domingo 20/6/21

¿Qué aplauden, señorías?

aplausos

Aprovechando las expectativas que la llegada de Pedro Sánchez ha generado, ahí van algunas sugerencias que pueden ayudar para la dignificación del parlamentarismo.

El 15 de Diciembre de 2004, en una comparecencia, el Congreso de los Diputados escuchó un discurso magistral. Y no lo realizó ningún diputado. Fue la señora Pilar Manjón en la Comisión que investigaba los atentados del 11 M.

¿De qué se reían, señorías? se preguntaba después de reprocharles “sus actitudes de aclamación, jaleo y vítores” en algunas sesiones. Durante un tiempo sus señorías se moderaron y recuperaron la compostura haciendo honor al llamado “templo de la Democracia”. No duró mucho y enseguida volvieron a las andadas.

Me impresionó tanto aquel discurso que me dejó una reflexión. ¿Qué aplauden, señorías? Me da vergüenza ajena comprobar como los parlamentos se convierten en un circo donde, como decía la Señora Manjón, hacen del jaleo y la algarabía el centro del debate político. Bien sea para aupar a un interviniente o para abuchear al oponente. Se comprende que haya algunos excesos en circunstancias excepcionales como las de la pasada moción de censura. Lo que no puede ser es convertirlo en norma, porque, entre otras razones, aburre y aleja a los representados de sus representantes. Con la llegada de Unidos Podemos pensé que renunciarían a ese jolgorio. No fue así, abonando de esta manera el concepto de que todos son iguales. El solo hecho de no aplaudir les hubiera granjeado el respeto de tirios y troyanos.

Al actuar así acercan los parlamentos a ese concepto televisivo de que solo valen los programas espectáculo aún a fuer de reírse de la gente. Quizás pensando que el pueblo es tonto, inculto e iletrado. Y que de alguna manera estamos en la Edad Medía política donde al pueblo, o más bien al populacho, hay que tratarlo así y engañarlo porque si se le dice la verdad se asusta. Esa concepción puede ser propia de la derecha. No corresponde a la concepción de los progresistas que, en mi opinión, deben revisar sus comportamientos. Estamos en el siglo XXI y no en la España de Pan y Toros.

Quizás los nuevos vientos de Junio sean el momento de recuperar la dignidad propia para devolver al pueblo la dignidad perdida. Sugiero, a todos los grupos, que dejen los aplausos para fiestas, bodas y cumpleaños, guardando tales energías en mejorar la vida política de sus organizaciones y en hacer leyes que mejoren la vida de las personas en lugar de crearles más problemas como tantas veces.

Una vez caído Rajoy, sugiero que abandonen ese dichoso estilo parlamentario que confunde la tribuna con un escenario para competir con Gila o Chiquito de la Calzada. La incapacidad en la oratoria ha convertido los discursos en actuaciones buscando el chiste fácil en lugar del argumento y la razón, confundiendo la ironía con el sarcasmo y el insulto. En el Congreso de los Diputados, anexa al hemiciclo, hay una maravillosa e inutilizada biblioteca que seguramente muchas de sus señorías desconocen. Busquen ahí la inspiración en memorables discursos de sus antepasados parlamentarios. Menos bar y más lectura.

Sustituir la dialéctica con el sarcasmo y el insulto es el recurso de los mediocres que esconden su ignorancia en el fondo de esa alcantarilla. Sugiero la lectura de un maravilloso artículo de Benedetti, El argumento y el ardid, que sus señorías deberían convertir en libro de cabecera.

El ardid, tan bonito vocablo me lleva a la última reflexión. El y tú más. La experiencia nos demuestra que tal concepto se ha convertido en el eje central de los discursos. ¿No se dan cuenta sus señorías que es el recurso fácil de quien no está preparado, no se estudia los asuntos o no quiere trabajar? Aunque no lo crean, es muy fácil salirse de esa dinámica. Como recomienda Benedetti, basta ceñirse al asunto, así se obliga a no hablar de los males del contrario. Lo segundo, es hacer caso omiso de los insultos o el sarcasmo del oponente. Sin respuesta él solo se encenagará en sus palabras y atraerá la reprobación general. La solución es elevar el nivel dialéctico, elevarse por encima de las miserias y no tratar de competir en el cieno de las alcantarillas.

Si este modesto artículo llega a manos de alguna de sus señorías espero les sirva para encontrar su propia dignidad, porque encontrando la suya contagiará al resto para conseguir enganchar a los votantes con el arte de la política.

¿Qué aplauden, señorías?