jueves 13/5/21

Mikel Zabalza; 35 años de un hecho negro de nuestra historia

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El Foro Social, en el que colaboro desde su creación, participará en el acto de homenaje a Mikel Zabalza que se celebrará este sábado 28 de noviembre en la localidad de Auritz-Burguete.

Han pasado ya 35 años desde su desaparición y muerte. 35 años de silencio que cubrió un suceso tan dramático como este y que produjo un impacto profundo en la sociedad navarra de la época.

Mikel Zabalza fue detenido en su domicilio de Altza, en Donostia, durante la medianoche del 25 de noviembre de 1985 y fue trasladado al cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo.

Quienes estuvieron allí denunciaron haber sufrido torturas y escuchar los terribles gritos de Mikel. Todos ellos fueron puestos en libertad sin cargos en pocas horas o días. Sin embargo, Mikel no salió. Mikel no estaba.

Según la versión oficial de los hechos, tres guardias civiles le llevaron a inspeccionar un túnel cerca de Endarlatsa, pero él logró huir. Con las manos atadas, se arrojó al río con intención de escapar, y se ahogó.

Sin embargo, todas las sospechas apuntaban a que Zabalza había muerto bajo tortura en el cuartel de Intxaurrondo.

La presión social se impuso finalmente. 20 días después de su detención, el 15 de diciembre, el cuerpo de Mikel apareció en aguas del rio Bidasoa, en un lugar que habían registrado casi a diario los que lo buscaban.

El caso de Mikel es uno de los muchos de todo tipo que todavía continúan por esclarecer, que requiere mayor investigación, que permanece oculto bajo un manto de incertidumbre y falta de información y del que nadie ha asumido todavía la responsabilidad de lo sucedido.

Todas esas víctimas tienen pendiente un acto de reconocimiento y reparación. Reconocimiento de que también son víctima y reparación debido a los años que han pasado sin haberles tenido en cuenta.

La violencia venga de donde venga es reprobable, condenable, incluso diría que mucho más si viene de los funcionarios públicos cuya misión es proteger los derechos humanos, esos que en algunos casos han cercenado.

ETA fue una banda criminal que asesinó a centenares de personas, que amedrentó a miles, que extorsionó, amenazó, que no respetó esos derechos humanos y por lo tanto merece nuestro rechazo, nuestro desprecio.

Pero también quienes desde la otra orilla hicieron exactamente lo mismo, de paisano o de uniforme; estos también merecen nuestra repudia y condena.

Por eso debemos reivindicar que todas las víctimas, todas, tienen derecho  verdad, justicia y reparación; y las mismas vulneraciones de derechos humanos, han de contar con idéntico nivel de reconocimiento político y legal, sin tomar en consideración cuál ha sido el agente violento que las ha llevado a la práctica. Sin equidistancias y sin discriminaciones.

En el caso de las víctimas de la tortura, la situación de discriminación que estas viven es especialmente desgarradora, por contar con escasos niveles de reconocimiento, pese a que el número de personas víctimas es enorme.

Hablamos de miles de personas, como han determinado estudios como los elaborados por el Instituto Vasco de Criminología en Navarra (periodo 1960-1978), en la Comunidad Autonoma Vasca (periodo 1960-2014) o la base de datos de la Fundación Euskal Memoria, que recoge ya 800 casos de tortura en Navarra.

Pese a la dantesca fotografía de esta realidad, que como la verdad social confirma ha sido “más que esporádica”, por desgracia, los casos de tortura oficialmente reconocidos son sólo 103: unos pocos por sentencias judiciales, y otros por el Decreto 107/2012 del Gobierno Vasco.

Proyectos como la Ley Foral 16/2019, aprobada por el Parlamento Navarro, que actualmente se encuentra recurrida en los tribunales, pretenden hacer frente a este reto pendiente.

Pero las trabas que todavía se continúan poniendo a iniciativas de este tipo dificultan la construcción de la convivencia democrática del futuro con garantías de no repetición.

Las víctimas de la tortura expresan que ese sienten discriminadas, victimas de segunda categoría”,  que “de la justicia ya no esperan nada”, y que lo único que demandan es que su dolor sea reconocido y reparado de manera oficial.

¿Mi equidistancia en este tema me sitúa desde ambos bandos, en especial desde los más sectarios, como “tonto útil” o incluso como traidor?  

En un mundo donde lo que prevalece es los “tuyos, tuyos” intentar ser imparcial genera desconfianzas, quizás derivadas de las envidias de quienes no pueden serlo.

Preguntas de compleja respuesta, pero que dan pie a una reflexión más profunda. Creo que ha llegado el momento, después de nueve años del final de la violencia de ETA y dos de sus desaparición, de no hacer distinciones, especialmente entre víctimas.

Una de las acepciones de la palabra “víctima” que contempla el RAE es “persona que sufre las consecuencias de un delito”. Cuestión que se puede y se debe aplicar a ambos colectivos. ¿No es igual de víctima Lluch que Germán Ruiz asesinado en los Sanfermines de 1978? ¿No lo es de la misma manera Miguel Ángel Blanco o Mikel Zabalza? ¿Merecían ellos la muerte?

No, por supuesto que no la merecían y por lo tanto todos ellos merecen nuestro reconocimiento y reparación, ellos y sus familiares.

Debemos trabajar, al menos quienes llevamos más de 30 años construyendo puentes, para que llegue un día en el que no existan diferencias, en el que podamos hacer un acto común para todos ellos, en el que nos podamos reconciliar, “ver el sufrimiento de otro” de manera definitiva.

Ahora recordando a Mikel Zabalza me emociono, me implico en su recuerdo, y lo hago sin olvidarme de las otras víctimas ni un solo instante, porque resulta absolutamente compatible.

Creo en la convivencia democrática, en la memoria, en la reconciliación, en la justicia.

Ahí he estado, estoy y estaré.

Mikel Zabalza; 35 años de un hecho negro de nuestra historia