidad permite que esa decisión abandone el dolor y la parte trágica en favor de la ciencia médica y sus avances para dejar este valle de lágrimas de una forma suave y tranquila.

La más grande expresión de la libertad y la verdadera esencia de la consciencia humana es poder decidir no seguir jugando el juego según las reglas que le son impuestas contra su voluntad. La vida puede tener las características que cada cual entienda como correctas: maravillosa, espeluznante,un valle de lágrimas, anodina, creativa, un don divino...pero el ser humano debe poder decidir si quiere o no quiere seguir formando parte del juego. Mucho más si lo hace en un momento en el que su dignidad personal está comprometida y lo que le espera es la pura animalidad del dolor, o la realidad de un cuerpo sufriente y deshumanizado que se aferra a la tiranía de una vida sin esperanza. La vida, entonces, es una condena que se prolonga mucho más allá de la verdadera vida del sujeto;una condena inhumana que podemos y debemos evitar.

La eutanasia es algo tan conceptualmente natural y adecuado que hace décadas que la utilizamos como algo bueno con otros seres queridos que, para algunos, ocupan un lugar muy especial en nuestros ámbitos vitales. ¿Vamos a negar a nuestros padres, hermanos o semejantes aquello que les ofrecemos con todo nuestro cariño a nuestros perros, gatos o caballos? ¿Puede alguien ser tan poco solidario o comprensivo con el sufrimiento ajeno?

Eutanasia = Dignitas