sábado 10/4/21

Sin esperanza

Vivimos en una región sin futuro que no ha hecho ninguna de las revoluciones de las edades Moderna y Contemporánea

“porque el crecimiento del bien en el mundo depende en parte de actos que nada tienen de históricos; y que ahora las cosas no nos vayan tan mal como podrían irnos se debe en buena parte a los muchos que vivieron fielmente una vida anónima en tumbas que nadie visita”.

George Eliot: Middlemarch

No se sabe si hemos tocado fondo o el pozo todavía es más profundo y la caída continúa. Sea una cosa u otra, vivimos en la oscuridad y seguimos hurgando en la esencia de la democracia para tirarnos su contenido y sus mitos como armas arrojadizas. Pero en algún momento habrá que decir que las palabras tienen vida, que no están vacías. Libertad, igualdad, fraternidad, justicia… en algún momento significaron algo y en algún tiempo la política era una “asociación empresarial” centrada en la consecución de objetivos sustanciales.

En algún momento habrá que decir que la Región de Murcia era durante La Restauración el modelo más perfecto de lo que se dio en llamar caciquismo y que no parece que más de un siglo y medio después la situación haya cambiado mucho.

Mirando alrededor solo hay mitificación de un determinado pasado. Las sociedades necesitan mitos para cohesionarse, pero cuando estos tornan inmutables e incontestables tenemos un problema. Habrá que leer alguna vez “La invención de la tradición” de Hobsbawn y otros, donde esta es analizada como continuidad pero también, o sobre todo, como invención. El pasado no tan lejano de nuestra región no es como la vio Vicente Medina en algunos de sus poemas, ni el de los niños sucios y desarrapados recogiendo patatas junto a una noria, que aparecen en “El perro negro: storiesfromtheSpanish Civil War” del cineasta Péter Forgács, ni el de los liberales murcianos que se exiliaron después de la guerra o vivieron en el ostracismo durante la dictadura, ni de la tragedia de Ramón Gaya y su huida a Francia y el bombardeo de las columnas de exiliados, “y su mujer muerta. Ramón Gaya, tan buen pintor y al que le han hecho pagar todas sus tristezas con silencios (Max Aub, La Gallina Ciega), ni el de Mariano Ruiz-Funes, precursor de la jurisdicción universal.

Las tradiciones: la Semana Santa, los Moros y Cristianos, los Cartagineses y Romanos, el Bando de la Huerta, el Entierro de la Sardina, estos dos últimos verdaderos estandartes de la esencia del ser regional, del centralismo político, social y cultural. Habrá pocas mujeres que no se hayan sentido incómodas por las comparsas de sardineros que durante tres días campan a sus anchas por las calles de la ciudad de Murcia, con sus trajes estrambóticos, sus pitos, y sus puros y vasos de bebidas alcohólicas de alta graduación. Otras se habrán sentido molestas y no pocas agredidas por la liberalidad de los sardineros, por el machismo implícito y explícito, por su dominio desde lo alto de las carrozas de un pueblo que se abalanza y lucha por juguetes de plástico made in China.

No hay en la ciudad de Murcia fiesta, tradicional o no, que incluya el reparto (caramelos, plástico de dispar toxicidad, salchichas y longanizas,  pasteles de carne…) de “dádivas”. No hay rostros en la ciudad de Murcia más expresivos en las diversas formas de tristeza que la de los niños que asisten a las procesiones de Semana Santa y contemplan a los nazarenos repartir caramelos entre los vástagos de las amistades y pasan delante de ellos, la mano extendida, sin siquiera mirarlos.

La muy activa periodista Rosa Roda no hace más que repetir que Murcia es una región pobre atrasada del sureste español. No hay que leer mucho para constatarlo, no hay que comprobar que estamos a la cola de todos los indicadores socioeconómicos para saberlo. Basta salir de los barrios acomodados de las ciudades de Murcia, Cartagena o Lorca para comprobarlo. Solo es necesario recorrer pocos cientos de metros de la Avenida de Alfonso X el Sabio para toparnos con la cruda realidad. La Región ha vivido un ciclo óptimo para salir de la pobreza y lo hemos desaprovechado.

Ha llovido dinero de la Unión Europea y se ha derrochado sin objetivo alguno. Podríamos haber llegado a la Gran Recesión de 2008 con un colchón de bienestar pero lo apostamos todo por un sector turístico precario y de poco valor añadido, por una agricultura depredativa e insostenible, por unas relaciones laborales en muchos casos semiesclavistas. Y aquí estamos, viendo pasar nuestro cadáver por delante de la puerta, con una crisis medioambiental atroz, con la promesa de nuevas crisis medioambientales desde el momento en que López Miras nos habla de un país de la libertad donde la naturaleza es una oportunidad de negocio, con ninguna política educativa, social o cultural conocidas. Eso sí, con unos servicios públicos, sanitarios y educativos, propios de una región más desarrollada y diversificada en lo económico y, por tanto, sin capacidad real de financiarlos, si no es subiendo impuestos o consiguiendo que el lloriqueo perpetuo por el maltrato recibido del Gobierno Central consiga rentas adicionales que permitan al mismo tiempo rebajar los impuestos a las élites regionales.

Vivimos en una región sin futuro que no ha hecho ninguna de las revoluciones de las edades Moderna y Contemporánea. En la que el transfuguismo político es una oportunidad de continuidad o de recambio, y en la que una parte importante de la sociedad no se escandaliza cuando se informa que la Consejería de Educación y Cultura va a ser dirigida por una ideología preilustrada. O malvivimos, ¿quién sabe!. Habrá que leer a Paxton y su “Anatomía del Fascismo”, habrá que convenir con Eco que “a los que carecen de una identidad social cualquiera, el ur (léase como eterno) fascismo les dice que su único privilegio es el más vulgar de todos: haber nacido en el mismo país”. La invención de la tradición, la falsificación de un pasado atroz convirtiéndolo en el mejor de los vividos, la raza frente a la unicidad del ser humano.

Vivir o sobrevivir con un pasado inventado, en el que se mitifica unas relaciones agrarias basadas en la desigualdad y la pobreza, en el que una fiesta elitista y profundamente machista enloquece a las multitudes, en el que las procesiones de Semana Santa y el desarrollo y desenvolvimiento de sus cofradías ocultan relaciones sociales de ostentación de poder y dominio, en el que vivir en una región o haber nacido en ella es razón suficiente para que se te exija ser acrítico e insensible con la realidad circundante, en el que la compasión es un bien innecesario, nos traen unos lodos viscosos que lo impregnan todo, que ocultan la decencia y la honradez de mucha gente, que convierten el parlamento regional en un mercado de abastos, que convierte a los partidos políticos en asociaciones de mercaderes que negocian con las ilusiones de la sociedad civil, que solo crean indignación, desprecio, frustración, desapego.

Sin esperanza