viernes 18/6/21

“Hagan juego, señores: la banca siempre gana…”

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Vienes, 3 de julio, 11 de la mañana, un gentío considerable en la puerta de una caja de ahorros guarda cola en plena calle para ser atendidos. Una empleada de la entidad intencionadamente agria y desagradable advierte autoritariamente a los clientes que ocupan la vía pública que hagan dos colas, una para los que van a realizar una operación en caja y los que vienen a protestar por los 60 euros que sorpresivamente ha detraído la caja de las modestas cartillas de los que allí se agrupan por extravagantes conceptos de mantenimiento de cuenta y otras lindezas de ingeniería usurera. La indignación y el malestar crecen, lo cual era razonable, puesto que hablamos de pura supervivencia, 60 euros detraídos de ingresos de 600 euros o menos aún es simplemente sumergir a las personas en el caliginoso ámbito  del hambre y la caridad. Muchos amenazaban con cancelar la cuenta en la caja, sin saber que eso es precisamente lo que la entidad pretende, liberarse de clientes precarios.

Los publicitarios de la neoyorquina Madison Avenue elaboraron una tabla con perfiles sociales en virtud de la cual se valoraban las potenciales necesidades que podían explotarse según las características de los individuos clasificados.  Esos retratos sicográficos colectivos estaban destinados a facilitar un marco de referencia científico a las tareas de marketing. Partiendo de ellos los ejecutivos de las agencias pudieron comprender con exactitud cuáles eran  los botones de mando que había que pulsar para efectuar una venta. En último lugar en la tabla se hallaban aquellos perfiles en los que la publicidad no debería despilfarrar ni su tiempo ni su dinero puesto que su nivel de consumo era de mera subsistencia. Como dijo José Luis Sampedro, para saber lo que es el capitalismo basta con ir a un supermercado sin dinero. Las cajas de ahorro, desnaturalizadas de sus fines, banquerizadas y, con ello, sin razón de ser en el ámbito social para el que fueron creadas, expulsan, como los bancos, a  los clientes pobres o de lo contrario los empobrecen más aún cobrándoles abusivamente por unos servicios obligados, ya que para todo se exige pagar y cobrar mediante cuenta bancaria. Clientes obligados que las entidades no quieren. Clientes indignados que hace unos años se consideraban clase media y que ahora se ven obligados a vivir con trabajos precarios, salarios de hambre y turno en las colas del banco de alimentos.

Estamos ante un sistema en el cual el crecimiento económico crea ricos, pero no riqueza

En realidad, se está aplicando la teoría económica que podríamos denominar de “Robin Hood al revés”, porque se trata de que los más pobres subsidien a los más ricos. Toda rebaja fiscal que se hace a los ricos sólo sirve para que los ricos lo sean más y el Estado tenga menos recursos para educación, sanidad, carreteras, y todo aquello que representa el bienestar de los ciudadanos. Esa falta de recursos se compensa, por tanto, rebajando las limitadas rentas de los más pobres y eliminando cualquier tipo de cobertura social que beneficie a los desfavorecidos. Los pobres financian a los ricos. Es la irracionalidad que irónicamente describía Anatole France cuando afirmaba que la ley es igual para todos porque tanto a los ricos como a los pobres les prohibía pedir limosna y vivir debajo de los puentes.

La exhaustiva degradación del trabajo produce salarios por debajo de la subsistencia, la supresión o constricción de los subsidios a los parados, la precariedad de los escasos empleos, y con ello, la marginación y la exclusión social de los trabajadores, mientras hemos visto durante la crisis cómo miles de millones si se podían gastar en rescatar bancos, autopistas o entidades sanitarias privadas, aumentar el gasto en defensa y anunciar rebajas de impuestos milmillonarias. Como consecuencia, estamos ante un sistema en el cual el crecimiento económico crea ricos, pero no riqueza. La gente quiere sus 60 euros; la caja de ahorro ha multiplicado ya el dinero con los apuntes contables para ofrecérselo a sus buenos clientes y el Banco de España hace informes sobre el excesivo coste laboral en el proceso productivo. Imaginemos ahora el espíritu con el que las entidades financieras abordan la reconstrucción de la economía en la pospandemia.

“Hagan juego, señores: la banca siempre gana…”