martes 20/4/21

Historia aparente de una crisis

coronavirus 2

Durante el pasado mes de febrero tuvimos noticias de una nueva enfermedad, conocida como corona virus, de procedencia china, país que había tomado la increíble decisión, propia de un país comunista, de prohibir la libre circulación de personas en una parte de su territorio para evitar contagios. Naturalmente, de dicha enfermedad no debíamos preocuparnos en Europa, y menos en España, porque no teníamos los ojos rasgados.

Mas tarde, a principios de marzo y cuando ya se habían registrado algunos casos en Italia, descubrimos que la tal enfermedad tenía una tasa de mortalidad inferior a la de la gripe normal y muy inferior a la producida por los accidentes de tráfico, por lo que no tenía sentido preocuparse por el asunto. Sin embargo, ya empezaron a aparecer críticas sugiriendo medidas parecidas a las chinas, aunque no todas procedían de sectores próximas al comunismo, ni mucho menos.

Con un evidente, al menos para algunos, retraso, al fin se decretó un periodo de alarma que no llegó a impedir varias manifestaciones y reuniones multitudinarias de muy diverso signo lo que, posteriormente, daría lugar a una acusación de cierta extensión del virus (se ha llegado a cifrar en un 50% de los infectados en España) entre asistentes a dichos actos. De hecho, dada la notoriedad de algunos infectados/as, esta acusación pudo presentarse con pruebas documentales y testificales.

Ese estado de alarma obligó a un confinamiento que era, al mismo tiempo, tardío y excesivo. Y empezaron a aumentar diariamente los números de contagiados y de muertos por coronavirus, lo que hizo precisa la ampliación de instalaciones sanitarias y funerarias mediante la utilización de instalaciones existentes, con el consiguiente escándalo de algunos sectores de opinión que, sin embargo, habían admirado la eficacia china en la construcción de instalaciones provisionales de este tipo.

También fue considerado de riesgo nacional la presencia en la mesa del Consejo de Ministros del presidente y un vicepresidente mientras sus respectivas parejas estaban en cama afectadas de corona virus. La falta de conciliación que eso suponía era, al parecer, incompatible con la ortodoxia familiar.

Casi desde el primer momento, las dos Españas se manifestaron desde la balconada. Mientras una aplaudía a los sanitarios y funcionarios que salvaban vidas, otros sustituían las manos por cacerolas para censurar al gobierno por los muertos diarios. No está confirmado si en ciertas zonas nobles de las ciudades era el personal de servicio, más habituado al uso de las cacerolas, quien las hacía sonar en nombre de sus señoritos.

Respecto del material que las autoridades compraron para la protección de sanitarios y público en general, ¿qué decir?. Pues que era no solo escaso, si no altamente defectuoso. Me atrevería a decir que criminalmente defectuoso. En los círculos más conocedores de la realidad del mundo se afirmaba que tales adquisiciones se hacían a través de intermediarios conectados directa, o familiarmente, con esas autoridades sanitarias.

Por supuesto, las cifras que daban de infectados y de muertos, o eran falsas o, como poco, erróneas. Bien por altas, para justificar las sucesivas prórrogas del estado de alarma, o bien por bajas, para ocultar la realidad de la tragedia. Uno de los varios expertos que han proliferado en este tiempo, cuando las cifras empezaron a mejorar llegó a decir que "Las cifras mejoran, su gestión, no" y esto lo dijo en uno de los diarios españoles más prestigiosos, donde luego lo explicaba.

Y, lo peor, fue lo de los mayores. La mayor proporción de muertos se llegó a dar entre las personas de mayor edad y, dentro de estas capas de población, entre los que vivían en residencias de ancianos. Ello puso de manifiesto una falta de atención específica hacia estas personas por parte del gobierno que, cuando quiso reaccionar dirigiendo medios a controlar la situación, tampoco consiguió hacerlo adecuadamente.

La oposición, los presidentes autonómicos y la prensa en general han criticado al gobierno el que no les consultaran nada. Pero si ustedes cuentan el minutaje de tanta aparición en televisión de los responsables del gobierno, desde su presidente a los portavoces de cualquier estamento implicado en el tema, ya me contarán cuando tenían tiempo de hacer esas consultas después de descontar el que empleaban en los Consejos de Ministros, sesiones del Congreso y del Senado y demás actos de representación aunque fuera por plasma. Hubo quien intervino "a la carta": bastó que se echara en falta al Ministro de Universidades para que, este, hiciera unas declaraciones de manera inmediata.

Porque, el caso es que el presidente del gobierno, no es que no hablara. Hablar, hablaba, más que mucho, demasiado y demasiadas veces pero no decía nada y, lo poco que decía, era mentira. Desde él hacia abajo era más de lo mismo, e incluso peor. Bien se tratara de anunciar salidas de niños a la calle o fases de desescalada, todo era confuso y conducente a la desorientación ciudadana.

El final de la represión tampoco está siendo aceptado pacíficamente ya que no logra encontrar el equilibrio entre los que quieren un apaga y vámonos y los que no se fían un pelo, todavía.

Todo lo anterior fue contado por los medios de comunicación, pero dado el uso restringido de estos medios por capas muy minoritarias de la población, no hubiera logrado una amplia difusión si no hubiera sido por esa corriente universal de comunicación que son los memes redesocializados.  Eso sí, en todo momento hubo quien tenía muy claro lo que había que hacer. El problema, para los que no pudimos disfrutar de sus conocimientos, es que lo sabían en todo momento, pero no antes de todo momento, cuando pudieran haber evitado que se hicieran las cosas mal.

Lo milagroso es que, a pesar de todo, algunos sigamos vivos. P'a vernos matao.

Historia aparente de una crisis