viernes 14/5/21

Nuevo mapa electoral e intrincado panorama político

No puede haber soluciones pactadas si los partidos no entienden el nuevo reparto de poder y las nuevas limitaciones a su actuación que han decidido las urnas.

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25.123.450 votos válidos permiten cuantificar la amplitud y los límites del movimiento a favor del cambio que ha trastocado el mapa político anterior a las elecciones generales del pasado 20 de diciembre. La marea llegó lejos, pero el revolcón sufrido por el bipartidismo no ha sido definitivo. Ni suficiente para que las fuerzas del cambio se incorporen al nuevo Gobierno de España, ni bastante para fijar el mapa político de la próxima década. Seguimos inmersos en tiempos marcados por el cambio, la fragmentación y la desafección hacia las viejas opciones políticas.

La partida que acaba de terminar quedó en tablas. Y ya ha comenzado un nuevo juego. En las próximas semanas, las fuerzas políticas a las que los votos han otorgado la capacidad de concretar la intensidad, los límites y las formas del cambio político deberán afinar sus propuestas, negociarlas y tratar de lograr los apoyos parlamentarios que necesitan para formar Gobierno. De la confrontación entre las diferentes tácticas partidistas dependerá, en gran medida, el predominio en los próximos años de las tendencias que alientan el cambio o de las que pugnan por desdibujarlo y mantener en lo que puedan el escenario político y los actores ya conocidos.

Mucho me temo, por lo visto hasta ahora en los primeros contactos, que asistiremos en las próximas semanas a una versión no muy diferente de la reciente campaña electoral, con idénticas escasa atención por muchos de los problemas económicos y sociales que deben ser resueltos y excesivo interés en blindar las diferentes y enfrentadas propuestas a propósito del conflicto catalán. Con el agravante de unas cúpulas dirigentes ocupadas en restañar las heridas sufridas en las urnas y defenderse de las críticas internas que pretenden su sustitución o debilitamiento a corto plazo.

Las fuerzas del bipartidismo y sus poderosos apoyos internos y europeos no están dispuestos a que las urnas cambien en demasía el guión seguido en los últimos años y se prestan a explorar las posibilidades de encastillar un escenario político que la reciente confrontación electoral ha demostrado vetusto y afectado por profundas grietas. Rivera parece dispuesto a apuntalar cualquiera de las soluciones que faciliten la continuidad de un bipartidismo ampliado que le ofrezca cierto espacio institucional y le permita revalorizar su papel como muro de contención frente a Podemos y el resto de fuerzas favorables al cambio. 

Mucho me equivoco o los diferentes movimientos de las fuerzas políticas que tienen algo que decir sobre la conformación del nuevo Gobierno parecen más orientados a justificar su actuación ante el previsible fracaso de las negociaciones que a traducir en programa y acción política el resultado electoral. Más preocupados por la continuidad de los equipos dirigentes que por intentar entender las preferencias que la ciudadanía ha expresado en las urnas. Los votos han subrayado la necesidad de un cambio político limitado, pero nítido, que permita que la mayoría social sea escuchada y atendida en sus demandas y que los sectores en riesgo de exclusión cuenten con una protección pública suficiente que no los deje a su suerte, en la calle o en la desesperanza, sin atender sus necesidades básicas. Los votos apuntan también que los muchos y graves problemas que afronta la economía, la sociedad, el sistema político o la propia continuidad del Estado español como un proyecto capaz de integrar las diferentes realidades e identidades nacionales que lo componen solo pueden resolverse duraderamente mediante el diálogo y la puesta en pie de soluciones negociadas que supongan un reparto justo de costes y beneficios, respondan a las necesidades y preferencias expresadas democráticamente por la ciudadanía y respeten los principios y procedimientos democráticos.

No hay soluciones políticas duraderas sin democracia. No hay soluciones viables sin que la ciudadanía pueda expresar democráticamente sus preferencias y sin que esas preferencias sean respetadas y atendidas por autoridades, instituciones y representantes políticos. No puede haber soluciones pactadas si los partidos no entienden el nuevo reparto de poder y las nuevas limitaciones a su actuación que han decidido las urnas. En esas estamos y seguiremos estando en las próximas semanas, a la espera de pactos frágiles e indeseados o de una nueva convocatoria electoral que todos los partidos, en mayor o menor medida, temen.

