domingo 20/6/21

Error en el diagnóstico, solución equivocada

congreso leones

“Resulta totalmente imposible gobernar un pueblo
si éste ha perdido la confianza en sus gobernantes. Cuando empecé a tratar con los hombres, escuchaba sus palabras y confiaba en que sus acciones se ajustarían a las mismas. Ahora, al tratar con los hombres, escucho sus palabras y al propio tiempo observo sus acciones”.

(Confucio)


Nos encontramos ante un proceso de imparable empobrecimiento de nuestra capacidad política. La agenda de los últimos meses es una muestra de nuestra decadente democracia

No seré yo quien ponga reparos a la visita del presidente de China, Xi Jinping, recibido por todas las instituciones del Estado. Los que vivimos cerca de la Plaza de España hemos contemplado un despliegue de medidas de seguridad poco frecuente y unos honores militares por parte de los reyes en Palacio, ignoro si acordes con el protocolo necesario, con un vasallaje excesivo. Me ha recordado el célebre mantra de la campaña electoral de Bill Clinton de 1992: “¡Es la economía, estúpido!”. Ante la economía china, ¿quién se resiste? Quevedo en esencia: “Poderoso caballero es don dinero”.

La frase que políticos y empresarios han pronunciado al unísono, con pequeñas excepciones, ha sido: “Esta visita genera riqueza. China es un mercado inmenso que ofrece amplias posibilidades de inversión”. Ni Casado, ni Rivera, ni La Razón, ni ABC, ni todos los que permanentemente critican y deploran la acción del gobierno de Sánchez, se han tirado al monte para criticar esta visita ni le han exigido al Rey, al Parlamento ni a las demás Instituciones que denuncien la represión de las libertades ni la falta de democracia y garantía de derechos humanos en China.

Cuando hace días visitó Sánchez la isla de Cuba como presidente del gobierno de España, ¡cuántos de estos “toca huevos”, alzaron la voz cuestionando la visita y la improcedencia de establecer relación alguna con dictadores! Pero con China, no importa. Hasta la alcaldesa Carmena, sin remilgos, le ha entregado la mejor llave de oro de la ciudad. Una llave que, como el fascista Salvini en Italia, jamás se entregará a ninguno de los migrantes que quieren entrar en nuestro país. Así lo decía Pablo Casado hace días en un mitin electoral en Granada: “No hay sitio para todos los que quieran venir a España. Si a España vienen inmigrantes que lo que quieren es disfrutar de las ayudas sociales sin respetar nuestras costumbres, nuestra ley, nuestra Constitución, la igualdad entre la mujer y el hombre, las costumbres occidentales, se han equivocado de país. Aquí no hay ni ablación de clítoris, ni se matan los carneros en casa ni hay problemas de seguridad ciudadana”. Y Albert Rivera, sumándose a Casado contra la inmigración y contra Sánchez, intenta dejar claro que “las ocurrencias del gobierno socialista están produciendo un efecto llamada intolerable. Necesitamos controlar las fronteras externas si queremos viajar sin pasaporte por dentro de Europa. Es el ‘sanchismo’ y su buenismo con su improvisación intolerable”. Cuando las políticas de estos líderes no iluminan, lo que consiguen es cegar. Ante estas alertas, yo mismo con mala conciencia he tenido casi que llegar a decir lo que tanto me asustaba decir: “¡Es la economía, estúpido!”.

Como decía Jordi Gracias en su artículo de El País La derecha despechada, el panorama político de las derechas (PP, C’s y Vox) ha dado un vuelco con un sofocante integrismo con el que deploran, como plañideras, la acción del gobierno; todo lo que éste hace, lo hace mal: sus cuentas son falsas, la recesión es segura, Europa está en la inopia y a España la está tumbando Sánchez, Sánchez es un plagiario y un farsante, además de un fraude, la democracia española bombea subversión y desde la cárcel Junqueras es el puto amo. Para Casado y Rivera, el catastrofismo está garantizado. A ambos se les ve el plumero de una rabia y despecho incontenidos. Y como decía en mi anterior artículo: los hermanos Zipi y Zape cantan al unísono: “¡Elecciones, ya!”.

