martes 15/6/21

Elocuentes palabras, grandes incumplimientos

tribuna congreso

Somos sujetos atravesados por el lenguaje, sujetos que opinamos y juzgamos mediante las palabras y a los que se nos juzga con ellas y por ellas. Lo que decimos nos condena y lo que callamos nos absuelve.

El lenguaje no es más que la capacidad que tiene cada individuo de crear una imagen interiorizada de la realidad, con lo que cada uno crea y ve su mundo.

Aunque no decimos todo lo que pensamos, a veces, con el silencio,
comunicamos más de lo que decimos.


En el discurso de moción de censura a Rajoy, Pedro Sánchez inició su comparecencia reivindicando el artículo 1º de la Constitución en el que “España se constituye como un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político, y en la que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. No son pocas las veces que he leído este artículo, pero al escucharlas me parecieron nuevas: “Estado social”, “democrático”, “derecho”, “valores superiores”, ordenamiento jurídico”, “libertad”, justicia, “igualdad”, “pluralismo político”, “soberanía nacional”, “pueblo del que emanan los poderes del Estado”.

Analizado su significado y su contenido político y ahondando en las implicaciones que cada una de estas palabras conlleva y exige, la conclusión no puede ser más negativa y desilusionante; cada una necesita una larga reflexión; la imagen que muchos ciudadanos tenemos del Estado social y democrático de Derecho que pretende dibujar dicho artículo no está bien reflejada en la actualidad. Lo llevamos leyendo y escuchando más de cuarenta años y aún ignoramos cómo es la calidad de nuestra realidad democrática. Para reconocernos en esas palabras se requerirían varias y valientes operaciones quirúrgicas, importantes cambios de calado, para llegar a convencernos de que, lo que ese artículo dice, representa la voluntad y la acción política de los 350 diputados y 266 senadores que hemos elegido. Porque, ¿realmente este conjunto de palabras refleja, dibuja o define lo que es actualmente España?; ¿no son, acaso, una serie de frases maquilladas que esconden una realidad que no existe? Bien supo definir Miguel Hernández el doble carácter español, a veces toros y otras, bueyes, en su poemario “Vientos del pueblo”. Toros, como símbolo del valor y la rebeldía, o bueyes mansos, que prefieren seguir bajo el yugo de sus dominadores.

Leyendo la documentada biografía de Emilio La Parra sobre Fernando VII, un rey deseado y detestado, considerado uno de los monarcas más nefastos de la historia de España, de carácter pusilánime, influenciable, desconfiado, autoritario, mentiroso, cruel con la disidencia, servil con Napoleón y con mil y una de sus promesas incumplidas, se descubren los sacrificios que el pueblo español, en la llamada guerra de la Independencia, hizo por recobrar su real persona. Engañó y fue traidor a “sus súbditos” (que así llamaba a los que por él lucharon), con tal de alcanzar y mantener el poder. Como decía Juan Bautista Vico, la historia se repite; eso sí, con otros protagonistas, pero con parecidas situaciones. Durante decenas de años los españoles nos hemos conducido con más ingenuidad que inteligencia, confiados, en la buena fe democrática, en las palabras y promesas de los políticos y en la pretendida fortaleza de las instituciones constitucionales.

El filósofo y ensayista alemán, Walter Benjamin, casi al final de su obra ‘Calle de sentido único’ escribe “en mi obra, las palabras son como atracadores que… asaltan al aletargado y lo despojan de sus certezas. Quien no quiera tomar partido, quien no se comprometa, debe callar”.

De forma parecida exhortaba Gabriel Celaya en esa poesía que define, mejor que ninguna otra, cómo la poesía necesaria puede contribuir a mejorar nuestras vidas, si con ella nos comprometemos y tomamos partido; de lo contrario, como Benjamin, mejor es el silencio: “Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.”

Y Blas de Otero, el poeta que daba todos sus versos por ser un hombre en paz; ese poeta con el que la vida fue dura pero que dio su vida en la palabra escrita, decía: “Si me muero, que sepan que he vivido, luchando por la vida y por la paz. Apenas he podido con la pluma, apláudanme el cantar.”

Al escuchar declaraciones, propuestas, promesas y discursos de ciertos políticos, especialmente en sede parlamentaria, cuántas veces he pensado y me he dicho: No ha comenzado aún a hablar y ya debiera haber concluido. Utilizan sí, muchas y elocuentes palabras, pero ¡cuántas mentiras e incumplimientos esconden! En su “Arte poética o Epístola a los Pisones” escribía Horacio: “el sabio y verdadero conocimiento es el principio y la fuente de escribir y hablar correctamente; cuanto más verdadera sea la idea, tanto mayor debe ser la perfección de la palabra”. Como loros, no pocos diputados son repetidores de palabras sin ideas; dicen palabras cuyo significado ignoran; hablan sin tener conciencia correcta ni del significante de la palabra, ni del significado de la idea, ni de sus naturales relaciones. De ellos se podría decir que son infinitas las cosas que son incapaces de comprender, asimilar y traducir a un lenguaje verbal, sincero, coherente y comprensible por los ciudadanos.

