viernes 7/5/21

Del sueño a la pesadilla populista

discurso

No es la primera vez que una ideología y sus organizaciones de izquierdas experimentan, como el doctor Jeckil una involución, hasta convertirse en creyentes del proyecto que hasta entonces había sido su adversario político: el Mr Hide del populismo y la extrema derecha.

El populismo tiene profundas raíces históricas en Europa, desde el populismo ruso al desarrollo del cesarismo autoritario de Napoleón III en Francia en la segunda mitad del siglo XIX. También en España se puede seguir su rastro, desde el carlismo tradicionalista, al regeneracionismo y su hombre providencial e incluso en el obrerismo del Lerrouxismo. Y ninguno terminó bien.

Entre los casos recientes más conocidos, están el de algunos dirigentes, como Salvini, que si antes fueron miembros o dirigentes de la izquierda, ahora se han puesto al frente de fuerzas racistas y xenófobas que forman parte del populismo europeo y que incluso han gobernado poniendo en práctica esas ideas.

Esta afinidad se llegó a plasmar incluso en un documento firmado por dirigentes de izquierdas europeos, hablando del acierto del neofascismo italiano en cuanto a la sensibilidad hacia las preocupaciones tradicionales de la clase obrera, frente a la modernidad liberal de la globalización y de las identidades.

Antes, fueron los barrios obreros franceses que votaban a la izquierda y al PCF, y que hace ya tiempo que han cambiado una parte de su voto al Frente Nacional de Le Pen.

Pero lo más dramático, desde mi punto de vista, son aquellos partidos comunistas que pasaron de fundirse con el aparato del Estado en los países denominados del socialismo real, a convertirse, sin solución de continuidad o con breves pasos intermedios, a un populismo  nacionalista excluyente, xenófobo y en algunos casos de limpieza étnica en la antigua Yugoslavia o en países de la antigua Unión soviética.

La pregunta es qué tiene que ver todo ello con los rasgos ideológicos, los políticos, así como los sociológicos y personales de una parte, es verdad que minoritaria, de la izquierda de la que me reconozco como parte, que les ha podido facilitar tal involución desde las fuerzas de progreso hasta sus antípodas, constituidas por el populismo de extrema derecha.

Pero también, los de aquellos que no han llegado tan lejos y se han quedado como un conjunto de fuerzas de orientación progresista que han incorporado nuevos los paradigmas populistas para arrumbar en la teoría y en la práctica la clase obrera, el sindicato de clase, el partido político, así como la democracia representativa, las alianzas y la gobernabilidad que consideraban ineficaces y obsoletos para el objetivo de la transformación social.

Quizá porque hacía ya tiempo que en la izquierda (mi izquierda) convivían, junto a la estrategia reformista de la vía democrática al socialismo mayoritaria en los partidos socialistas y eurocomunistas, la nostalgia del salto revolucionario, aprovechando para ello la ventana de oportunidad del profundo malestar social por la crisis financiera y la desafección y la indignación ciudadana frente a la impotencia y la lentitud del sistema democrático representativo. Una curiosa coincidencia con el populismo de extrema derecha, que se propone como alternativa al neoliberalismo aprovechándose de la crisis.

Todo esto tiene su origen, en primer lugar, en la influencia de la globalización en la desigualdad, el malestar social y asimismo en la pérdida del terreno de la política y del Estado donde ésta se realizaba como consecuencia de la globalización, provocando su descrédito en favor de los dictados de una economía sin control democrático real y sin el contrapeso de un contrapoder global, hasta entonces representado por la existencia del bloque comunista. En definitiva, la ruptura unilateral del acuerdo social que funcionaba como un compromiso histórico.

Por otro lado, también surge del declive de la sociedad productiva industrial y de la crisis de su modelo de control social y de sus lazos de sociabilidad en la empresa, el barrio y sus organizaciones representativas, sustituidos por la precariedad, la incertidumbre, la falta de horizontes vitales y la autoexplotación y exigencia del actual modelo de sociedad de consumo digital o sociedad líquida de Bauman.

