sábado 19/6/21

¿Es posible una alternativa socialista?

La ciudadanía comprueba que la vida pública transita paralela a sus intereses y al drama individual y colectivo que representa asumir los costes de la avaricia de las minorías organizadas y ante lo cual encuentran un vacío absoluto en el vigente escenario político. En los vacíos intelectuales o políticos siempre hay que poner un peligro que los justifique, como cuando los conocimientos geográficos eran laxos y en medio de grandes vacíos en los mapas, se leía: hic sunt leones (Aquí hay leones). Es por ello, que los presuntos peligros de la demagogia, el populismo o la inestabilidad se esgriman ante el vacío creado por el hecho de que la política se haya convertido en un interminable acto de insinceridad donde la derecha dice defender los intereses generales de la ciudadanía cuando lo que defiende son los de las élites económicas y sociales y la izquierda abandona a su sujeto histórico, los trabajadores, para perseguir la inexistente sociología de una artificiosa y extinguida clase media y un fantasmagórico centro político.

Es la concreción de una estructura discursiva que impregna la sociedad de una perversa metafísica en la que el individuo se convierte en prisionero de las calculadas ambigüedades que le proclaman el centro del orden social en una sociedad de masas al tiempo que anulan su voluntad mediante la propaganda y la despolitización. Como señalaba Pierre Rosanvallon ser representado no es sólo votar y elegir un representante, es ver nuestros intereses y nuestros problemas públicamente, nuestras realidades vitales expuestas y reconocidas.

Ello representa que no haya ámbito del ser nacional ni resorte del Estado que no sufran el esguince paralizante de una crisis identitaria que produce un modelo inauténtico de sociedad. Sin embargo, en la vida pública se reproduce aquella frase que indignaba a Ortega siempre colgada en las dalmáticas y emblemas oficiales: en España no pasa nada. Goethe define al diablo como “Der geist, der stets verneint”, el espíritu que siempre niega. La palabra decisiva es “siempre”, lo que demuestra la monotonía de Lucifer, la monotonía que intenta imponer una realidad que niega la realidad de los demás por la inercia de hacerla cotidiana e inconcusa. Singularmente, estamos siendo sometidos a una nueva estratificación social, cuyos extremos son los desafiliados (Robert Castel), aquellos que van quedándose al margen del progreso, y las élites que se rebelan (Christopher Lasch), abandonando al resto de las clases sociales a su suerte, al tiempo que traicionan la idea de una democracia concebida para todos los ciudadanos. Se niega la realidad de las clases sociales y, como consecuencia, la existencia del conflicto aunque cada vez, en esa realidad negada, esté más vigente la clásica categoría del lumpemproletariado, último peldaño de la sociedad, culpabilizado de todas sus desgracias y de las ajenas, alienado y sin conciencia de clase que la irracionalidad de las élites extractivas ha reactivado privatizando al individuo, el pensamiento y la vida.

¿Cómo reinventar el espacio político en las actuales condiciones de descrédito institucional y desconfianza ciudadana? En clara oposición al artificioso centro liberal que presume de neutro, posideológico y defensor de la ley, habría que retomar la vieja idea de izquierdas que sostiene la necesidad de suspender el espacio neutral de la ley, en una sociedad que está generando tanta desigualdad. Porque resulta imposible no ser parcial cuando la misma neutralidad supone tomar partido. En este contexto, las fuerzas de progreso si no lo plantean así se diluyen en una desnaturalización que les hace perder su función y posición en la sociedad. La izquierda se sustancia, para no dejar de serlo o pasar a ser otra cosa, en la aceptación del carácter antagónico de la sociedad, la no existencia de la neutralidad, ya que la única forma de ser universal –que su voz sea la de la totalidad de la ciudadanía, el demos- es asumiendo el carácter radicalmente antagónico –es decir, político- de la vida social y, por ello, la necesidad de tomar partido. Y tomar partido es hacerlo por la parte más débil y mayoritaria de la ciudadanía.

Sin embargo, la socialdemocracia se ha autoeliminado al hacerse compañera de viaje de las políticas socialmente desreguladoras que han provocado tantos  destrozos sociales.  La izquierda ha olvidado su faceta más importante como es la emancipación de las clases populares y los más débiles socialmente, es decir, promover una perspectiva de construcción del futuro de la que nadie se sienta excluido. Este es el horizonte de progreso al que la socialdemocracia renunció y en el que la izquierda fracasó.

La quiebra del bipartidismo en nuestro país ha dejado al descubierto todas las excrecencias de las que el sistema se alimentaba. La severa crisis del PSOE es exponente de esa incapacidad autoinfligida de construir alternativas reales a las políticas conservadoras y que se ha manifestado con toda su crudeza en la defenestración de su secretario general y el bloqueo permanente a la configuración de mayorías de progreso por parte del viejo aparato y destacados barones para apuntalar en el gobierno a una desprestigiada derecha minada por una corrupción que supura por todos los cornijales del Partido Popular y de las instituciones controladas por los conservadores. Esta acción que ha generado el descontento de amplios sectores de la militancia, votantes y la perplejidad de la ciudadanía plantea ante las próximas primarias un dilema del que depende el futuro del Partido Socialista: ¿qué alternativa pueden crear aquellos que han llevado al partido a una confrontación con sus propias bases y los partidos progresistas confundiendo dolosamente por una parte la participación con asambleísmo y por otra políticas de izquierdas con populismo? ¿Qué relato de progreso pueden vertebrar los que estimaron que lo razonable es que el Partido Popular continuara en el poder? ¿Cómo podrán recuperar la confianza de los votantes y amplios sectores de la militancia manteniendo la misma contemporización con las políticas conservadoras? ¿De qué forma pueden recuperar la identidad ideológica aquellos que han contribuido de forma activa a desfigurarla?

Los militantes tienen la palabra, el PSOE y España necesitan que no se equivoquen.

¿Es posible una alternativa socialista?