Para conocer el significado de las palabras nos han educado para creer que la Real Academia Española de la lengua (RAE) es el “tao”, el oráculo que conforma la realidad suprema y el principio de todas las cosas que se pueden decir: es “el gran Diccionario”, como si solo hubiera uno, cuando existen multitud de ellos, algunos notablemente más explicativos o actualizados que el de la RAE. Si el lenguaje, como la sociedad, está vivo, las palabras poseen la fuerza y el peso que cada uno de nosotros y la sociedad, en su conjunto, le confieren. El analista político americano Frank Luntz desvela en su libro, “La palabra es poder”, el uso estratégico y táctico del lenguaje en la política y los negocios y el trabajo que hay que realizar para utilizar en cada ocasión el lenguaje más eficaz, “porque lo importante -sostiene el autor- no es lo que usted dice sino lo que la gente entiende”.

Hay palabras que sintetizan nuestras ideas y esperanzas, nuestras decisiones e ilusiones; son palabras que motivan y estimulan cada vez que las pronunciamos; palabras que reflejan y centran todo cuanto deseamos ser y conseguir: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, igualdad, respeto, democracia, transparencia…; sin ellas la vida tal como la entendemos en sociedad no tendría sentido. En cambio, cuando las palabras son falsas, quien las pronuncia envilece a quien las escucha y pisotea su dignidad. ¿Cómo hemos podido permitir que el potente significado de las palabras que contiene ese artículo de la Constitución, repetidas durante cuarenta años, a fecha de hoy, no se haya hecho realidad? Son palabras que, puestas en valor, representan todo cuanto dignifica al “pueblo soberano”; en cambio, están desgastadas a fuerza de repetirse dentro de unos moldes avejentados por retóricas vacías, adormecen la buena voluntad ciudadana, pero no incitan a la reflexión creadora, no estimulan a avanzar en democracia ni a dar ese paso adelante que signifique la búsqueda de un futuro en libertad, justicia e igualdad.

El lenguaje no es inocuo, está cargado de intencionalidad. Si algo distingue una “dictablanda” de una verdadera democracia es el empleo tendencioso del lenguaje, la forma de servirse de las mismas palabras que utilizamos para alterar y viciar su sentido más profundo y apropiárselas como consignas de la propia ideología, de tal modo que no se llegue a distinguir con claridad la diferencia esencial entre los valores políticos democráticos y sociales y los de aquellos que presentan sus doctrinas vestidas con “disfraces” parecidos, pero nada democráticos. El ultramontano Ramón Nocedal, fundador del Partido Católico Nacional y director del periódico integrista El Siglo Futuro, le advirtió en el Congreso a Gumersindo de Azcárate, uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza y presidente del Instituto de Reformas Sociales: “No discuta conmigo, porque lleva las de perder: usted, con sus ideas, tiene que respetar las mías, mientras que yo, con las mías, le puedo aplastar tranquilamente.” Es la dialéctica de los puños y las pistolas. No es posible dialogar con quienes sólo quieren imponer su voluntad a cualquier precio.

En la actualidad, sobre todo en campañas electorales, hemos llegado a que el uso reiterado de las mismas palabras no nos permita ver la diferencia esencial de sentido que hay en términos como los anteriormente enunciados (libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, igualdad, respeto, democracia, transparencia…), según sean pronunciados por unos u otros partidos y políticos. Poco a poco esas palabras se vician, se enferman a fuerza de ser violadas por los demagogos que mienten. A pesar de todo, porque amamos esas palabras, porque las necesitamos y porque ellas alientan nuestra verdad, nuestra esperanza y nuestra lucha, las seguiremos pronunciando y reivindicando, porque son las que expresan nuestros valores positivos y democráticos, nuestro modelo de vida y nuestra dignidad; pero ahondando no en su significante, en su sonido, sino en su auténtico significado, despojándolas de las adherencias de engaño, mentira, incumplimiento, banalidad y falsa superficialidad con la que algunos las pronuncian y utilizan.

El idioma es nuestra herramienta de trabajo; es un sentimiento de inquietud y compromiso que no debe callar cuando por medio están el respeto y la dignidad del ser humano. Hay palabras cuya repetición es prueba de su importancia; pero que, a su vez, su reiteración las desgasta, las apaga. Decimos guerra y paz, muerte y huida, inmigración y acogida sin ver que en sus significados contradictorios los pueblos y sus gentes se juegan su destino y su futuro. Vivimos en la superficie de la realidad sin conocer a fondo el terreno donde se libra la batalla de los que sufren, de los marginados, de los indefensos, de los que, como decía Galeano, “son los nadie”.