Y de nuevo me repito y fustigo: “¡Es la economía, estúpido!”, al ver la insensibilidad del gobierno de Sánchez y del ministro de Exteriores, Josep Borrell, tratando el lunes pasado de relativizar la crisis del pesquero “Nuestra Madre Loreto”, que el jueves anterior su tripulación, cumpliendo con su obligación legal “y moral”, había rescatado de una muerte segura a doce náufragos libios frente a la costa de Libia; afirmaba Borrell, con inmisericorde frialdad, ante esta situación de humanidad, que “no están en una situación de emergencia”. “No estamos ante el caso de un barco que esté a punto de hundirse”. Cuando escribo estas líneas, el Open Arms ha rescatado de urgencia a uno de los inmigrantes en un estado de gravedad. Por lo que se ve, el gesto del “Aquarius” en agosto pasado, fue eso, un gesto político y no un rescate de justa solidaridad humana. Y más al saber, aunque entiendo los matices y las diferencias, en la otra cara del espejo, cómo el mismo gobierno de Sánchez ha dado el visto bueno y ha confirmado que España está dispuesta a organizar, con un enorme dispositivo de medios y seguridad, más de 5.000 efectivos, la final de la Copa Libertadores, entre los equipos argentinos de Boca Juniors y River Plate, como si no hubiese otra alternativa en Hispanoamérica. Resignadamente, me tengo que repetir de nuevo: “¡Es la economía, estúpido!”. Decía el profesor Aranguren que los valores morales se pierden sepultados por los económicos cuando gobiernan los demagogos; sabemos que el triunfo del demagogo es pasajero, pero las ruinas de su acción son permanentes.

En una de sus conferencias, el poeta británico-estadounidense más aclamado del siglo XX, T. S. Eliot hacía referencia a uno de los rasgos más característicos de nuestra época y los políticos: el provincianismo, esa particular estrechez de miras que confunde la anécdota con la categoría, lo efímero con lo permanente, lo banal con lo importante: es el perfil del político frívolo. Es el político que siempre pregunta y se pregunta: ¿quién, si no yo, es el que tiene la solución a todos los problemas? De ahí el título de estas reflexiones: cuando se yerra en el diagnóstico, necesariamente las soluciones van a ser equivocadas. La verdad les importa un comino. Consideran nuestros bisoños políticos que por haber sido elegidos y poseer algunos conocimientos poseen ya la experiencia suficiente para hacer y decir lo que se les ocurra o les venga en gana. Mientras no se den de bruces -las elecciones andaluzas van a ser para algunos una dura lección- sin autocrítica alguna y rodeados de serviles y clónicos militantes de partido que, como ese personaje de los tebeos del dibujante Vázquez, “Ángel, Sí señor”, de carácter sumiso y complaciente a todas las peticiones del jefe, por inverosímiles que parezcan, tienden a instalarse en su verdad dogmática sin ni siquiera dudar de que las cosas pueden ser diferentes. Esto no sólo les pasa a los jóvenes líderes, también a muchos no tan jóvenes. Aznar es el ejemplo de político gastado y soberbio que aún nos quiere dar lecciones cuando su apoyo y seguidismo servil a las políticas belicosas de Bush en la guerra de Irak, el mayor fraude político internacional de los últimos decenios, han significado guerra, desestabilización, muerte, atentados, con ese orgullo enfermizo, que avergüenza a una mayoría de españoles, de quien se cree “un dios en su Olimpo”. Con esa jeta que le caracteriza, ha vuelto a repetir que “no tiene que arrepentirse de nada y no tiene que pedir perdón por nada”.

Los ciudadanos tenemos ya claro que hay que desconfiar de las reflexiones cómodas de aquellos que sin experiencia probada nos relatan los hechos con contundencia dogmática. Conocemos gracias a Cicerón una frase divertida de Catón el Viejo: “Dos augures no pueden mirarse sin echarse a reír”. Con esta sentencia, el viejo Marco Porcio Catón, romano incorruptible, famoso por su austeridad personal y por su patriotismo, que intentó desde su cargo de censor que los romanos volvieran a las costumbres puras de sus antepasados, quiso reírse de aquellos augures, o de esos políticos y tertulianos que, al mirarse a la cara, saben que lo que se dicen mutuamente es pura invención, pura mentira, pero que lo afirman como si fuera una segura profecía.

Al ver y escuchar a ciertos políticos en el Parlamento o sus infantiles discursos, mítines y declaraciones, sorprende, a poco que se piense, la escasa importancia que conceden a lo que de veras interesa a los ciudadanos. Ofuscados o cegados por el ansia de poder, no se dan cuenta de que esto es lo contrario de lo que significa “ser elegidos democráticamente”, elegidos por el “demos”, el pueblo, y que a él se deben y no a sus propios intereses. Carecen de aquella necesaria asertividad que se le supone a todo político honesto: esa premisa fundamental, social y comunicativa que, conociendo y defendiendo sus propios derechos y valores, respeta también a los de los demás. Perder el respeto al otro, es perderse el respeto a sí mismo. Hablar de forma asertiva no transforma su mensaje en la única verdad, pero sí que lo transforma en su verdad.

Ya que he iniciado estas reflexiones mencionando la visita del mandatario chino Xi Jinping a España, traigo a nuestros parlamentarios, como ética política en sus desacuerdos, una de las “analectas” de Confucio, otro mandatario chino, más digno de imitar que el que nos ha visitado; en ella basa el resumen de sus pensamientos: “El hombre superior no discute ni se pelea con nadie. Sólo discute cuando es preciso aclarar alguna cosa, pero aún entonces cede el primer lugar a su antagonista vencido y sube con él a la sala; terminada la discusión, bebe con su contrincante en señal de paz. Estas son las únicas discusiones del hombre superior”.

