domingo 16/5/21

Virus e ideología

mundo coronavirus

Resulta curiosa, y poco estudiada científicamente, la influencia de la ideología en la ciencia de la medicina epidemiológica. Parece que, desde el siglo XIV, cuando se trataba de curar la peste negra en Europa con jaculatorias y procesiones, no hemos avanzado nada, excepción hecha de los modos de manifestar los exordios a los virus correspondientes.

Han pasado seis siglos, que se dice pronto: seiscientos años, y estamos en las mismas. Exactamente, en la creencia de que el virus, sea cual sea el nombre que le pongamos, va a responder a las normas que tratemos de imponerle, ya sea a través de los distintos medios de comunicación, de las más modernas redes sociales o de los boletines oficiales de las administraciones públicas, sometiéndose a regla alguna.

Lo que antiguamente eran plegarias al altísimo, ahora son consignas políticas procedentes de gabinetes de comunicación de, y a, masas. Pero, trasladadas a estas, las masas, esas ideas se transforman en creencias de difícil reflexión más allá de la aceptación condicionada a, nada más, la posición que cada uno haya adoptado previamente. Característica, precisamente, de las creencias.

Mientras esto ocurre, la ciencia ha avanzado en todos los campos y las costumbres sociales han evolucionado casi al ritmo de ese avance. En el campo de la medicina, por ejemplo, cuando alguien siente un malestar desacostumbrado en su cuerpo, ya no acude al brujo de su tribu si no al doctor en medicina que le corresponde según la distribución geográfica realizada por el sistema de lo que se conoce como la Seguridad Social. Es este un sistema constituido por especialistas de todas las ramas de la medicina que han heredado, a lo largo de muchos años de estudios en la universidad, los conocimientos de siglos de experiencia de la humanidad en estas materias.

Cada uno, en el libre albedrio que le corresponde, es libre de acudir a ese sistema para acometer su dolencia. Cada cual, como suele decirse, se ahorca del árbol que elige. Es lo que se conoce como un derecho individual, de sacrosanto respeto en nuestra cultura occidental.

Pero hay algo que debería modificar ese derecho y es cuando esa dolencia puede transmitirla el susodicho individuo a sus congéneres. Porque otra componente de eso que hemos llamado cultura occidental, es que no vivimos solos, si no relacionados, y casi siempre estrechamente, con otros individuos que pueden no compartir la misma idea respecto de la dolencia determinada si esta es transmisible. En ese momento, el derecho individual a hacer de nuestro cuerpo lo que nos pete debe combinarse con el deber de no imponer a los demás nuestra voluntad. Es el momento en el que, junto a los derechos individuales, aparecen los derechos sociales que, en este caso, se traducen en la prohibición, si, si, prohibición, de que alguien vaya por ahí contagiando su dolencia a los demás.

Desde aquella peste del siglo XIV, procedente, según la creencia, de un castigo divino, ni la viruela que ayudó a Hernán Cortés a conquistar México, ni la gripe de 2018 que ocultaron todos los gobiernos (excepto el español) para no distraer el objetivo del final de la Gran Guerra, han merecido un tratamiento científico, si no ideológico de esas pandemias. Y así han sido sus resultados: respectivamente terciar la población europea, hacer desaparecer a los aztecas de la faz de la tierra y ocasionar 35 millones de muertes.

Y llegamos a 2020, cuando, por una de esas puertas que aún comunican a la humanidad con la naturaleza, ha entrado un nuevo virus a instalarse en el cuerpo humano. Y, este, infradotado de anticuerpos naturales adecuados, vuelve a deteriorarse hasta, en muchos casos, colapsarse hasta la muerte. Pero ahora, mucho más que las veces anteriores, la humanidad está mejor preparada para suplir las deficiencias del cuerpo humano con eso que se llama ciencia, es decir la capacidad de una parte de ese cuerpo humano, el cerebro, concretamente, para buscar soluciones que compensen las carencias del cuerpo humano ante el problema.

Sin embargo, la ciencia, es sabido, no es neutra. Y eso es así porque el cerebro humano, ese mecanismo que hace posible la actividad científica, tiene ciertos comportamientos condicionados por ideas prefijadas. Es lo que se conoce como ideología, que hace que el proceso intelectual tenga que discurrir por cauces unidireccionales sin posibilidad de ser rebasados para explorar nuevos campos a la reflexión.

Por eso, en el siglo XIV no era posible salirse de la idea del origen divino de la peste y, ahora, cada uno está alineado con unas ideas previas sociales, económicas y, sobre todo, políticas. La religión no ha desaparecido del ámbito intelectual si no que, más bien, se ha hecho más compleja. Tanto que, aunque parece ser que actualmente existen mas de 4.000 religiones en el mundo, en nuestros lares nos conformamos con, básicamente, dos. Y que cada cual añada los matices que le parezca.

Todo eso nos sirve, de todas formas, para la esperanza. El actual coronavirus terminará pasando a la historia como sus antecesores. Y Diaz Ayuso, Illa e, incluso Sánchez, también. La humanidad sobrevivirá a todo ello aunque algunos de sus componentes mueran antes de lo que, quizás, les tocaba y alguien podrá escribir, dentro de varios siglos, libros como "Un espejo lejano" o "El jinete pálido".

Mientras tanto, permanezcamos atentos a la pantalla a ver que nos depara el BOE o el BOCAM. Y a rezar lo que sepamos, que al menos podremos encontrar un consuelo en ello para que, cuando acabe la fiesta, podamos ser como la zorra pobre que vuelve al portal o la zorra rica al rosal. Que hasta en las canciones de Serrat hay clases.

Por eso la ciencia no es neutra.

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