domingo 7/3/21

Ni monarquía ni república: borboneo

Ante la imposibilidad de una monarquía como la británica o una república como la francesa, el régimen del 78 sólo puede garantizar y perpetuar el borboneo.
monarquia foto de familia

Si en el Reino Unido de la Gran Bretaña y Norte de Irlanda gobernara el Partido Comunista, la reina pronunciaría discursos marxistas-leninistas con la mayor naturalidad. Con motivo del referéndum para la independencia de Escocia, su Graciosa Majestad fue preguntada sobre su parecer sobre el mismo y respondió que la Corona era neutral y que el plebiscito era un asunto de los escoceses cuyos independentistas dejaron claro que fuera el que fuera el resultado en las urnas Isabel II seguiría siendo la reina de Escocia. No querían independizarse de la Corona, sino que como todo nacionalista querían un Estado propio con gobiernos propios aunque con la misma jefatura del Estado. Es muy fácil ser monárquico en el Reino Unido, porque la Corona no es beligerante, ni partidaria, ni ideológica, ni sectaria. Preside la iglesia Anglicana y protege a la masonería y todos saben que el monarca Carlos I perdió literalmente la cabeza –fue ejecutado en el Palacio de Whitehall- por desobedecer al Parlamento.     

El rey tiene un poder fáctico, sin ninguna institución que pueda fiscalizarlo y absoluta inviolabilidad en todo cuanto haga desde la jefatura del Estado, es decir, las mismas prerrogativas que tuvo el caudillo

Más de un siglo de la política británica se ha fundamentado en un eslogan compartido por la izquierda y los conservadores: “Hay que limitar el poder de la Corona”.  Y esa conjunción de criterio se ha sustanciado en una carencia absoluta de poder político de la Corona a favor del gobierno elegido democráticamente. Nada más distante de lo que ocurre en la Monarquía posfranquista española, donde todo es contrario a la trayectoria histórica y al carácter institucional que definen a los tronos europeos. Las coronas continentales se consolidaron en la historia reciente mediante una fuerte actitud irreductible contra el fascismo mientras la que inaugura Juan Carlos de Borbón nace de los entresijos de ese mismo fascismo. El rey tiene un poder fáctico, sin ninguna institución que pueda fiscalizarlo y absoluta inviolabilidad en todo cuanto haga desde la jefatura del Estado, es decir, las mismas prerrogativas que tuvo el caudillo.

Todo esto está blindado en la Constitución cuya defensa se encarga a las Fuerzas Armadas de las que el monarca es el jefe supremo. Esta calígine institucional y legal supone que la Monarquía de los borbones sí sea beligerante, partidaria, ideológica, sectaria e intente condicionar el mandato ciudadano enfrentando el poder del Estado a fuerzas políticas legales y a su electorado. Cuando en su momento el rey emérito quiso deshacerse de Adolfo Suárez por haber llegado el entonces presidente del Gobierno demasiado lejos, según el monarca y su entorno, en el proceso democratizador de la transición, Suárez se lamentaba de que Juan Carlos I le quería borbonear. Fueron momentos tensos en los que el político de Cebreros, apelando a los votos obtenidos, se negó a hincar la rodilla ante un monarca que quería barajar como cartas los gobiernos arguyendo que, además de sucesor de Franco, era el heredero de “diecisiete reyes de su familia con 700 años de historia” en España. Es decir, que el poder no es compartido porque la transición supuso que el agente reformista fuera el mismo Estado y no la sociedad. Cuando el rey borbonea sale a escena la exposición de un poder no ya de poca pulcritud democrática en su esencia constitutiva sino poco adicto a la centralidad política de la soberanía popular. El régimen político está constituido por los que poseen el dominium rerum, el dominio de las cosas, el poder, que en el caso del régimen de la transición siempre es el mismo y tiende insensiblemente a concentrarse, no a difundirse y a lo incondicionado y donde el monarca es el absoluto albacea con total impunidad.

El incendiario discurso de Felipe VI del 3-O colocó al poder arbitral del Estado al nivel de un beligerante órgano partidario, irreconciliable con un sector mayoritario de los catalanes de los cuales el monarca debió pensar, y no lo hizo, que también es rey. Si el Estado se rebaja a una guerra ideológica y territorial, como si parte del espacio físico que gobierna, fuera algo extraño e incómodo, pierde su capacidad de constituirse en lo que debe ser: un ente superior capaz de armonizar las expresiones políticas y culturales que constituyen la realidad de lo que llamamos España.

Se niega la controversia que suponga una redefinición del régimen político, y con ello la reordenación del poder efectivo, restringiendo el campo de lo posible a través de la limitación de lo pensable. Un nuevo hiato histórico ya que como nos recuerda Eduardo Subirats, desde Ganivet hasta Castro o Zambrano el centro gravitatorio de la regeneración española ha sido una reforma de la inteligencia, aplazada por siglos de totalitarismo y escolástica. A partir de ahí, sólo existe el extrañamiento del debate y la responsabilidad política. Como nos recordaba Felice Mometti, el “no hay alternativa” impone un estado de sufrimiento y desesperación, de desesperanza e irracionalismo propicio para la demagogia, el odio a la alteridad y el recurso a “supremos salvadores.” En este contexto, ante la imposibilidad de una monarquía como la británica o una república como la francesa, el régimen del 78 sólo puede garantizar y perpetuar el borboneo.  

Ni monarquía ni república: borboneo