Nos encontramos ante un proceso de imparable empobrecimiento de nuestra capacidad política. La agenda de los últimos meses es una muestra de nuestra decadente democracia. Tal como se conducen, ¿cómo es posible que se consideren los mejores, los indiscutibles, cuando millones de ciudadanos dudamos de su valía profesional y política?; ¿qué es lo que quieren?, ¿que además les alabemos o nos callemos? No es de extrañar, pues, que cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen les pierdan el respeto. Desde hace años, las patologías de España son fundamentalmente políticas e institucionales con consecuencias graves en todos los restantes campos: es el síndrome del desgaste democrático: es como un infarto ocasionado por la negatividad, soberbia y banalidad con las que se manejan los políticos que nosotros hemos elegido; les votamos desconociendo sus cualidades y valores éticos, sin casi información, e influidos por prejuicios perversos, en un paradigma de ceguera informativa manipulada o manipulable.

La fotografía del rey emérito Juan Carlos I, cuya conducta tenía que ser ejemplo modélico, con el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán, en el palco de autoridades del circuito de Yas Marina, donde ambos han asistido al Gran Premio de Abu Dabi de Fórmula 1, en medio de la polémica por el asesinato de Kashogi, ha deteriorado y corroe aún más la institución monárquica. Esta reflexión, tan evidente, como advertencia protectora ante un peligro, es una señal de nuestro hundimiento democrático. Razón tenía el pensador alemán Pierre Villaume, al afirmar que “la esperanza de la impunidad es para muchos hombres una invitación al delito; de ahí que cuando la tiranía se hace ley, la rebelión es un derecho”. Desde hace algunos años, se está produciendo en España de manera inadvertida un cambio de paradigma político por el que tanto lucharon muchos ciudadanos en la transición. En un sistema dominado por el pensamiento único solo se puede hablar de las defensas del ciudadano en sentido figurado.

Nos hemos acostumbrado a esos discursos justificativos para explicar modelos de conducta nada éticos que confunden a los ciudadanos con discursos repletos de promesas, casi siempre incumplibles, de palabras vacías y carentes de verdad. El consenso ha pasado de ser una virtud democrática a una práctica desechada, de constituir un gesto de fortaleza moral a una muestra de debilidad ideológica, siendo reemplazado por un sucedáneo de pactos oportunistas para superar determinados trances parlamentarios. Vamos a tener que volver a recorrer el camino que ya recorrimos hace muchos años bajo la dictadura del “apestado de Cuelgamuros”: exigir a estos políticos de corta experiencia, grandilocuentes palabras en sus discursos y encendidos humos que por coherencia democrática recuerden la historia; son unos jovenzuelos líderes, incapaces de votar a favor, absteniéndose Ciudadanos, para acabar con ese “fervor creciente” que algunas derechas muestran por “la momia”. Una historia que no hemos olvidado quienes podemos decir “yo estaba allí, yo he vivido en aquella época, la he sufrido y he sido testigo de la perversión de esa dictadura”. Los que, como Casado, Rivera, Sánchez o Iglesias, han recibido la historia, pero no la han vivido en persona, no pueden aplicar el zoom de la memoria sobre el punto preciso del tiempo y el espacio, como lo pueden hacer de forma virtual en el Google Maps. Desde hace ya algún tiempo, a la política española le están faltando los referentes utópicos imprescindibles en todo quehacer colectivo. O lo que es peor, la política española está dilapidando el caudal de utopías que la transición a la democracia removió hace más de 40 años, en nuestra conciencia histórica.

Hemos sustituido la vigorosa práctica de la ética por la enclenque imagen de la conveniencia o comodidad. Se impone recordar que sólo podemos cambiar a los demás si empezamos por nosotros mismos. Para ello no son suficientes las palabras enardecidas de los mítines; la confianza y credibilidad tienen que haberse ganado antes de pronunciar las palabras. Las palabras desaparecen de inmediato una vez pronunciadas junto con su eco.

Afirmaba Alexis Carrel que cuando desaparece el sentido moral de una sociedad, toda la estructura social decae y va hacia el derrumbe. Estamos en tiempos de decadencia porque a la política y a los políticos les falta grandeza para aproximar antagonismos aparentemente irreconciliables; no saben tender puentes para hacer gobernable la discrepancia o buscar puntos de encuentro entre proyectos distintos que por el hecho de encontrarse y llegar a acuerdos no dejan de ser diferentes; además de grandeza, carecen de mentalidad flexible, imaginación y voluntad para evitar posturas excluyentes y callejones sin salida. De ahí que en tiempos de decadencia resulte una utopía pretender construir una nueva política. Resulta muy difícil regenerar la democracia cuando, por la ambición del poder, víctima y verdugo, explotador y explotado, llegan a ser la misma persona.

Error en el diagnóstico, solución equivocada