En este contexto, sobreviene la ruptura unilateral del pacto social de posguerra y de sus derechos sociales, servicios y sistemas de cohesión social, en favor del individualismo y a fragilidad social y residencial. Y con la consiguiente crisis de identidad de la cultura sindical y vecinal de los trabajadores, como una cultura en regresión y decadencia frente a la modernización sin derechos de la uberización, la movilidad y el cosmopolitismo.

Con todo ello, entra en crisis el partido de masas como pilar del Estado social y aparece entonces el partido contenedor o atrapalotodo del neoliberalismo durante el curso de las últimas décadas,  en que a la coincidencia de programas en el ámbito socioeconómico, se compensa con la sobreactuación y la polarización identitaria alimentada por los más media y las redes sociales. Como consecuencia, crece en el interior de los partidos el relato, el personalismo y el autoritarismo, que sustituyen rápidamente al proyecto colectivo de clase, al programa de cambios y al conflictivo pluralismo. Es en este contexto, en que la llegada de la crisis financiera provoca el cambio de los partidos, de funcionar como mediadores entre las clases sociales y las instituciones del Estado, a aparecer como impotentes o claramente alineados y cómplices con los poderes económicos.

Todo ello ha debilitado el modelo de representación sindical y los partidos tradicionales de clase, provocando la pérdida de unos afiliados ya escasos, cuando no sustituidos por movimientos políticos, unos como alternativa antisistema, y otros tecnocrática. A partir de entonces, la sólida barrera del encuadramiento partidario se vuelve más porosa y con ello se facilita un intercambio más fluido del voto y de la simpatía entre los partidos populistas, y de estos con aquellos tradicionales que se suman en su mayoría a la estrategia populista, todo dependiendo de la coyuntura, los relatos y la personalidad de sus candidatos, como por ejemplo ahora ocurre entre Ciudadanos, Vox y el PP en la Comunidad de Madrid (y el PSOE de Pedro Sánchez que une a su naturaleza atrapalotodo una nueva estructura de poder interno de corte populista que repercutirá en algunas de las formas de abordar los problemas de Estado).

Sus rasgos comunes son el rechazo de la democracia representativa, de la corrección política y de la burocracia de la Unión Europea, sustituidas por la ficción de la política de principios innegociables, la cuestión nacional y la democracia directa como alternativas, pero ante todo la sustitución de la dialéctica de la lucha de clases por la oposición frontal del pueblo frente a la casta. Una denuncia de la casta política que sirve de catarsis y de parapeto del verdadero poder económico y financiero.

Su actividad prioritaria es la agitación y la polarización, con la caracterización del adversario político como enemigo, frente a la dialéctica, el compromiso y el pacto, siempre insatisfactorios. Y para ello la entronización de un liderazgo cesarista sin mediaciones, frente a la pluralidad y complejidad de los partidos y sindicatos tradicionales.

En el ámbito de las fuerzas del populismo de la extrema derecha europea actual, éstas las podríamos caracterizar además por la sustitución del universalismo de la clase obrera y de sus alianzas por el particularismo de los trabajadores varones y nacionales, así como con la consiguiente fobia de la diversidad, representada por las identidades feminista, homosexual, musulmana e intelectual, como competidoras laborales y negadoras de las tradiciones. Por eso la proclamación orgullosa del machismo, la homofobia o islamofobia.

En definitiva asistimos a la irrupción del populismo de izquierdas y su concomitancia con el populismo conservador: la erosión del estado democrático. El problema es que unos carecen de alternativa, y otros han tenido y tienen una alternativa real.
El populismo de derechas es la fase superior del populismo de izquierdas que objetivamente es subalterno de aquel (Los discursos de inculpatorios a los medios de comunicación y al poder judicial facilitan la crítica de la extrema derecha)

Rusia y China ya cuestionan la democracia representativa abiertamente. Xi ha dicho que no hay superioridad de los valores y los derechos humanos occidentales. La democracia está amenazada abiertamente y sin complejos. China y Rusia han explicitado que las democracias occidentales no les representan. Porque para ellos sí que otro mundo es posible y puede ser económicamente más eficiente como ya plantea China. La UE, mientras tanto, permanece en el paradigma post-Delors: burocracia y tecnocracia. Esta arquitectura mundial ya está aquí mientras seguimos hablando de círculos y espacios del pasado.

Del sueño a la pesadilla populista