viernes 18/6/21

La corona y la autonomía de la lagartija

En mi libro “Dios mío, ¿qué es España?” (Izana Editores, 2018), defino a España como anomalía. Anomalía sustanciada fundamentalmente en el dominio feudal de las élites económicas y estamentales y esa tendencia conservadora hacia el autoritarismo que, según Octavio Paz, desemboca en las dos formas predilectas de la esquizofrenia: el monólogo y el mausoleo, y que componen de forma determinante el propósito secular de los reaccionarios carpetovetónicos de que los ciudadanos siempre tengan que vivir como presente momentos históricos destinados a pasar. Es el viejo pecado que indicaba Ortega de hacer historia sin sentido histórico. Todo ello concluye en la elevación de los minoritarios intereses oligárquicos a la universalidad, es decir, a que se transfiguren alevosamente en los generales del Estado.

La crisis de la monarquía también se ha cubierto con la epidermis de la anomalía; sumamente extravagante resulta un rey emérito que abandona el país por sus escándalos poliédricos de índole financiera, sexual, fiscal y  lacras de bon vivant. Se ha calificado por el propio emérito y la casa real como “traslado” en un eufemismo muy conveniente que tiene como finalidad, según Juan Carlos de Borbón, no perjudicar a la corona. Pero no se entiende que sus actos maculen menos a la monarquía porque esté lejos. No puede definirse como exilio porque los que salen de un país por ese motivo siempre lo es por razones políticas, que en este caso no ha lugar. Los que abandonan un territorio por motivos económicos de dudosa legalidad son, en realidad, prófugos.

Empero, el fingido exilio, es una singularidad más de esta “Spain is different”, que pretende desvincular nada menos que al fundador de la dinastía posfranquista de su propia corona y de su propio hijo siendo todos parte, se quiera o no, sustantiva del mismo régimen de poder.

La estrategia de salvar al monarca Felipe consiste en la misma que utiliza la lagartija para librarse de los depredadores autotomizándose la cola. La nueva extremidad regenerada es distinta a la anterior y los depredadores se han quedado acosando al apéndice desgajado del cuerpo. Sin embargo, esta añagaza de la naturaleza, como la ocurrencia política, sólo sirve para eso, para confundir mientras la lagartija, como el sistema, mantienen las mismas costumbres y las mismas inercias que en la lagartija atrae a los depredadores y en la monarquía sostiene la superestructura que permite que casos como el de Juan Carlos de Borbón sean posibles.

El régimen no se puede atomizar en partes convenientes e inconvenientes, esté el emérito lejos o cerca, con asignación o sin asignación, la dinastía reinante, el régimen de poder son los mismos y el sistema, los esguinces políticos y los intereses fácticos los que conforman los vicios y escombros institucionales sobre los que se sostiene la monarquía posfranquista.

El hecho de que el emérito abandone casi clandestinamente el país para dirigirse a un paradero desconocido, sin dar ninguna explicación a la ciudadanía y sólo a su hijo, en una clara muestra del concepto estamental del poder que no procede del pueblo sino que es trasmitido por la cúpula, supone una crisis de la monarquía que en realidad se sustancia en una especie de ópera bufa donde el emérito emprende un pseudoexilio sin que por ello se constriña la crisis de origen y función de la corona.

La inviolabilidad de la jefatura del Estado, en la que se relajaba Juan Carlos de Borbón para hacer lo que presuntamente hizo, fue herencia in tali statu, de la de Franco, pero el caudillo de España lo era por la gracia de Dios, y a nadie debía dar cuenta de su absoluta voluntad. Una inmunidad del Medioevo sustentada hoy en el ordenamiento constitucional cuya defensa está encomendada en la carta magna a las fuerzas armadas, cuyo artículo 8 es tenor literal del referente a la misión del ejército en las leyes franquistas. Por tanto, los resortes constitucionales de permanencia de la corona se sustentan en elementos ajenos a cualquier escrutinio democrático, lo cual sitúa a la jefatura del Estado en un espacio de absoluta irresponsabilidad.            

Franco fue finalmente vencido por la biología, derrota que padeceremos todos, pero el Estado, los intereses y las influencias fácticas a las que cobijaba la arquitectura del régimen, superó el trance con ese enjalbegado llamado transición. Se trataba de una versión posmoderna de la restauración canovista y en ambos sistemas podemos percibir regímenes cerrados, basados en partidos dinásticos, fuerte clientelismo, reparto de favores, extensas estructuras caciquiles y una prensa adherida a los poderes fácticos. Una democracia es en esencia un régimen de poder, no puede ser otra cosa. La transición no supuso una transferencia de poder, ni siquiera una reordenación o reafiliación del Estado en cuanto a la universalidad de sus intereses y propósitos, sino que fue una puesta al día de la voluntad testamentaria de Franco.

La corona y la autonomía de la lagartija