martes 15/6/21

Cómo se alcanza o no se alcanza la unidad

Alternativas estratégicas, espantajos atemorizantes y cuestiones de intrapolítica. 

Para lograr la unidad interna en un partido político, el camino no es ni el buenismo inespecífico y vacuo, ni el tacticismo interesado, que solo enarbola el espantajo de la división interna para intentar reforzar sus posiciones específicas

Buena parte de los asuntos que suelen centrar los debates de los partidos políticos conciernen a cuestiones internas y a luchas de poder. Por eso, el Congreso del PP ha pasado prácticamente sin pena ni gloria, mereciendo muy escasa atención, mientras que el Congreso-Asamblea de Podemos se ha visto dominado por una cainita lucha interna por el poder y por un esfuerzo contumaz por ampliar aún más los poderes de su líder-Jefe. ¿Y de lo nuestro qué? –se han dicho no pocos votantes decepcionados ante lo que ocurría en estos partidos.

Muchos ciudadanos están hastiados y distanciados de la política, y por eso tienden a mantener visiones negativas sobre los partidos políticos y sus núcleos dirigentes.

Cuando un partido tiene una línea estratégica y una propuesta programática clara, y un liderazgo respetado y asentado, la inclinación a polarizar los debates en cuestiones de intrapolítica no tiene efectos especialmente negativos. Sin embargo, cuando nada de lo anterior existe, entonces las luchas por el poder se hacen más incomprensibles y desmotivadoras, con el efecto de que la imagen pública tiende a deteriorarse en mayor grado.

Eses es, precisamente, el problema al que puede verse abocado el PSOE si no se consigue que las elecciones primarias y el Congreso ulterior se centren en alternativas y opciones políticas y estratégicas netas y bien diferenciadas, ante las que se pueda decidir con suficiente conocimiento de causa.

De momento, con los antecedentes del borrascoso Comité Federal de Octubre y con las conspiraciones que lo precedieron –y que de alguna manera lo explican−, es inevitable que una parte de la opinión pública tenga una opinión crítica sobre lo que está ocurriendo en este partido. Opinión que persistirá hasta que no se acaben de convocar las elecciones primarias y el Congreso correspondiente. Mientras tanto, es lógico que el mantenimiento de una situación de provisionalidad no pueda ser entendida por muchos afiliados y ciudadanos, a los que se transmite una imagen bastante negativa de lo que ocurre en su interior, que justificaría –según se arguye− un estado de excepcionalidad prolongado. De ahí que sea inevitable que muchos ciudadanos se pregunten, ¿qué está sucediendo realmente en el interior de este partido para que no se deje votar durante tanto tiempo a sus afiliados? ¿Por qué se les trata como si fueran niños?

Ante tales riesgos, habría que valorar positivamente los esfuerzos que se realizan para canalizar las insatisfacciones y malestares internos hacia debates propositivos serios y hacia la organización constructiva de candidaturas y estrategias alternativas. ¿Alguien se imagina lo que estaría ocurriendo ahora en el interior del PSOE si no se estuviera haciendo todo esto?

Una vez fijadas las posiciones generales de los distintos sectores del PSOE, ahora lo que debería pedirse a todos –no solo en bien de este partido, sino también del sistema político español que no puede permitirse el lujo de perder un partido como el PSOE− es un esfuerzo riguroso para lograr que el debate discurra por cauces racionales y sosegados. Y para que los asuntos debatidos puedan ser entendidos y valorados por los ciudadanos como algo que les concierne también a ellos, a sus vidas, a sus posibilidades de tener trabajos dignos, ingresos decentes y oportunidades de bienestar y calidad de vida. Para ello es fundamental que el debate no se polarice en cuestiones de intrapolítica y en los repartos del poder interno, en sus eventuales equilibrios y en aparentes “unidades” ulteriores. Básicamente habría que lograr que el debate fuera útil políticamente y que tuviera sentido para los ciudadanos. Especialmente para aquellos que lo están pasando peor y necesitan ver a sus representantes –y a los que puedan serlo− pensando en el interés general, formulando alternativas creíbles y pertinentes y profundizando en cómo se puede lograr que sean viables.

