miércoles 23/6/21

Le llaman democracia

Seguro que la actual democracia española no es la que deseamos ni nos merecemos como ciudadanos, pero es la que hay y todo apunta a que su calidad se seguirá degradando.

Foto: Prudencio Morales

Uno de los eslóganes del 15-M consiste en tararear: “le llaman democracia y no lo es”. Seguro que la actual democracia española no es la que deseamos ni nos merecemos como ciudadanos, pero es la que hay y todo apunta a que su calidad se seguirá degradando. La suma de escándalos y la ampliación del número de implicados está erosionando nuestra democracia y cuestionando la confianza de la ciudadanía hacia el sistema democrático y hacia sus principales protagonistas, los partidos políticos. Ya no estamos hablando de casos puntuales, sino de un nivel de corrupción que alcanza las más altas instancias y demasiadas instituciones y administraciones. Uno puede cruzar España sin dejar de pisar el lodazal de la corrupción. El caso Bárcenas y el oscuro papel en el mismo del presidente del gobierno son el síntoma más grave del nivel de metástasis que ha alcanzado el cáncer de la corrupción, hiperdesarrollado con la burbuja inmobiliaria. Si hubiera agencias de calificación para esto, el valor del sistema democrático español sería el del bono basura, con una deuda pública de honestidad y un déficit de honradez insostenible. Deuda y déficit que afectan a todos los niveles administrativos y a los tres poderes del estado.

Pero no sólo es el problema de la corrupción el que aqueja a nuestra democracia. Hay más: la ocupación partidista de las estructuras del estado, la privatización de lo público, la manipulación mediática, el desmantelamiento de los organismos reguladores, el control de la judicatura, la partidización del tribunal constitucional, el autoritarismo. Y el peor mal, y más en tiempos de crisis, es la subordinación de la política a los intereses de los mercados. Muchos opinan que la situación es insostenible y que asistimos al final del sistema político alumbrado en la transición. Yo creo que no; que la situación en vez de mejorar, empeorará. Mi opinión no es fruto de un fino análisis sino de la constatación de dos hechos. El primero es que los afectados - Rajoy o en Catalunya, Mas- ya han dejado claro que no piensan dimitir y agotarán la legislatura. El segundo es que a los grandes empresarios sólo les preocupa la estabilidad y la continuidad de las reformas, que en la variable dialectal de empresarios y PP quiere decir más recortes, menos derechos, y peores condiciones de vida y de trabajo.

Vamos camino de la Italia berlusconiana. Eso sí, sin payasadas ni bunga-bunga; o como mucho, una cierta aproximación a Cantinflas por parte de los dirigentes del PP cuando intentan justificar lo injustificable. Berlusconi, en Italia, ha demostrado dos cosas: la primera es que ha ganado elecciones a pesar de verse inmerso en todo tipo de escándalos y procesos judiciales y de realizar una gestión nefasta. La segunda es que fue capaz de derrotar a todos sus adversarios que se le opusieron con un discurso “centrista”, demostrándose que para ser alternativa de gobierno hay que presentar un programa alternativo, no sólo diferente.

La crisis democrática que sufre España tiene sus singularidades, es cierto, pero responde a un patrón objetivo; para poder devaluar, empobrecer un país, hay que recortar también su democracia, su calidad, su extensión. Alejarla de los ciudadanos. Hay que ocupar, controlar y privatizar sus instituciones. Postrar a las fuerzas de la cultura. La devaluación interna a la que estamos sometidos exige un “manos libres” para sus protagonistas. Esta es su prioridad. Reaccionar a esta involución pasa por refundar nuestra democracia, que es lo mismo que reconstruir los fundamentos que dan estabilidad, cohesión y garantizan un progreso inclusivo, equitativo y sostenible a la sociedad.

Para refundar España hay que refundar Europa. Estamos tan mal que no sirven los parches. Habrá que romper con muchos aspectos del pasado. La Transición nos enseñó que no hubo ruptura con el franquismo porque no hubo un real protagonismo social en la definición del nuevo régimen democrático. No era posible, en aquellas circunstancias; hoy sí lo es. Convocar a la sociedad para transformar nuestro país exige ganarse el crédito político y moral que hoy se nos niega a los actuales protagonistas de la política. No recuperaremos este crédito sólo desde la política partidaria, para conseguirlo debemos confluir con la sociedad movilizada para juntos definir un proyecto de revalorización moral, de regeneración democrática y de salida justa y equitativa de la crisis.     

Le llaman democracia