Un nuevo mapa político

Más allá de cómo el sistema electoral ha traducido los votos depositados el pasado 20 de diciembre en representación parlamentaria, las urnas han definido y cartografiado un nuevo y complejo mapa de apoyos electorales que conviene observar, por muy transitorio y moldeable que resulte, en sus rasgos más destacados y en sus detalles cuantitativos. Ahora, el juego de las negociaciones se lleva a cabo con la fuerza que proporcionan los parlamentarios elegidos, pero el sustrato de votos que de forma tan desigual sostiene cada escaño es esencial para analizar las fuerzas favorables a la continuidad o al cambio. Y para vislumbrar su probable evolución en los próximos meses. Fenómeno decisivo ya que las posibilidades de nueva convocatoria electoral en 2016 son muy altas.

Veamos algunos de los rasgos y detalles cuantitativos del nuevo mapa político y sus implicaciones en el complejo proceso negociador que, en el seno de cada partido y entre las grandes opciones políticas, apenas acaba de iniciarse.

1º Con un censo electoral inferior en 1.148.405 personas al de 2011, la participación aumentó en 4,3 puntos (684.006 votantes más que en 2011). La abstención se redujo en casi dos millones de personas (1.832.411 menos que en 2011) y los votos nulos y en blanco también disminuyeron de modo significativo (en 236.248). En resumen, un fuerte aumento de la participación electoral que da idea de la importancia concedida por la ciudadanía a estas elecciones y que permite reflejar con mayor nivel de aproximación que en anteriores elecciones las preferencias políticas de la mayoría.

2º Hay un empate técnico entre izquierda y derecha. Un equilibrio de fuerzas entre PP y Ciudadanos (42,65%) y PSOE y Podemos (42,76%) que divide en dos partes iguales y escasamente conciliables el mapa electoral. El bipartidismo (50,73%) supera por unas décimas la mayoría absoluta y en 16 puntos la suma de votos de los partidos emergentes (34,68%). No obstante, el bipartidismo se sitúa muy lejos de la mayoría absoluta en el País Vasco (24,87%) o Cataluña (26,82%) y cerca pero también por debajo del 50% en Navarra (44,46%) y Baleares (47,20%).    

3º El PP pierde 15,9 puntos (3.650.814 votos menos) y el PSOE, otros 6,7 puntos (1.472.732 votos menos). Esa es la medida exacta del castigo sufrido por el bipartidismo. Entre ambos partidos pierden 5.123.546 votos y ya no pueden decidir por su cuenta. A pesar de la mayoría absoluta de votos que por escaso margen conservan, a pesar de la holgada mayoría parlamentaria que aún logran (un 60,9% del total de 350 parlamentarios) y a pesar de los apoyos y presiones de muy diferentes poderes fácticos a favor de una gran coalición, los dos grandes partidos españoles no están en condiciones de determinar en exclusiva el curso de los próximos acontecimientos políticos. El pacto entre el PP y el PSOE es rechazado por la mayoría de la población y ni siquiera sería bien recibido por la mayoría de sus votantes. Y de empeñarse en imponer la gran coalición (con dos o con tres partidos) dejarían en una situación inmejorable a Podemos, liderando la oposición parlamentaria y las fuerzas favorables al cambio. Ni PP ni PSOE  pueden permitirse tal escenario, pero para el PSOE sería especialmente letal.

4º Podemos consigue un 20,75% de los votos tras sumar los votos de las alianzas que fraguaron en varias comunidades autónomas. Tan lejos de sus expectativas como cerca del 22,01% que logra el PSOE. El problema para el PSOE es mucho mayor de lo que expresa tan corta distancia, ya que es en las comunidades autónomas y en las provincias en las que el aumento de la participación electoral es más intenso donde mejores resultados cosecha Podemos. Y si se consideran exclusivamente los datos de los 30 municipios más poblados (que concentran un 30,3% de los votos válidos), Podemos se sitúa por delante del PSOE y lo aventaja en 4 puntos. El PSOE sostiene a duras penas su segunda posición gracias a los resultados en Extremadura (36,0%), Andalucía (31,5%) y Castilla-La Mancha (28,4%). En el resto de comunidades, sufre un descalabro notable que parece formar parte de un proceso de desgaste imparable. La desunión y las intrigas internas para desbancar a Sánchez o reducir sus márgenes de decisión que se han puesto en evidencia tras el resultado electoral del 20-D solo pueden contribuir a intensificar ese desgaste. La situación del PSOE es extremadamente delicada.