No solo hay que intentar que el debate se centre de verdad en estas cuestiones, sino también que lo parezca, procurando que los asuntos más “noticiables” se focalicen en esto. Lo cual va a requerir bastante esfuerzo, dado el morbo que existe en torno a determinadas situaciones. Algo que no será fácil soslayar.

Se puede entender que aquellos que llevan muchos años “ejerciendo” la política activa, ocupando puestos y responsabilidades –casi durante toda su vida−, vivan de manera más acusada –e incluso desgarradora− los problemas organizativos internos. Hasta el punto que tales aspectos sean lo más crucial para ellos, para sus propias biografías personales.

Pero hay que comprender que esto no es lo primordial para muchos ciudadanos que no tienen empleos dignos –ellos o sus hijos−, que no llegan a final de mes, que viven con apreturas, que sufren en carne propia los retrocesos sociales y que no ven horizontes de futuro. Y que piensan –con toda razón− que de esto es de lo que tendría que estar ocupándose prioritariamente un partido como el PSOE.

Y ahí está precisamente el principal peligro del distanciamiento de muchas personas que piensan –y constatan en bastantes informaciones− que los partidos tienden a ocuparse básicamente de lo “suyo”, y apenas prestan atención a lo “de ellos”; y solo lo hacen –si lo hacen− como una especie de obligación protocolaria con frases de cartón-piedra, sin ganas, ni entusiasmo. Y por eso acaba pasando lo que pasa.

La preocupación, pues, que algunos muestran ante los problemas de los desgarros internos y los peligros de quiebra de la unidad, aunque sean manifestaciones de buena fe en ciertos casos, denotan una falta de tino en la fijación de los objetivos políticos prioritarios.

Para lograr la unidad interna en un partido político, el camino no es ni el buenismo inespecífico y vacuo, ni el tacticismo interesado, que solo enarbola el espantajo de la división interna para intentar reforzar sus posiciones específicas. Lo cual puede conformar un argumentario bastante peligroso, y no muy alejado –por cierto− de aquellos que utilizan tal tipo de clichés sobre divisiones para cuestionar la propia legitimidad de las prácticas democráticas. Algo que las personas que conocimos el régimen anterior nos cansamos de escuchar, en unas y otras formulaciones, un día sí y otro también, y que sabemos que la falta de unidad no es un peligro en sí de la democracia, sino un resultado de la pluralidad y la libertad de opinión, que solo se conjuga votando y siendo leales.

Por lo tanto, los riesgos de quiebra de la unidad interna no se combaten con simples retóricas buenistas –ni con cuestionamientos o condicionamientos de los procedimientos democráticos−, sino con madurez política y con lealtad personal e institucional, una vez que todos los que están legitimados para ello emitan su voto y su parecer. Sobre todo, la unidad se reconstruye con buenos proyectos y alternativas que generen credibilidad y entusiasmo entre los ciudadanos. Es decir, la cohesión de un partido político se recupera desde lo concreto, desde la Política con P mayúscula, propiciando amplios consensos sustantivos y coincidencias internas.

De ahí que la peor manera de enfocar un Congreso, o de intentar mejorar tácticamente determinadas posiciones de parte, sea exhibiendo los fantasmas del miedo y deformando intencionada y maniqueamente las posiciones que otros postulan. O, incluso, alentando el miedo a la libertad. ¿Es posible que esto ocurra en un partido con tanta historia y tantas responsabilidades como el PSOE? Algunos pensamos que no. Y que, tarde o temprano, se acabará imponiendo lo que aconseja la razón, el sentido común, la transparencia y el ejercicio maduro de la democracia.

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