domingo 7/3/21

¡Los bárbaros!

Miguel Hernández

No recuerdo si fue en el último o penúltimo fin del mundo. Mi memoria flaquea después de tantas derrotas y tantos crepúsculos. Lo cierto es que las señales siempre llegaron de fuera. Tampoco puedo definir los contornos de lo que entendíamos por “fuera” pero siempre que se reflexionaba sobre ese lugar desconocido se terminaba exclamando: ¡los bárbaros! o ¡la barbarie!. Y a esas figuras difuminadas en la niebla, con barbas largas y negras, hachas, restos sanguinolentos entre los dientes, las imaginábamos embotadas de maldad.

Porque nosotros éramos los buenos y ellos, los desconocidos, siempre eran los malos, aunque no existieran. Pero ¡qué paradójico! si los bárbaros éramos nosotros y los que llegaban de fuera desfilaban por los poblados en engalanadas legiones de reflejos de plata, la maldad, el error, el espíritu corrompido vivía en las entrañas del centurión y no del pastor lusitano. Durante años, siglos y milenios la historia se escribió de una manera extraña.

La vacía mente patria se llenaba de la disolución que llegaba de fuera. Por más vaciedad que acumuláramos, más claro teníamos que cualquier idea que llegara e intentara colonizar el éter mental de nuestra raza, era perversa. ¡Ah, la perversión! Yo qué sé… De los fenicios, de los cartagineses, de los romanos, de los judíos, de los vándalos, de los visigodos, de los árabes… de todos los que llegaron de fuera.

La memoria da saltos en el tiempo, cabriolas —diría el espíritu celtíbero—, viene y va, te lleva de la Prehistoria a los gobiernos de nuestra amada democracia. Siempre pervivió en esta tierra el germen pernicioso de los de fuera. No era el color de sus cabellos, ni la mayor o menor tonalidad de sus rostros, ni el tamaño de sus sobresalientes o muy deficientes entrepiernas. Que para eso somos tolerantes. No. Se trataba de la colonización de la mente y eso sí que no. La mente celtíbera no se coloniza, ni de ideas ni de sentimientos. Ya lo dicen los ortodoxos, los de hoy y los de ayer. La idea es anterior a la carne, y si la carne cambia de idea se la quema. Somos amantes de las hogueras, del fuego que purifica, que se lo pregunten a los inquisidores, los de ayer y los de hoy. Todo lo que llegó de fuera fue sacrificado. En el siglo XVI y XVII. Los afrancesados eran extranjeros, los liberales también y los socialistas, ¿qué podemos decir de los socialistas?: gente contaminada por la filosofía alemana, ideas perversas, patógenos virulentos que debieron ser exterminados en sus cunas de origen, los malditos países impíos de Europa. Ideologías extranjeras, ateas, colonizadoras de los amplios horizontes que engalanan la mente patria.

Menéndez Pelayo puso orden en el desconcierto, pero finalmente la herejía arraigó en ilusos predispuestos a abrir sus mentes en exceso. Pero siempre hubo gente que dijo, con la palabra, la pluma o la espada, lo que era español y lo que era de fuera. No sé. Donoso Cortés, Giménez Caballero, Queipo de Llano…

La Constitución Española cumple cuarenta y dos años. Demasiados años para que la reflexión sobre nuestro pasado no arraigue en la gente que no vivió un pasado dramático y no ha conocido motivos para callar y mira para otro lado. Preguntas sobre el pasado que liberaron a Alemania de sus fantasmas, preguntas de difícil enunciado en un país que sigue negando y negándose cuando se trata de caracterizar el franquismo como perteneciente a una de las familias totalitarias del Siglo XX, la fascista. No es posible ya la involución; cortar de raíz la libertad de pensamiento y de cuestionamiento de la realidad presente y pasada parece tarea difícil, a pesar de las cartas colectivas, de los pronunciamientos retóricos y verborreas incontenidas de los que deben callar porque están sometidos al Imperio de la Ley y al poder civil que emana de la voluntad popular.

Tal vez por estos motivos haya ruido de sables jubilados, porque el tiempo de las intervenciones quirúrgicas sociales se acabó, porque los militares entrando a caballo o a punta de pistola en los parlamentos se acabó, porque lo único que le queda a cierta gente para defender sus postulados es la palabra y nunca se han sabido desenvolver con ella y con solo ella. Mientras se adapten a su uso, seguiremos escuchando noticias de ayuntamientos despojando de sus calles o casas de la cultura a poetas como Vicente Medina o Rafael Alberti, actores como Paco Rabal o intentando desposeer de la voz y magisterio a otros como Miguel Hernández.

Estamos en un mundo que cambia rápidamente. España no es ajena al mismo. No hay salvadores de la patria que cada cinco, diez, quince o veinte años decidan regresar al pasado. Y sí, hay un debate entre españoles, no entre españoles y extranjeros. El espíritu de la Ilustración vive por fin en nuestras calles y en nuestros corazones.

¡Los bárbaros!