jueves 4/3/21

Objetivos históricos

Fernand Léger (1881-1955)

La lucha por la mejora de las condiciones de vida y trabajo de los trabajadores y sus familias ha formado parte de los orígenes y la evolución del movimiento obrero a lo largo de su historia y así seguirá siendo en el futuro.

Se trata, pues, de un aspecto consustancial en la lucha histórica contra la explotación. El capitalismo explota al trabajador y a su familia en el trabajo, a través de la plusvalía, y en su vida cotidiana a través de los bienes de consumo para vivir. Los economatos de los poblados mineros, regidos por la empresa minera, son un buen ejemplo simple de esta doble explotación.

Pero la complejización de la sociedad actual se basa y conlleva un amplio frente de actividades de las que el capital obtiene pingües beneficios y que pueden parecer no vinculados al sistema. Nada más lejos de la realidad. Por eso hoy el sindicalismo de clase debe de ser necesariamente sociopolítico, como ya CC.OO. aprobó en su día en sus principios fundacionales.

No es nuevo. Las luchas históricas contra la carestía de los productos básicos, contra el acaparamiento, contra la usura, son las luchas contra la subida de los precios del pan y productos de primera necesidad, que unían a las asociaciones de vecinos y de los trabajadores y tienen un largo recorrido en nuestro país durante el siglo XX, igual que a nivel internacional[1].

El control de los precios de productos de primera necesidad a través de la Junta Superior de Precios durante la autarquía franquista pretendía evitar estallidos populares durante años de miseria, de estraperlo y contrabando controlado por sectores del régimen.

En la actualidad los temas del empleo, el transporte público, la salud, la dependencia, la educación, la energía, la vivienda, el acceso a la cultura y a la sociedad digital, la preservación de la naturaleza, conforman el abanico de las necesidades básicas para  los trabajadores y sus familias. Las políticas económicas, sociales, fiscales, científicas, tecnológicas, por la igualdad, medioambientales, son instrumentos decisivos que deben de formar parte de los programas de acción de los sindicatos y se deben de traducir en la negociación de los Presupuestos Generales del Estado y de sus Ministerios, de Presupuestos de Comunidades Autónomas y de Ayuntamientos.

Son todos esos Presupuestos los que nos deben de servir para cambiar las cosas. Son lo que denominamos salario indirecto que conforman, cada vez más, una parte importante de nuestras condiciones de vida en el Estado social y democrático de Derecho. Si no lo entendemos así, seremos meros sufridores de decisiones importantes para nuestras vidas diarias, tomadas por otros. El neoliberalismo lleva  desde los años 60 del pasado siglo destruyendo material e ideológicamente las consecuciones alcanzadas por el movimiento obrero a lo largo de la primera mitad del siglo XX.

En los próximos Congresos Sindicales, las diferentes estructuras sindicales de territorio y rama, deberían debatir y proponer, con la concreción posible en sus espacios correspondientes, las propuestas sindicales que se ofrecen al conjunto de las instituciones políticas, a la ciudadanía, a los trabajadores y que definan sus objetivos para la acción sindical los próximos años.

Todo ello enmarcado en la centralidad del trabajo y del trabajador que a pesar de su realidad, el capitalismo ha tratado siempre y sigue tratando de ocultar, de envilecer, de invisibilizar y de sustituir, apropiándosela.

El mundo actual y todos los anteriores, y previsiblemente los futuros, son obra del trabajo. El palo, la piedra, el útil, la herramienta, la máquina, los aceleradores de partículas atómicas, las artes, las ciencias, son obra de la mano y del cerebro humano[2]. Y la obra resultante también. Es siempre una obra colectiva, actual e intergeneracional, fruto de siglos de trabajo, de experiencia, de aprendizaje, de observación, de reflexión. A pesar de que el producto se convierte en mercancía para el capitalista que se adueña de ella, la cambia por dinero y obtiene una plusvalía, éste, nunca podrá valorar su esencia intrínseca ni ser su verdadero propietario.

La división infinita del trabajo, la producción industrial en serie y la maquinización, hoy robotización, en la sociedad actual, tienen como consecuencia la pérdida de identificación por parte de los trabajadores con el resultado de su trabajo. El orgullo del trabajador ante su obra, a la que ha trasmitido su más profundo saber, se ha desintegrado. Hoy es el resultado del trabajo de decenas de trabajadores, de la acumulación pasada y actual de experiencias y saberes. El autor real es el trabajador colectivo pero esa apreciación es confusa. Y es el trabajador organizado y consciente el que debe de recuperar con nitidez la propiedad y autoria de la obra final.

Toda máquina actual, cuánto más compleja y eficiente sea, es trabajo acumulado de cientos de años y de miles de trabajadores[3]. 

El debate ideológico, hoy hegemonizado por el capitalismo, debe considerarse imprescindible para la transformación social y política, desde la clase obrera consciente y organizada. Recuperar la hegemonía en la batalla ideológica es imprescindible.

El capitalismo ha triturado durante los últimos años todo lo que los movimientos socialistas y comunistas habían levantado. Han contado para ello con nuestra pasividad, e incluso con nuestra colaboración. En muchas ocasiones nos hemos autoinmolado por cantos de sirena y por engaños[4].

Las permanentes crisis del capitalismo en campos como la economía, la política, el medio ambiente, la guerra, las hambrunas, las migraciones, la igualdad y su incapacidad y sus fracasos para avanzar en la solución solidaria de los graves problemas, que la humanidad tiene ante ella, nos demuestran que esa soberbia en la hegemonía ideológica, no tiene consistencia en la realidad del mundo en que vivimos y en el que ellos dominan.

Nos engañan cuando nos hablan sólo de nuestros fracasos ocultando escandalosamente los suyos. Publicidad engañosa que hay que desmontar ideológicamente.

Los trabajadores vivimos diariamente una realidad que poco tiene que ver con sus mentiras. Han conseguido sustituir en sectores de trabajadores el concepto de explotador por el eufemismo de empleador. El de explotado por emprendedor y falso autónomo. El de trabajo regulado y negociado colectivamente por el contrato individualizado y la libertad de las partes, en una falsa libertad debido a un poder asimétrico. Tan es así que algunos trabajadores aplauden públicamente su buen hacer y otros lo aceptan pasivamente. Es su éxito y nuestro fracaso. Que tenemos que revertir.

[1] E.P. THOMPSON. Costumbres en común. Editorial Crítica. Barcelona. 1995.  El Capítulo 4 La Economía “moral” de la multitud en la Inglaterra del siglo XVIII, analiza las movilizaciones  por  estas causas, motines de subsistencias, y su papel en la construcción de la clase obrera en Inglaterra.

[2] John D. Bernal. Historia Social de la Ciencia. Ediciones Península. 1967.

[3] Piero Sraffa. Producción de mercancías por medio de mercancías. Sraffa  fue un notable economista tuvo gran influencia en personajes como Robinson, Keynes, de los que fue contemporáneo. Fue gran amigo de Gramsci y le visitó en varias ocasiones durante su estancia en la cárcel. Su teoría económica es alternativa a las teorías económicas del liberalismo.

[4] Rafael Sierra Álvarez. El obrero soñado. Ensayo sobre el paternalismo industrial (Asturias 1860-1917). Siglo XXI. 1990.

Objetivos históricos