5º La amenaza para el PSOE es tanto más grave en cuanto que Podemos se sitúa por delante de los socialistas en la mitad de las comunidades autónomas: Euskadi (25,97% frente a 13,25%), Navarra (22,99% frente a 15,53%), Comunitat Valenciana (25,09% frente a 19,84%), Galicia (25,04% frente a 21,33%), Catalunya (24,74% frente a 15,70%), Illes Balears (23,05% frente a 18,13%), Canarias (23,28% frente a 21,99%) y la Comunidad de Madrid (20,82% frente a 16,98%). Como se ve, el desgaste del PSOE rebasa con mucho los límites territoriales de las nacionalidades históricas en las que las alianzas tejidas por Podemos con fuerzas políticas favorables al cambio (Catalunya, Comunitat Valenciana y Galicia) han impulsado significativamente sus apoyos electorales. En Madrid, por ejemplo, el castigo al PSOE, hundido en la cuarta posición, tiene difícil vuelta atrás.   

6º Ciudadanos (13,93% de los votos) queda muy por debajo de lo que aventuraban las encuestas. La distancia entre previsiones y resultados da una idea aproximada del carácter especialmente sesgado que tenían en este asunto los sondeos de opinión y la inclinación de empresas e instituciones demoscópicas a cocinar los datos en función de quien encarga o supervisa los sondeos. En Euskadi (4,09%), Navarra (7,05%) y Galicia (9,07%) los resultados de Ciudadanos son especialmente malos e invalidan su intención de presentarse como garante de la unidad de España, a no ser que esa pretensión quiera sustentarse en la supremacía de una idea de España que bebe de las fuentes más oscuras y reaccionarias de nuestra historia. Curiosamente, también en Cataluña (13,05%) se queda casi 1 punto por debajo de su media estatal. No sería razonable que la búsqueda de un nuevo encaje territorial de Cataluña en el Estado español dependiera de las torpes y autoritarias propuestas que defiende Ciudadanos.   

7º La mayoría de las fuerzas nacionalistas o regionalistas que no acudían en coalición con fuerzas estatales sufren una importante pérdida de votos. Mantienen buena parte de sus apoyos en Cataluña (ERC y Democràcia i Llibertat consiguen conjuntamente el 31,1%), pero retroceden con fuerza en el País Vasco (PNV y EH Bildu bajan hasta el 39,8%), Navarra (EH Bildu y Geroa Bai se quedan en el 18,6%) y Galicia (BNG y la alianza de fuerzas que lideraba alcanzan un mínimo 4,3%). El principal beneficiado por esas pérdidas es Podemos, que recoge así los frutos de un planteamiento respetuoso con el carácter plurinacional de España y con un proyecto integrador de las diferentes identidades nacionales que existen en el Estado español concretado en la defensa del derecho a decidir. Los buenos resultados de Podemos no solo se producen en las comunidades en las que se presentó en alianza con otras fuerzas asentadas en la defensa de sus derechos e intereses nacionales (Catalunya, Comunitat Valenciana o Galicia), sino también en otras en las que Podemos se presentaba en solitario (País Vasco, Navarra o Canarias). Podemos se convierte así en un fuerza integradora, con un proyecto que ayuda a definir sobre qué bases puede subsistir la idea y la realidad de España.