Todo esto no sería grave si frente a nosotros no estuvieran aquellos que intentan imponernos una concepción de la vida, de la sociedad y de la persona basada en el desprecio elitista, en la discriminación por razones raciales y económicas, en la conquista del poder desde la destrucción física de pueblos enteros hasta el sojuzgamiento de aquellos grupos humanos que ellos destinan a la explotación económica y a la alienación individual. Que no nos pase como a las ovejas, que están convencidas de que sus amos son los perros, mientras que ven al pastor como un ser bondadoso, que nunca ladra, que va a buscarlas cuando se pierden o las cura cuando se hieren.

Para entender lo que un político quiere decir no necesita la ambigüedad en las palabras. El lenguaje sirve, sobre todo, para decir lo que pensamos y hacemos y que, a su vez, el que escucha nos comprenda, a no ser que tengamos la intención expresa de sumergir al oyente o al lector en la ambigüedad o el engaño. ¿En qué radica la ambigüedad del lenguaje? En el lenguaje la luz es su claridad, la sombra, la ambigüedad; es decir, la vía para comunicar lo que no se quiere que se llegue a saber o comprender. Si esa ambigüedad es fruto de una elección consciente, nos enfrentamos al engaño y la mentira; si transitan por un lenguaje torpe e incomprensible, es porque están expuestos al ridículo en la expresión o al error en la comunicación, por consiguiente, a la incapacidad para la política. Para distinguir a los políticos de palabra fácil (“verborrea”) la cuestión clave reside en descubrir si, en la hojarasca de esta hinchada palabrería, existe una teoría de razonable contenido o se esconde un charlatán (“flatus vocis”) en el que naufraga toda teoría. Algunos políticos se han aficionado a las frases hueras, sin contenido real, que lubrican verbalmente la irritante ausencia de un discurso sólido; emplean lo que el filósofo argentino Laclau llamaba “significantes vacíos”: se trata de “significantes” que no tienen “significado”.

Todos podemos opinar, pero no todas las opiniones son igualmente aceptables ni verdaderas. Hay algunas que no se expresan desde la honesta sinceridad sino desde el oculto interés o el oportunismo, de practicar un juego de verdades a medias o de simples falsedades para esconder un fracaso o engaño. Una estrategia sin pensamiento crítico no puede sustituir a la política, singularmente porque no existen fenómenos políticos sino la interpretación política de los fenómenos. Por ello, tampoco hay política sin bagaje epistemológico, sin una ideología que nos haga comprensible la realidad; la forma con que la narremos o relatemos predetermina nuestra percepción de la realidad.

José Cadalso, en el siglo XVIII, escribió una sátira bajo el título “Los Eruditos a la violeta”, en ella ridiculizaba la pedantería de los eruditos superficiales que creían conocer de todo: son aquellos “políticos, profetas y todólogos” que de todo se atreven a opinar sin atisbos de duda alguna, como sucede, y más, en nuestra actualidad. Así los juzgaba: “En todos los siglos y países del mundo han pretendido introducirse en la réplica literaria unos hombres ineptos que fundan su pretensión en cierto aparato artificioso de la palabra. Este grupo de sabios pueden alucinar a los que no saben lo arduo que es poseer unas ciencias, lo difícil que es entender varias a un tiempo, lo imposible que es abrazarlas todas y lo ridículo que es tratarlas con magisterio y satisfacción propia, con el deseo de ser tenido por sabio universal… Ni nuestra era ni nuestra patria está libre de estos falsos eruditos (…). A ellos va dirigido este papel irónico, con el fin de que los ignorantes no los confundan con los verdaderos sabios, en desprecio y atraso de las ciencias, atribuyendo a la esencia de una ciencia las ridículas ideas que dan de ella los que pretenden poseerla, cuando apenas han saludado sus principios”.

Las elocuentes palabras de los cínicos políticos seguirán buscando colonizar las mentes de los débiles, pero no cambiar las realidades. Desconectadas de los hechos y del cambio se convierten en peligrosas “armas de destrucción masiva”, canalizando las acciones de los ciudadanos a espacios controlados que aseguren el mantenimiento del estado de las cosas que a ellos conviene. Son los repetidores de palabras sin ideas; aquellos que “estudian en francés, piensan en alemán, hablan en inglés”, pero quieren que les entendamos en castellano. ¡Con qué facilidad arrinconan la memoria! Con el fin de llegar al gobierno es fácil seducir al electorado con fáciles y populistas promesas que saben que no cumplirán.

Otros, en cambio, nos quedamos con las veraces y comprometidas palabras que toman partido hasta mancharse, pues, como cantaba Paco Ibáñez con versos de Blas de Otero: “Si he perdido la vida, el tiempo, / todo lo tiré como un anillo al agua; / si he perdido la voz en la maleza, / me queda la palabra. / Si he sufrido la sed, el hambre, / todo lo que era mío y resultó ser nada. / Si he segado las sombras en silencio, / me queda la palabra. / Si abrí los ojos para ver el rostro, / puro y terrible de mi patria. / Si abrí los labios hasta desgarrármelos, / me queda la palabra.”

Elocuentes palabras, grandes incumplimientos
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