8º Además de una muy desigual pérdida de votos, los partidos nacionalistas de las comunidades históricas sufren una importante reordenación interna. En Cataluña, ERC (599.289 votos y un 15,98% de los votos) multiplica por 2,4 sus votos de 2011 y supera por poco a Democràcia i Llibertat, que apenas mantiene el 58% de los votos que en 2011 logró CiU. En el País Vasco, tanto el PNV como en mucha mayor medida EH Bildu retroceden. El PNV mantiene buena parte de los votos de 2011 y se sitúa en el 24,75%, tras perder 22.732 votos, 2,7 puntos porcentuales y su posición de partido más votado a favor de Podemos. Por su parte, EH Bildu pierde el 35,6% de los votos conseguidos en 2011 y retrocede hasta la tercera posición en número de votos (detrás de Podemos y del PNV) y a la cuarta posición en número de escaños (detrás también del PSE). En Navarra, los partidos nacionalistas vascos retroceden con fuerza (EH Bildu y Geroa Bai consiguen conjuntamente 65.410 votos o un 18,58%), pierden 26.213 votos y, lo que es más importante, sus respectivos diputados. En Galicia, el BNG coaligado con otras pequeñas fuerzas nacionalistas pierde más del 60% de los votos obtenidos en solitario en 2011 y sus dos diputados.

La complicada posición en la que queda Izquierda Unida

El análisis de los votos obtenidos por IU merece un apartado especial. Pierde como Unidad Popular 762.907 votos (un 45,25% de los apoyos obtenidos en 2011 como Izquierda Plural) y 9 de los 11 diputados obtenidos hace cuatro años.

Conviene aclarar que tanto en Galicia como en Cataluña IU formó parte de las alianzas forjadas con Podemos y que entre los 6 y los 12 parlamentarios elegidos en esas dos comunidades hay 3 que son militantes de IU. En puridad, una pequeña parte de los 280.152 votos conseguidos por Iniciativa-EUiA en 2011 y buena parte de los 67.182 logrados por A Esquerda Plural no deberían formar parte de la comparación con los resultados del 20-D.

En todo caso, IU sufre el descalabro anunciado pero resiste la enorme presión ejercida por el voto útil a Podemos y logra cerca de 1 millón de votos (923.133 votos o un 3,67%) que desgraciadamente no van a tener la relevancia que merecían ni serán tenidos en cuenta en las negociaciones en curso. IU consigue 2 diputados por Madrid (5,26% de los votos), pero sus mejores porcentajes los obtiene, sin conseguir representación parlamentaria, en Asturias (8,45%), Aragón (6,16%) y Andalucía (5,77%). IU no contará con un grupo parlamentario propio y será extremadamente complicado que pueda compartir un grupo con otras fuerzas y disfrutar de las ventajas que conlleva.

Pese a la resistencia demostrada y al meritorio número de votos obtenido, IU se encuentra sin espacio político, sin capacidad para hacer valer sus votos ni sus diputados y sin muchas posibilidades de mantener un proyecto autónomo que, por lo visto durante la campaña electoral, ha tratado de sustentar en una sobreactuación como izquierda auténtica frente a advenedizos sin raíces ni principios. De proseguir por esa vía o en ese intento podría lentificar su desgaste, pero es poco probable que pueda mantener sus apoyos o, simplemente, sobrevivir.

La muy difícil tarea que IU necesita encarar, en medio de las grandes tensiones internas que están al acecho y en muy poco tiempo, es cómo mantener un proyecto político autónomo en un complejo proceso que permita reintegrar su aún notable caudal de votos y las fuerzas organizadas que encabeza en la gran corriente a favor del cambio político que es posible lograr a corto o medio plazo. IU, las organizaciones que participan en la coalición Unidad Popular y sus militantes y simpatizantes necesitan incorporarse al amplio movimiento progresista y de izquierdas que está empujando de modo efectivo a favor de un cambio político en defensa de la mayoría social. Que la suerte les acompañe en ese desafío.

Si, finalmente, las presiones a favor de una gran coalición (con Rajoy o sin Rajoy; incluyendo también a Ciudadanos o sin Ciudadanos) no tienen éxito y si Podemos se mantiene firme en su apuesta por el cambio y en la defensa de los elementos básicos de ese cambio, estaremos abocados a una indeseable pero necesaria nueva convocatoria electoral. En tal escenario los que tienen más que perder son PSOE y Ciudadanos. Podemos puede definir fórmulas aún más flexibles e integradoras que promuevan una mayor participación electoral, factor clave para ganar a las derechas. Izquierda Unida debería prepararse para reorientar sus afanes y afrontar el duro debate interno que le espera y que no puede escamotear en aras a una frágil unidad interna que dejaría a la formación en los márgenes del movimiento real de cambio.       

Nuevo mapa electoral e intrincado panorama político